Antes de las cámaras ya existían las historias.
Antes de Hollywood, incluso antes de los estudios y las alfombras rojas, alguien ya estaba intentando ordenar el mundo con palabras. Por eso el Oscar al mejor guion tiene algo revelador, es el momento en que la industria reconoce qué historia necesita contarse ahora. Este año los premios han recaído en dos autores muy distintos. El guion original para Ryan Coogler por los pecadores y el adaptador para Paul Thomas Anderson por Una batalla tras otra. Dos formas de escribir América y, al mismo tiempo, dos síntomas del mismo país.
Coogler pertenece a una generación de cineastas que ha decidido introducir algo incómodo en el corazón del cine popular: la memoria. Sus personajes no viven en un presente limpio y luminoso. Viven dentro de una herencia hecha de violencia, desigualdad y preguntas que Estados Unidos todavía no termina de responder.
que los pecadores Gane el Oscar al mejor guion original suena casi como una confesión cultural. El título tiene algo bíblico. No porque el cine americano se haya vuelto religioso, sino porque el país sigue obsesionado con la idea del pecado, con la sospecha de que parte de su prosperidad se levantó sobre una deuda que nunca terminó de saldarse. En el otro extremo está Anderson, uno de los cineastas que mejor ha retratado el desgaste moral del sueño americano. Sus películas llevan décadas filmando personajes dominados por la ambición, el dinero o la obsesión. Hombres —casi siempre hombres pero ese es otro tema— que han confundido el éxito con la redención.

Una batalla tras otra Suena menos un argumento que a clima. Estados Unidos lleva años instalado en una pelea permanente, política, cultural, identitaria. Un país que durante décadas se definió por su optimismo hoy parece moverse en la confrontación absoluta. Una batalla tras otra. Un enemigo tras otro. Una tras fractura otra. Si se miran juntos, estos dos premios dicen algo bastante preciso sobre el momento histórico del país.
Coogler escribe sobre la deuda del pasado. Anderson sobre el agotismo del presente. Entre uno y otro aparece el retrato de una nación que todavía discute su historia mientras empieza a cansarse de sí misma. Y mientras Hollywood revisa su conciencia, el Pentágono sigue escribiendo otros guiones bien caprichosos. Y desplegamos los vestidos y se encienden las luces pero no se le permite la entrada al actor palestino Motaz Malhees. Y se miran cifras de audiencia y se miden ganancias y un gran director como Jafar Panahi se lamenta en el hotel porque su país está siendo bombardeado.
Hollywood siempre ha sido una fábrica de mitologías. Durante décadas vendió al mundo la idea de que América era el lugar donde cualquiera podía reinventarse. Quizás porque incluso la industria que mejor ha sabido vender sueños empieza a intuir algo incómodo, que las naciones, igual que las personas, también tienen biografía. Y que llega un momento en que ya no basta con escribir un final feliz. Primero hay que decidir qué hacer con los pecados.
