Especialistas de la Mayo Clinic detallan qué estilos de vida impulsan la aparición del hígado graso y cuáles permiten revertir el daño: el peso corporal, la dieta, el ejercicio y el consumo de alcohol marcan la diferencia entre un órgano sano y uno en riesgo.
También conocida como enfermedad hepática esteatósica, se produce por la acumulación excesiva de grasa en este órgano vital y hoy es cada vez más frecuente. Los médicos recuerdan que existe una forma asociada a la disfunción metabólica, llamada MASLD, que aparece en personas que consumen poco o nada de alcohol pero presentan problemas como obesidad o alteraciones en el metabolismo. Si no se detecta ni trata a tiempo, puede evolucionar hacia cuadros más severos.
Cuando la grasa se acompaña de inflamación y cambios estructurales, la enfermedad avanza a una variante más grave: la esteatohepatitis asociada a disfunción metabólica, conocida como MASH. En esta etapa se suman fibrosis y otros daños en el tejido hepático. Si la cicatrización progresa, aumentan las probabilidades de cirrosis, insuficiencia hepática e incluso cáncer de hígado, por lo que la intervención temprana es clave.
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Se produce por la acumulación excesiva de grasa en este órgano vital. Foto:stock
Los expertos indican que el peso corporal es el factor de riesgo más determinante en el desarrollo del hígado graso. Hasta dos tercios de los adultos con obesidad y la mitad de los menores con esta condición pueden presentar MASLD, y alrededor del 20 % de esos casos derivan en MASH. La genética, la edad, el sexo y la etnia también influyen, pero el exceso de grasa corporal concentra la mayor parte del riesgo.
Frente a este panorama, la primera estrategia de protección es el control del peso. Una reducción sostenida ayuda a normalizar los análisis del hígado, mejora la sensibilidad a la insulina y favorece la estructura del órgano. Para lograrlo, los especialistas recomiendan combinar cambios en la alimentación con un aumento de la actividad física; en algunos pacientes se evalúan tratamientos además farmacológicos o quirúrgicos.
Estás infecciones pueden provocar complicaciones graves. Foto:stock
La dieta saludable figura entre los pilares de la prevención. Una alimentación equilibrada, junto con ejercicio regular, produce mejoras significativas en la evolución de la enfermedad. Paralelamente, se vuelve fundamental tratar comorbilidades como diabetes, prediabetes, hipertensión, colesterol y triglicéridos altos, así como trastornos del sueño como la apnea, que suelen acompañar a la enfermedad hepática.
Otra medida protectora es mantener al día las vacunas recomendadas, en especial contra las hepatitis A y B. Según la Mayo Clinic, estas infecciones pueden provocar complicaciones serias en personas que ya presentan daño hepático, por lo que inmunizarse reduce un factor de riesgo adicional. También se aconseja aplicar otras vacunas indicadas para pacientes con enfermedades crónicas, conforme a las indicaciones médicas.
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Un buen tratamiento evita complicaciones. Foto:Un buen tratamiento evita complicaciones.
Entre los hábitos que pueden ayudar, los especialistas destacan el consumo moderado de café negro con cafeína. Tres tazas diarias se han asociado con una progresión más lenta de la fibrosis hepática, lo que convierte a esta bebida en un aliado potencial de la salud del hígado, siempre que no existan contraindicaciones individuales. Sin embargo, recuerden que el café no reemplaza a una dieta equilibrada ni al ejercicio.
En el lado opuesto, el consumo de alcohol, incluso en pequeñas cantidades, se considera una conducta de riesgo para quienes tienen hígado graso. La ingesta puede acelerar la cicatrización del tejido y favorecer la cirrosis, especialmente después de cirugías bariátricas, cuando el organismo se vuelve más sensible al alcohol. Por eso, los expertos aconsejan evitarlo o limitarlo estrictamente según la indicación médica.
Los suplementos y productos que prometen “desintoxicar” el hígado también están en la lista de prácticas desaconsejadas. La hepatóloga Blanca C. Lizaola-Mayo advierte que muchos de estos preparados no cuentan con respaldo científico e incluso pueden dañar el órgano. En su lugar, insiste en que la verdadera depuración depende del propio hígado y se apoya en decisiones sostenidas: una alimentación adecuada, control del peso, ejercicio y seguimiento médico personalizado.
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Jaider Felipe Vargas Morales
REDACCIÓN ALCANCE DIGITAL
