En 2019, Gerhard perdió a su hija menor, Tanja, quien murió a causa de una embolia pulmonar. Este hecho lo sumió en una profunda tristeza y lo llevó a aislarse del mundo exterior. En ese momento atravesaba un delicado estado de salud: padecía una lesión medular, párkinson y una enfermedad muscular. Además, se había recuperado previamente de un ataque cardíaco y había sido diagnosticado con trastorno bipolar, depresión y trastorno límite de la personalidad.
En 2020 decidió que “no quería seguir adelante”. “El mundo dolía y pesaba cada vez más; me sentía abandonado, solo y extrañaba demasiado a mi hija”, relató en entrevista con Thanatos TV.
En los días anteriores a su intento de suicidio, añadió: “Llegué a pesar de 150 kilos y me encerré en mí mismo. Bajé las persianas de las ventanas y me sumí en el silencio, la oscuridad y los gritos de mis propios pensamientos”. Según contó, solo salía a comprar principalmente cerveza y cigarrillos, para luego regresar a la soledad de lo que él llamaba su hogar.
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Afirmó que no hubo un hecho puntual que lo llevara a intentar quitarse la vida. Aunque su otra hija lo quería profundamente, ella tenía su propia vida y, según él, no sentía que compartieran tiempo de calidad. La soledad lo fue consumiendo poco a poco, hasta que comenzó a experimentar un profundo deseo de volver a ver a su hija fallecida. Fue entonces cuando tomó la decisión de intentar terminar con su vida.
“Estaba convencido de que había vida después de la muerte”.
Los médicos no eran optimistas frente a su estado de salud. Consideraban que difícilmente sobreviviría y que, en caso de despertar del coma, podría presentar un daño cerebral severo. Sin embargo, contra todos los pronósticos, despertó en la unidad de cuidados intensivos del hospital.
Al recuperar la conciencia, afirmó recordar con claridad lo que, según él, había experimentado durante los cinco días que permaneció en coma.
“Lo recuerdo todo con mucha claridad. Era un lugar sombrío. Había un palacio grande de piedra gris y, en su interior, un trono de piedra, plano y sin respaldo, que parecía un bloque macizo. El diablo estaba allí sentado, observando”, relató.
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Según su testimonio, inspeccionó cuidadosamente el lugar y notó un embarcadero que se adentraba en el mar. Allí, dijo, había varios barcos amarrados en los que se encontraban almas que, supuestamente, serían trasladadas para ser presentadas ante lo que descrita como una figura diabólica, la cual elegiría el castigo para cada una.
Afirmó: “Vi al diablo y el ambiente era sofocante, con un calor intenso. La figura era grande y demoníaca, tal como siempre la había imaginado: imponente y con cuernos. No sentía miedo de esa presencia, sino de las almas que estaban siendo castigadas”.
“Sé que la gente piensa que lo que estoy narrando es un delirio o producto del síndrome de abstinencia, pero sé que estuve allí”, afirmó.
Los misioneros españoles creían que esa puerta daba al inframundo. Foto:iStock
Después de estos acontecimientos, su vida se transformó por completo. “Tenía claro que Dios me había dado la vida y que no tenía derecho a quitármela. Porque, si lo hacía, acabaría exactamente donde no quiero estar: no con mi hija, sino en el infierno”, afirmó.
Actualmente, Gerhard lleva una vida tranquila. Afirma que vive cada día como si fuera el último, apreciando las cosas buenas que le rodean. También sostiene que, cuando Dios decida que es el momento de partir, aceptará ese destino, convencido de que el tiempo de la vida no le corresponde al ser humano determinarlo.
katherine bravo hernandez
Redacción Alcance Digital
EL TIEMPO
