Durante décadas, Montserrat Roig (Barcelona, 1946-1991) y Mercè Rodoreda (Barcelona, 1908-1983) ocuparon un lugar incómodo en el mapa literario: celebrados y leídas en Cataluña, pero envueltas fuera de su idioma en clichés, silencios editoriales y abandonos intermitentes.
La recuperación llevaba tiempo gestándose a través de lecturas fragmentarias, traducciones descatalogadas encontradas en rastros y librerías de segunda mano. No es casual que Barcelona haya viajado recientemente a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (México) como ciudad invitada y que Roig y Rodoreda se hayan situado en el centro del relato: no como figuras patrimoniales ni nombres de consenso, sino como escritoras cuya obra, leída hoy, interpela al presente y reclama, por fin, un lugar en el canon literario.
En el caso de Roig, ese regreso ha cristalizado en un proceso de reedición y traducción internacional: entre 2021 y 2027 se habrán publicado 25 traducciones de su obra en una decena de idiomas.
“A la pregunta de por qué este es un momento de recuperación, yo añadiría otra: por qué es necesaria la recuperación. Qué ha pasado para que una autora tan reconocida en su época, tan premiada, tan leída y tan traducida, fallezca y pase al olvido, quede relegada a las librerías de segunda mano y no se la recupere”, plantea María Mur, editora de Consonni, sello que ha impulsado la recuperación de su narrativa en castellano.
Consonni ha publicado las tres novelas que Josep Maria Castellet agrupó como ‘la trilogía del Eixample’ (Ramona, adiós., Tiempo de cerezas y La hora violeta), hoy rebautizada como Trilogía de Barcelonay ahora amplía el catálogo con La aguja dorada, con prólogo de Carmelo Ejado.
“Cuando iniciamos este proyecto no lo hicimos pensando en el éxito económico. Consonni es una editorial vasca y, fuera de Cataluña, muchos conocíamos a Montserrat Roig como activista y periodista, pero no como escritora. Recuperar su literatura nos parecía imprescindible. La respuesta del público ha sido mejor de lo esperado”, señala Mur.
Ramona, adiós. va por su segunda edición (1.700 ejemplares), Tiempo de cerezas por la tercera (entre 2.700 y 3.000), con edición también en México y traducción al euskera -“algo que nos hacía especial ilusión, de una lengua minorizada a otra”-, y La hora violeta tuvo una primera tirada de 1.800 ejemplares.
Su caída en el olvido se explica, en parte, por su fallecimiento temprano: Roig murió con solo 45 años, en 1991. “Fue una autora muy pionera, profundamente feminista, muy combativa y radicalmente antifascista. Mientras estuvo viva pudo sostener su propio relato, pero cuando desaparece ya no puede seguir luchando por él. Y cuando no estás ahí dando guerra, ese relato se detiene”, afirma Mur. Incómoda para los consensos, híbrida en los géneros y políticamente explícita, Roig nunca encajó del todo en un canon que tendía a separar la literatura “seria” del periodismo, cuando en su caso ambas dimensiones eran inseparables.
Roig escribió novelas, pero también convirtió la crónica en una forma literaria.. De un encargo periodístico quirúrgico Los catalanes en los campos nazis. (1977), una investigación pionera sobre la memoria de la deportación, y L’agulla dorada (1985), crónica de un viaje a la Unión Soviética. Fue columnista, entrevistadora, figura pública.
“Gemma Ruiz Palà, que es periodista y escritora, explicaba que la influencia de Montserrat Roig en el periodismo contemporáneo es enorme. Su trabajo de investigación sobre los catalanes en los campos de concentración nazis está a la altura del de autoras como Svetlana Alexiévich. Es un trabajo de una rigurosidad extraordinaria que, sin embargo, no ha tenido la misma trascendencia”.
Las novelas de Roig están ancladas en la retícula del Eixample, el barrio donde nació y vivió casi toda su vida, y funcionan como un archivo emocional de la clase media tras la Guerra Civil: patios interiores, escaleras, pisos superpuestos. Ese espacio urbano le permitió dar voz a mujeres que piensan, dudan y se contradicen, lejos de cualquier simplificación.
La recuperacion de Mercè Rodoreda no responde a una efeméride concreta. En su caso, se trata de volver a leerla sin los filtros que durante años la simplificaron. Durante años, su obra quedó relegada a una lectura escolar, domesticada, a una sensibilidad supuestamente blanda, femenina, casi ornamental, que convivía con su canonización institucional. Traducida a decenas de lenguas y leída hoy desde claves que dialogan con el pensamiento contemporáneo, ecología, poshumanismo, literatura de los vencidos, Rodoreda se ha convertido en una autora radical y universal, no pese a haber escrito en catalán, sino precisamente desde esa elección.
El CCCB le dedica Rodoreda, un bosque (hasta el 25 de mayo de 2026) una muestra que huye de la lectura biográfica para adentrarse en su imaginario literario como un territorio simbólico: exilio, infancia, guerra, deseo, muerte. Su literatura encarna una idea de ciudad y de lengua atravesadas por la pérdida, el desarraigo y la resistencia.
Escritora del exilio, no solo geográfico, sino moral y simbólico, Rodoreda escribió gran parte de su obra lejos de la Barcelona de su infancia.entre Francia, Suiza y una soledad construida, y ese desajuste entre origen y pertenencias atraviesa sus novelas.
La relectura insiste en aquello que durante décadas se pasó por alto: la violencia extrema que recorre La plaza del Diamantela crueldad ritual de La muerte y la primaverala dimensión política de una prosa que nunca se presenta como consigna, pero tampoco como evasión.
Que hoy Rodoreda esté “en todas partes”, en exposiciones, reediciones, traducciones, adaptaciones escénicas, no garantiza, sin embargo, que esté plenamente leída: fuera de Cataluña sigue siendo una autora periférica, incluso secreta. El reto no es consagrarla, sino incorporarla al horizonte lector del conjunto de España, no como figura patrimonial, sino como una de las grandes escritoras europeas del siglo XX.
