Hay un momento exacto en que el picó deja de ser una máquina y se convierte en algo que respira. Es cuando el DJ, conocido como picotero, suelta la canción perfecta, la que todo el barrio se sabe, la que hace temblar las ventanas de las casas vecinas, la que se reúne a la gente en las calles y los andenes para bailar.
Esta parranda corre por cuenta de Andrés Mauricio Jiménez, “DJ Andrés”, picotero y coleccionista del barrio Pescaíto de Santa Marta, dueño de un “trono de metal” con luces de neón que lleva grabado en el centro el nombre Samario Turbo Lasser.
El picó no es un parlante grande ni un simple equipo portátil: es un sistema de sonido artesanal y ambulante, construido pieza por pieza por manos locales, pensado para llevar la música al espacio público y convertir la calle en una pista de baile.
Encima de ese trono reposan un computador, dos tornamesas, varios acetatos guardados en sus fundas de cartón y, a los lados, dos parlantes. A este modelo de picó se le llama “turbo”, caracterizado por tener un bafle de alta potencia decorado con una pintura única, un sello que nadie copia. Ningún picó suena igual a otro, la combinación de arquitectura, ecualización criolla y repertorio hace que cada uno tenga un sonido propio, ligado al barrio que lo vio nacer.
Es un picó para mirarlo con lupa. Cada una de sus partes fue elaborada por las manos de artesanos, el cuidado de ingenieros, las mezclas del picotero, la selección de los curadores, el diseño de artistas plásticos y el swing de los bailarines. Cada uno es indispensable para que este sistema sea lo que es: un equipo de sonido ambulante e imponente, estruendoso y popular, en el que se reproduce música para animar las fiestas en las calles (champeta, salsa o merengue).
El origen
Esta máquina apareció a mediados del siglo XX, cuando los primeros técnicos reinventaron el sonido de los tocadiscos inspirados en los soundsystems de Jamaica, artefactos colosales en los que se reproducen ritmos como ska, reggae y dancehall.
El picó, que viene de “pick-up”, hace referencia “o bien a la aguja del tornamesa, oa la portabilidad de estos equipos que se desplazan por la ciudad para animar fiestas barriales”, según explica María Alejandra Sanz en Fiesta del picó: champeta, espacio y cuerpo en Cartagena.
Al igual que en Jamaica, en Colombia el picó no alude solo a un equipo de sonido, también está asociado al disfrute popular, de barrio, que se remonta a la Colonia: “Mientras los blancos celebraban en sus casas las fechas festivas, el resto de la población gozaba en las calles”, señala Sanz en su texto.
Según Laín Domínguez, investigador e historiador consultado por el diario El Tiempo en septiembre de 2022, la primera imagen apareció en Barranquilla, en el barrio San Roque, y fue bautizado como Eco del Ritmo (1937).
Los picoteros son una expresión popular y un arte colectivo. Foto:Erik Morales
Cartagena también fue pionera. A las ciudades del Caribe, por su acceso a los puertos, llegaban discotecas con música afroantillana. “Desde ese momento, el picó ‘coloca’ música de Haití, Brasil, Surinam, Ecuador, Marruecos, Argelia; o sea, abraza la música del mundo, pero no cualquiera, especialmente, la de la diáspora africana”, explica Monosóniko, cultor y picotero barranquillero.
Aunque la música internacional hace parte del repertorio, el picó también integra música colombiana como champeta, salsa, merengue, vallenato. Todos estos ritmos comparten espacio en las tarimas picoteras del Caribe. Es un sincretismo musical.
Santa Marta no se quedó atrás. En 2016, la ciudad declaró el picó como Patrimonio Cultural Distrital, gracias a la gestión de AsopiMarta, la Asociación de Picoteros de Santa Marta. Y durante la programación “Reencuentro en el Corazón del Mundo”, organizada por el Ministerio de las Culturas en el marco de la pasada Cumbre CELAC-UE, la cultura picotera irrumpió en nuevos escenarios y confirmó que sigue viva, vigente y en transformación.
Una tradición que resiste, fortalece los lazos entre la gente, genera economía, refleja la cultura del Caribe a través de imágenes y colores vibrantes, y evoluciona en las calles. Esa misma vitalidad hace difícil saber cuántos picos existen en el país, pero según Andrés Mauricio es posible que haya uno por cuadra en Santa Marta. Normalmente participa en festivales y fiestas de barrio.
La estructura
Todo picó necesita un esqueleto. Rafael Payares, “El Foko”, como lo conocen en las calles de Santa Marta, es el artesano que ensambló el sistema de sonido de Andrés.
“Este modelo es auténtico y le pertenece al Caribe colombiano. Esas máquinas se fabrican aquí. Los amplificadores se construyen aquí. Se elaboran a partir de mano técnica criolla. Esto es una etnotecnología”, añade Monosóniko.
A principios de los años sesenta, los picós se caracterizaban por llevar en la malla que protege el altavoz dibujos de cómics como Kalimán, además de trazos que representaban parajes exóticos con atardeceres del Lejano Oriente o paisajes africanos. “Fue una iconografía que trajo el cine y ellos comenzaron a plasmar todos esos mundos imaginarios”, explica el músico.
Hubo un personaje que fue portada de la mayoría de los picós en ese tiempo: “Era un tipo con un traje de mangas, con un sombrero, barba, gafas, aretes, lleno de oro, de fieras salvajes, de víboras, de caimanes, siempre domando a las fieras”, recuerda Monosóniko. Y agrega que ese personaje lo inspiró en su camino: “Yo quería ser ese hombre dibujado del picó, pero poniendo la música”.
Ahora estas cajas musicales llevan en su piel personajes representativos de su región, un sello que identifica a cada picó. Los turbos de Andrés, por ejemplo, tienen pintados a Carlos Vives, al padre Linero (dos samarios) y un grupo de personas bailando en colores neón.
Estos faros sonoros que se reúnen al barrio bajo un mismo pulso siempre están custodiados por un grupo técnico que activa y soluciona las fallas de su sistema nervioso.
“En los eventos nos ayudan a encender manualmente los turbos, a adaptarlos de acuerdo con el lugar donde tendremos el evento: un espacio abierto o cerrado”, explica Teddy. Muchos de ellos aprendieron el oficio mirando o escuchando desde pequeños.
La pasion y la gente
En la región Caribe los picos están en todas partes. Monosóniko creció con uno en la sala de su casa. Su padre se ganó una moto y la vendió para comprar.
Teddy también recuerda su niñez alrededor de estos espacios. Ya adulto, renunció a su profesión de enfermero para dedicarse a curar y mezclar canciones. Ahora, además de mantener vivo el sonido, cumple otra función: “Hemos sacado a muchos jóvenes de malos pasos, como dicen por ahí”.
Andrés lo confirma: “Estos pelados pueden estar amanecidos y aun así se levantan al día siguiente a ayudar a organizar el picó, porque es un asunto de orgullo”.
Además de pasión y herencia, un picotero debe ser curioso. Todos conocen la historia de su oficio, su evolución, averiguan los gustos musicales de cada región y tienen claro para qué están: para satisfacer a la gente con sus mezclas.
La gente también bombea la cultura picotera.
Desde, Monosóniko horas recopiló información en las verbenas y los carnavales, información que le permitiría identificar los gustos de su público: “Cuando me iba con mis tíos a vender gafas en las principales tiendas del Caribe colombiano, me quedaba contemplando, viendo al pueblo bailar. Me interesaba qué música bailaban y cómo la bailaban”.
Andrés Mauricio también es un conocedor y ha coleccionado más de 6.000 vinilos. Una parte la custodia en su casa y la otra la protegida en una caja que parece una rocola, “el baúl del tesoro”, también de colores fluorescentes como su picó, amarillos, verdes, naranjas y rojos.
Sin embargo, con la llegada de la tecnología y el nacimiento de nuevos ritmos musicales, sumaron un ordenador con música moderna para las nuevas generaciones.
“Cuando nosotros abrazamos todos los géneros musicales, estamos abrazando a la familia; o sea, estamos generando valores de identidad, de comunidad”, dice Monosóniko.
A los picoteros también los identifican la solidaridad profesional. La música que mezclan incluye temas locales, principalmente de champeta. Su influencia es tanta que la música que presenta marca las tendencias en la radio. “Estamos fuera del sistema. Nosotros somos los que pegamos la música en los barrios”, añade. De hecho, han impulsado la carrera de artistas del Caribe como Mr Black, Kevin Flórez y Zaider.
Daniel Martínez, locutor y programador musical de la emisora La Movida de Santa Marta, reconoce la ventaja de los picoteros: “Están más cerca de la gente, del barrio, del gusto real de los sectores populares. Ahí la música se prueba sin filtro; si funciona en un picó, podría decirse que funcionaría en otro ambiente social”. Para él, los primeros éxitos nacen en las calles; los picós son “un termómetro cultural muy poderoso”.
La complejidad de este ecosistema cultural es inmensa. Para Monosóniko, esta cultura tiene raíces, hoja, verdor y exuberancia. “Entonces hay que saber para poder hacer curaduría de esta música”.
Pero hay más que música en juego. “Aquí estamos salvaguardando los sonidos del mundo. Esta forma de presentar la música no puede pasar desapercibida y la gente debe conocerla”, añade.
Los picoteros participan en festivales, carnavales; algunos han sido teloneros en conciertos. En estos espacios han visibilizado no solo su oficio, también los sonidos del Caribe.
Y mientras DJ Andrés Mauricio suelte la canción perfecta desde su trono de luces LED en Pescaíto, mientras Rafael Payares construye esqueletos sonoros, mientras Teddy y Monosóniko curen repertorios que conectan al mundo con Colombia, el picó seguirá respirando.
