En el vídeo se lo ve sonriente, con el bronceado perenne que se convirtió en su marca personal y el mirar de camiseta entallada y jersey sobre los hombros que es ya una estampa histórica de su momento de mayor éxito internacional. Julio Iglesias acude a una oficina gubernamental para recoger su identificación como residente de la República Dominicana, y aquello es un revuelo mayúsculo. Las imágenes lo muestran dejándose querer mientras un hombre corpulento intenta separarlo de las personas que se le acercan. Es 2003. Entre la algarabía y las muestras de cariño, el cantante se desmarca ante los micrófonos con un comentario sorprendentemente económico: “Es un país idóneo para inversión, un país de servicio, un país de turismo grande. Este es el futuro Mediterráneo del mundo occidental”.
No hablaba por hablar. Para entonces Iglesias ya había hecho su apuesta inversora en el conglomerado de empresas Grupo Punta Cana, que incluye un desarrollo inmobiliario y un aeropuerto que ahora es clave para el turismo de la zona. Mucho después vendría su apuesta definitiva y personal: en los últimos años, Corales 5 se convirtió en la residencia preferente del cantante, en la que pasó gran parte del año. En 2007, el Senado dominicano le otorgó un reconocimiento oficial por su aportación al turismo, por “preferir” al país y “construir su vivienda en Punta Cana”, así como por haber participado artísticamente “en actividades sociales benéficas a favor de los más necesitados” del país. Según el escrito firmado por el presidente del Senado, la República Dominicana es su “segunda patria” y Punta Cana, “su propio hogar”.
