El autor de la ‘trilogía del cártel’y la mafiosa ‘trilogía de Danny Ryan’ regresa a la escritura tras anunciar en 2022 su retiro para centrados en el activismo político contra Donald Trump. Lo hace con ‘Resultado final’ (Harper Collins), seis relatos criminales secos y afilados como sendos martinis, en los que se aleja de la violencia cruda. Parece haberlo pasado bomba escribiéndolos.
¿Qué le ha empujado a volver a escribir ficción?
Me tomé un descanso de la escritura para concentrarme en asuntos políticos. Para, por así decirlo, librar una batalla que acabamos perdiendo. Pero una serie de personajes, más que de historias, empezaron a hablar en mi cabeza y, de algún modo, reclamarme que los escribiera. Cedí, me senté y los escribí.
¿Hay un nexo entre los siete relatos de ‘Resultado final’?
En primer lugar, este libro me permitió escribir lo que me diera la gana en el estilo que me diera la gana. Fue liberador y divertido escribirlo. Más allá de esto, creo que el nexo principal gira en torno a la identidad. Cómo nuestra identidad cambia, a veces lentamente a lo largo del tiempo, a veces muy rápidamente. Pensamos que somos una cosa y de repente elegimos ser o tenemos que ser otra cosa. También me parece que he escrito sobre el mismo tema que desarrolló a lo largo de toda mi carrera, que es la cuestión central de la ficción criminal: ¿cómo vives decentemente en un mundo indecente? ¿Cómo intentas hacerlo y puedes hacerlo?
Cuanto más profesional es un atracador, menos violento es
¿Existen atracadores tan listos, elegantes y éticos como John Highland, el protagonista del relato titular?
Sí, y yo los conozco. Si vienes a Estados Unidos, intentaré presentarte a alguno, pero no te lo puedo garantizar. Hay un amplio espectro de atracadores, desde los estúpidos, violentos y descuidados hasta los altamente profesionales. Cuanto más profesionales son, menos violentos son. No necesariamente por una cuestión moral, sino porque saben que si les atrapan la violencia aumentará mucho sus condenas. De modo que los realmente buenos hacen todo lo que pueden para reducir las posibilidades de que la cosa se tuerza y genere violencia. Conozco a uno retirado que va a cenar con el policía que una vez lo encarceló, también retirado. El policía me dijo: ‘Si hubiera sido necesario, le habría disparado. Sin duda’.
Don Winslow, en la imagen promocional de ‘Resultado final’ / Robert Gallaher / Harper Collins
¿Qué grado de corrupción existe en la policía estadounidense?
Ahora no hay mucha. El crimen organizado en Estados Unidos, lo que llamamos la mafia, ha caído extremadamente debido a una serie de razones. Una de ellas es una simple cuestión generacional: los hijos y los nietos de los mafiosos tienen dinero y son abogados, dentistas o propietarios de negocios. La influencia del crimen organizado sobre la policía ha caído en paralelo.
¿Y la de los cárteles de las drogas?
Es regional. Las zonas que los cárteles necesitan controlar son las fronterizas. Mira, en todos los lugares donde hay grandes cantidades de dinero, hay corrupción. Lo podemos escribir en latín, en hebreo o en arameo. Es así desde hace millas de años. Dicho esto, si me pusiera ahora a investigar la corrupción policial en Estados Unidos, no me fijaría tanto en la economía del soborno como en la manera de trabajar de la policía y en los atajos ilegales que puede tomar o no para perseguir un caso.
Es ridículo justificar las acciones contra Venezuela con la guerra contra las drogas.
Para atajo ilegal, el que tomó Donald Trump para capturar a Nicolás Maduro bajo la acusación de narcoterrorismo, ¿no?
Aunque odio estar de acuerdo en algo con Trump, es un hecho que Maduro es un traficante de drogas. El término narcoterrorismo es problemático. Pero la cuestión no es esa. La cuestión es si está justificada la invasión de un país y la captura de un jefe de Estado. La cuestión es si están justificados los ataques a barcas y matar personas en aguas internacionales. Sin ningún proceso legal y cuando el tráfico de drogas no se castiga con la pena capital en Estados Unidos. No hay ninguna justificación. Son acciones ilegales bajo la ley internacional y bajo la ley estadounidense. Y ridículas si se quieren justificar con la lucha contra las drogas. El 97% de las drogas que entran en Estados Unidos lo hacen en cruces legales de la frontera, la mayoría en camiones. Es un dato de la DEA.
Culpamos a México, Venezuela o Colombia, según el día, de nuestra adicción a las drogas.
¿Tiene sentido la guerra contra las drogas, convertida en bandera de Trump?
Ninguna. Pero es que no se supone que tenga que tener sentido. Es puro teatro. La guerra contra las drogas nunca ha tenido sentido. Llevamos más de 70 años en ella, con un costo de más de un trillón de dólares, y ¿cuáles son los resultados? Que las drogas son más baratas y potentes y están más disponibles que nunca. Si eso es ganar una guerra, no quiero imaginar lo que debe ser perderla. Nunca vas a resolver el problema de las drogas poniendo el foco en la parte del suministro. Solo puedes afrontar el problema desde el lado de la demanda. Pero los estadounidenses tenemos la estúpida mentalidad de atacar a países que nos venden productos que compramos. Culpamos a México, Venezuela o Colombia, según el día, de nuestra adicción a las drogas. Remarco que está muy claro que la guerra contra las drogas de Trump no tiene la intención de tener sentido. Tiene la intención de aumentar su poder y su reputación. Es una ‘actuación’.
¿Le parece acertada la comparación habitual de Trump con un matón, eso sí, con un poder inmenso?
Puedo comprarla. Sabemos lo que hay que hacer con los matones: darles un puñetazo en la nariz, metafóricamente hablando. Ha sucedido esta semana. Trump vuela a Davos con amenazas de que tendrá Groenlandia, por la fuerza si es necesario. Pero varios líderes europeos le paran los pies. ¿Qué hace? Da marcha atrás. No soy quién para dar consejos a los europeos en posiciones de poder y autoridad, para empezar porque nuestro Congreso parece una colección de invertebrados. Pero hay que empezar a decir ‘no’ a una locura evidente. A diario me pregunto por qué no lo hacemos los estadounidenses.
Trump tiene una especie de mentalidad carcelaria
Quizás por su inmenso poder. Como el de los jefes de las pandillas carcelarias que aparecen en dos relatos de ‘Resultado final’, pero a otra escala.
Creo que tiene una especie de mentalidad carcelaria. Ciertamente, quiere encerrar a la gente, pero es que además me temo que se considera a sí mismo un ‘shot caller’ (en jerga carcelaria, un cabecilla). Un tipo duro. Y no lo es. Es un aspirante a tipo duro. Lo digo desde mucho antes de la irrupción de Trump en política, por ejemplo sobre la brutalidad policial: no debes temer a los egos fuertes, sino a los egos débiles. Son los que causan problemas porque son inseguros y necesitan validarse. Es el caso de nuestro presidente y de un montón de policías que disparan a gente.
¿Le está sorprendiendo a Trump en su segundo mandato?
Cero. En 2015 nos explicó quién es. Me pueden sorprender detalles del caos que impulsa, como despertarme un día con la noticia de que amenaza a Dinamarca por Groenlandia. Pero, en líneas generales, lo conocemos perfectamente. Aun así, demasiados estadounidenses le votaron.
En ‘Resultado final’ dejó al fondo la naturaleza gráfica de la violencia
¿Por qué en ‘Resultado final’ se aleja de su crudeza habitual?
Me pasé 23 años escribiendo sobre el tráfico de narcóticos, sobre adicción, sobre inmigración. Son libros duros, quizás demasiado. Siempre me cuestionó la violencia de mis libros. O sea, nunca me he inventado esa violencia, pero siempre me he preguntado si debía escribirla de manera tan gráfica. Decidí que sí para confrontar al lector con la realidad. En ‘Resultado final’ dejó al fondo la naturaleza gráfica de la violencia. En general, no solo con la violencia, he dejado más espacio en blanco en la prosa, para que lo llene el lector.
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