Hasta hace pocas horas pudimos decir que Habermas es el filósofo vivo más importante. Creo que no hay dudas al respecto. Aunque se demostró, quizás por algo de modestia intelectual, un teórico social, lo cierto es que además y sobre todo era un filósofo, y como tal abarcó todos los campos del pensamiento: de la ética a la religión, de la teoría de la comunicación a la política, de la estética a la teoría del lenguaje y, últimamente, de la tecnología digital. Autor de más de cuarenta libros, puso en cada uno de ellos un enfoque social actual, toda la documentación posible y su característico empeño crítico.
La filosofía habla al fin y al cabo del mundo y éste es uno y debe ser observado desde la distancia crítica. Habermas sigue en sentido este la visión globalizante de sus maestros de la Escuela de Frankfurt, Adorno y Horkheimer, y en general la habitud germánica por profundizar sin perder la perspectiva distante. Conversando hace años con José Ferrater Mora, éste sólo le objetaba al pensador alemán ser demasiado extenso en sus obras. Ciertamente, El discurso filosófico de la modernidad.la Teoría de la acción comunicativa y Facticidad y validez son libros de amplio contenido, pero son obras seminales, sin las cuales no se llega a fondo en debates tales como el sentido de lo moderno, de la democracia y del sujeto en la sociedad plural.
Otras obras suyas abordan cuestiones candentes como como la unidad europea, el Estado nacional, la identidad religiosa o el futuro del género humano ante el desafío tecnológico. Para casi toda la polémica contemporánea de envergadura había y hay que consultar el análisis riguroso y la toma de posición independiente de Habermas. Ahora, en cambio, los profesionales de la filosofía tratan de aspectos técnicos de la propia filosofía y no se dirigen al público, como los pensadores que han influido en el mundo. Y buena parte del resto de la filosofía practica más bien un pensamiento neoconservador de autoayuda y evasión del mundo.
Habermas es un espejo de los tres últimos cuartos de siglo y un testimonio de la gran crisis que padece la filosofía desde Nietzsche, vaciada en casi todos sus campos por las especialidades de la ciencia. El mismo es uno de los principales protagonistas de la sustitución de problemas clásicos como el Ser, la Consciencia o el Sujeto por, respectivamente, los nuevos conceptos de Mundo, Lenguaje y Acción. De alguna manera fusiona estos tres en su cuerpo teórico principal, el de la “Acción comunicativa”, del que se desprenden ideas como el consenso racional, la democracia deliberativa o el patriotismo constitucional, este último como alternativa al nacionalismo. Desafortunadamente el ultranacionalismo populista de nuestros días desoye tales principios y prefiere el disenso sistemático al consenso racional como instrumento, no hay otro, para construir sociedad.
