Campos de cultivo convertidos en “tierras quemadas con napalm”, campings para turistas que han sido “arrasados” y son ahora “campos de refugiados”. De eso hablaba la canción que Grecia apareció en Eurovisión en 1976. (‘Panaghia mou, panaghia mou’, traducible como ‘Virgen María, virgen María’ y que cantó con sentimiento Mariza Koch). Cuando en Turquía la escucharon, procedieron a retirarse del festival al vislumbrar ahí un Señalización directa por su ocupación del norte de Chipre. Devolvían así la pelota del año anterior, cuando Grecia se ausentó del festival en protesta por la admisión de Turquía.
Tuvieron que pasar unos años, hasta 1980, para que Grecia y Turquía dejaran atrás los vetos recíprocos. El festival acogió entonces por primera vez a Marruecos, que se avino a participar porque Israel, estado con el que no mantenía relaciones diplomáticas, había cursado baja en aquella edición (la fecha del certamen caía en el Día del Recuerdo). Recordemos que la UER tiene como miembros activos a las televisiones de 56 países, no todos europeos: también las de Argelia, Túnez, Libia, Egipto, Jordania y Líbano.
Podrían participar todos los años si quisieran, pero no lo hacen, en buena parte, porque está Israel. A eso se atribuye La retirada de Túnez en 1977. pese a haber inscrito para estrenarse en el festival. Y la del Líbano en 2005, después de una tira y afloja con la UER: la legislación del país prohíbe la difusión de la canción israelí. Televisiones como la libanesa o la jordana han privado a sus espectadores de conocer hitos israelíes como ‘A-ba-ni-bi’ (Itzhar Cohen & Alphabeta, 1978) o ‘Diva’ (Dana International, 1998)emitiendo anuncios o fondos neutros de flores cuando eran interpretados. No es nuevo que la presencia de Israel genere boicots, aunque siempre se habían circunscrito a las filas árabes. El repudio, ahora, por parte de cuatro países europeos (España, Países Bajos, Irlanda y Eslovenia), sí que es una novedad llamativa.
La política ha generado otras retiradas: la de Austria en 1969, la edición celebrada en Madrid, como rechazo al franquismo; la de Georgia en 2009 porque la UER no admitió la canción ‘We don’t want put in’ (título que pronunciado se parece bastante a ‘No queremos a Putin’); la de Armenia en 2012, organizada por Azerbaiyán, con el conflicto de Nagorno-Karabaj de por medio. Y todo ello demuestra una y otra vez que el festival generalmente percibido como el más frívolo del universo es, al fin y al cabo, el más serio, una cuestión de estado.
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