Las nuevas excavaciones en la gran villa romana ubicadas en lo que hoy se conoce como Civita Giuliana, a las afueras de la antigua Pompeya, ofrecen nueva luz sobre la historia social romana. La imagen del esclavo como un trabajador famélico y desnutrido. … se resquebraja. Los arqueólogos del Parque Arqueológico de Pompeya han desenterrado una paradoja reveladora: en las dependencias donde vivían y trabajaban los esclavos –el sector destinado a ellos dentro de la villa–, estos hombres y mujeres, en determinadas ocasiones, comían mejor que muchos ciudadanos libres de la región. El contraste es brutal.
Las excavaciones, publicadas en el E-Journal degli Scavi di Pompei, han sacado a la luz ánforas repletas de habas –una de ellas semivacía– y un gran cesto con frutasprobablemente peras, manzanas y serbas, alimentos ricos en vitaminas y proteínas. A ello se suma la reconstrucción del consumo anual del establecimiento, que alcanza una cifra reveladora: 18.500 kilos de trigo necesarios para alimentar a los cerca de cincuenta esclavos que vivían y trabajaban allí. Una cantidad enorme destinada exclusivamente a ellos, mientras muchas familias libres de Pompeya debían recurrir a la mendicidad para sobrevivir.
La documentación escrita ya había dejado ver esta contradicción. Los romanos definían a los esclavos como «instrumentos parlantes» («instrumentum vocale»), una categoría jurídica que los equiparaba a herramientas de trabajo. Pero, en villas agrícolas como la de Civita Giuliana, esos «instrumentos» podían valer millas de sesterciosla moneda de referencia del Imperio romano, y perderlos por enfermedad o desnutrición resultaba un riesgo económico intolerable.
El hallazgo confirma ahora de manera material que, junto a la dieta básica de cereal, el propietario introdujo alimentos más nutritivos para reforzar la salud de sus trabajadores. Sin esos suplementos, las infecciones, las carencias vitamínicas y la pérdida de fuerza física eran frecuentes entre quienes realizaban trabajos agotadores en el campo, guiaban animales o participaban en la vendimia.
El director del Parque Arqueológico de Pompeya, Gabriel Zuchtriegel, resume la paradoja moral y económica del hallazgo: «Eran tratados como máquinas, pero el confín entre esclavo y libre se desvanecía continuamente: a veces los esclavos comían incluso mejor que los llamados libres». El arqueólogo recuerda además que la idea estoica y cristiana de que todos somos esclavos o libres en un sentido más profundo nace de este contraste cotidiano: los seres privados de derechos podían disfrutar de una nutrición superior a la de ciudadanos empobrecidos que dependían de las limosnas de los poderosos.
Explotación calculada
Las condiciones de vida en las dependencias de los esclavos eran, sin embargo, duras. Las celdas medían apenas 16 metros cuadrados y acogían hasta tres camas por habitación. En la planta baja, las excavaciones han identificado numerosos restos de ratas y ratones, lo que explica por qué la comida se almacenaba en el piso superior: protegerla de los parásitos y controlar su distribución resultaba fundamental. Los investigadores plantean la hipótesis de que allí podrían dormir los esclavos más confiables, encargados de vigilar la comida y racionarla según las órdenes del propietario. La dieta, por tanto, no era un privilegio, sino una herramienta de disciplina..
El arqueólogo Antonino Russo lo resumió con crudeza: «Los esclavos costaban mucho dinero y había que proteger la inversión. Cuanto más rico era el propietario, mejor comían los esclavos». Su frase revela la lógica esencial del sistema: los alimentos encontrados en Civita Giuliana no son señal de bienestar, sino de explotación calculada. Alimentar bien a los esclavos garantizaba jornadas más largas y mayor rendimiento.
Una villa agrícola señorial
Civita Giuliana se encuentra en una franja de villas señoriales dedicadas a la producción de vino, aceite y otros bienes agrícolas. En los últimos años ya habían aparecido allí hallazgos de enorme relevancia, desde un carro ceremonial decorado en bronce hasta habitaciones de esclavos excepcionalmente conservadas. El nuevo descubrimiento permite reconstruir con precisión inédita la vida cotidiana de los trabajadores invisibles que hicieron posible esa riqueza. No solo importan los restos alimentarios, sino también la organización espacial y social del personal esclavizado, con sus jerarquías internas, sistemas de control y funciones específicas.
Las excavaciones han recuperado igualmente elementos vinculados al trabajo agrícola: el calco de una puerta de doble hoja, herramientas y lo que parece ser el montante de un arado. Son piezas que describen un engranaje económico completo, donde la buena alimentación del trabajador era tan necesaria como la conservación de los utensilios.
el comunicado oficial del Parque Arqueológico destaca otro punto clave: la comparación social. Mientras la villa destinaba toneladas de trigo y productos frescos a sus esclavos, muchas familias libres de Pompeya no disponían del mínimo vital y recurrían a la ayuda de patrones o benefactores para subsistir. La libertad jurídica, por sí sola, no garantizaba una vida digna. Este contraste aporta una matiz profundamente humana a la investigación: la desigualdad extrema era el tejido social del mundo pompeyano, y la dieta de los esclavos refleja no una mejora de condiciones, sino el reverso económico de un sistema desigual.
