Es posible que la poesía siga siendo “un arma cargada de futuro”, como afirmó Gabriel Celaya en Cantos íberos; posible y conveniente para esa nave llamada Humanidad que siempre va orzando contra su propio viento, a punto de detenerse al primer error; pero si lo es, cosa de la que no tengo la menor duda, se debe a que algunos y algunos poetas se suman al tomar “partido hasta mancharse” del autor de Hernani y al intenso amor por la vida de un gran amigo suyo, Blas de Otero, de quien este domingo se cumple un siglo y diez años de su nacimiento. “Para qué tantos libros, tantos papeles, tantas pamplinas” —escribió en Expresión y reunión— cuando se puede “callejear a la deriva” y vivir el verdadero libro, uno “de tamaño natural/ lleno de gente, tiendas, puestos de periódicos, casas en construcción/ y otros versos”.
Aquel magnífico poema, cuya presentación lo dice todo (“Dios nos libre de los libros malos/ que de los buenos ya me libraré yo”), es uno de los mejores cantos a la literatura que se han hecho desde la necesidad de “cambiar la vida” (Rimbaud) y la de cambiar el mundo. No es casual que, al hablar de las cosas realmente bonitas de la existencia, comience con “una pierna de mujer/ la izquierda a ser posible” y acabe en “un buque norteamericano caído en poder del enemigo”. cántico espiritual, Ángel fieramente humano, Ancia, Redoble de conciencia: se equivoca quien afirma que Blas de Otero hila más fino en ellos que en Pido la paz y la palabra o, por ejemplo, Historias fingidas o verdaderasde título cervantino y nexos feroces: tan pronto arranca con un verso de Machado (“se borra el camino”) para advertir del peligro de que “se desparramen los cadáveres” como salta a la guerra de Vietnam, nos sentamos frente a una víctima “con el pecho y el vientre impecablemente reventados por una bomba de fragmentación” y añade que los mira y le parece “que esperan, bajo los cielos/ verse una tibia mañana/ cubiertos de brotes nuevos”, tirando esta vez de Juan Ramón Jiménez.
