Hugo Mujica tiene ochenta y tres años, y aunque no los aparentes podría tener cien, doscientos, mil. Mil vidas: la del niño de familia anarquista que tenía que trabajar, la del adolescente que se plantó en Estados Unidos sin saber ni una palabra inglés, la … del artista del Greenwich Village que sobrevivía con cualquier oficio, la del hippy que trabajó la psicodelia con Timothy Leary, la del Hare Krishna que aprendió a mirar lo invisible, la del discípulo del gurú hindú Swami Satchidananda, la de quien hizo voto del silencio en un monasterio trapense, la del seminarista muy vivido, la del sacerdote que abandonó el hábito pero no la fe y la del poeta que ahora se sienta a hablar de todo esto para celebrar el premio Loewe, que ha ganado por ‘Las hojas, la brisa, y la luz danza las sombras’ (Visor). Dice que ya solo se dedica a escribir: es mucho.
—Entonces ya solo escribe.
—Por ahora sí. Pero quién sabe. He tenido tantas formas de vivir que por ahí viene otra.
—Cuenta la leyenda que descubrió la poesía en un monasterio de la orden trapense, después de haber hecho voto de silencio.
—Fue en Massachusetts. Llevaba tres años allí. Un día estaba en la cocina preparando el té con una tetera gigante, para toda la comunidad. Y había una ventana que recuerdo redonda, muy linda. Vi que se ponía el sol y… Pocas veces en la vida sucede que uno va detrás del cuerpo. Sentí que el cuerpo que me llevaba. Salí, agarré una lapicera y escribí: «Se pone el sol tras la ventana / de la cocina / el té está casi listo». Y sentí que nacía una expresividad nueva.
—Llegó al monasterio después de estar en Woodstock, ¿no?
—Sí, Woodstock fue la fiesta que me hizo el mundo para despedirme (y suelta una risa). Woodstock fue el final de los sesenta, del hipismo. Costó millones.
—¿Y cómo pasó del hipismo al reconocimiento?
—Yo siempre buscó un sentido. Eso lo tengo marcado desde chico: que la vida tenía que tener un sentido. Era un hippie, un pintor, un bohemio, todo eso. Pero eso estaba perdiendo su mítica a mediados de los sesenta ya. Tenía que buscar otra cosa. Y coincidió que entonces India estaba llegando a Estados Unidos, después de que los beatnicks fueran a India. Allen Ginsberg me presentó al gurú Swami Satchidananda. Fue como encontrar lo religioso sin historia. Ya llevaba mucho tiempo interesado en lo espiritual. Bueno, y fui al monasterio y allí aprendí el lenguaje del silencio.
—El silencio tiene mucho peso en su obra. Escribe que el poema es un palimpsesto de silencios.
—Es la idea del silencio como lo sagrado. En otro libro escribí: «El poema, el que anhelo, / al que aspiro, / es el que pueda leerse en voz alta sin que nada se oiga. / Es ese imposible el que comienzo cada vez, / es desde esa quimera / que escribo y borro». Siempre hay ese lugar que no se puede tocar, pero desde el cual irradia algo que tocaste. Pero al tocarlo te escupe (hace una pausa). A mí el silencio lo que me dio fue la escucha. Viví en silencio siete años.
—¿No echaba de menos el ruido?
—Para nada. Echo de menos el silencio. Acá no hay silencio.
—Después fue sacerdote, pero lo dejó.
—Lo déjé, pero por edad.
«Woodstock fue la fiesta que me hizo el mundo para despedirme»
—¿No fue por falta de fe?
—No, no: mi fe siempre fue más amplia que eso. Cuando me preguntan en qué creo siempre digo lo mismo: yo creo en todo. Pero no fue por disentimiento que lo dejé. Aunque siempre tuve muchas cosas con las que no comulgaba. A mí me importaba la gente y no la institución.
—Tiene una biografía de viajero y buscavidas.
—Tiene que ver con el azar, con dejarte llevar. Mi teoría es la de la carambola: te pegas un cosco y eso te lleva para otro lado ya veces embocás. Por ejemplo, cuando yo fui a sacar la visa a Estados Unidos no tenía la mínima posibilidad de que me la dieran. No tenía trabajo, era chico, no tenía nada. Presenté el pasaporte y dos minutos después aparece un tipo y me dice: soy el cónsul de Estados Unidos, tome su visa, espero que mi país lo reciba como usted merece. Y me dice: saluda a tu señor padre. Resulta que el canciller de la Argentina, que duró seis meses nada más, se llamaba Adolfo Mugica. Y mi papá se llamaba Adolfo Mujica. Sin eso mi vida habría sido absolutamente otra.
—Este es un libro de luz y quietud.
—Una vez que descubrí que Dios quiere decir luz me metí ahí. Zaratustra lo primero que descubre es el sol. Y de ahí al primer protón. Somos luz. Es muy impresionante.
—También es un libro de la contemplación.
—Pero no de concentración: al contrario. La concentración es un tema errado en general. Uno necesita distensión, no concentración. Como cuando uno quiere acordarse de una palabra que se le ha olvidado: es cuando se relaja que viene. La gente medita en concentración. Pero hay que abrirse, relajarse (deja un silencio). Algunos poemas llegan solos y se arman, pero la mayoría los trabajo muchísimo. Sobre todo trabajo en cortar, en sacar. Me parece que cuanto menos digo más vibra en quien lo lee.
—Abre el libro con una cita de Claudio Rodríguez.
—Me gusta su celebración de la vida. A mí ya me cansa un poco eso de la queja… La palabra vida es lo que más aparece en toda mi obra. Trato de transmitir la vida como celebración.
—Pero no esquiva el dolor. Uno de sus poemas dice: «Abierta la herida / toda sangre es sangre / hermana».
—Es que el dolor es parte de la celebración de la vida. Para los griegos, el parto era la manifestación de la comprensión de todo, porque se veía que del dolor nacemos. El problema es cuando separamos día de noche, silencio de ruido, luz de sombra. El problema es la división. Y la vida, obviamente, tiene dolor. Si no, no es vida. Igual que sin sombra no se recorta la luz. Te enceguece.
«El dolor es parte de la celebración de la vida. Para los griegos, el parto era la manifestación de la comprensión de todo, porque se veía que del dolor nacemos»
—Le devuelvo otro poema: «Nadie debería decir rosa / si una espina no lo ha / herido, / nunca tendríamos que / mentirnos nombrando / lo que no / sangramos».
—Me dicen mucho que empecé a escribir tarde. Y no: empecé a escribir cuando tenía algo que decir. Para mí la poesía tiene que transmitir la creatividad del que lo hace, pero esa creatividad ha de estar llena de una vida, de una experiencia. Hay una frase de Nietzsche que dice: de todo lo escrito yo amo sólo aquello que alguien escribe con su sangre; Escribe tú con sangre, y te darás cuenta de que la sangre es espíritu. Se puede escribir con sangre o con tinta, y para mí hay que escribir con sangre.
—¿Hay más poetas que poesía?
—Y hay más poemas que poesía. Pero a la vez todo contiene un núcleo de incertidumbre.
— ¿Qué autores tiene en la cabeza últimamente?
—Mis grandes influencias no son literarias. Estuve la semana pasada en Arco y había un Morandi. Le dije a la chica de la galería: no tengo plata ni para el marco, ¿pero cuánto cuesta el Morandi? Y me dijo: tres millones (ríe). Yo tengo un Morandi sobre mi escritorio, una reproducción, porque yo quiero escribir como pintaba Morandi. Y mi gran influencia es la música. Yo no sé escribir sin música. Mi casa no existe sin música.
— ¿Qué tipo de música?
—Clásica sobre todo. El único argumento de la existencia de Dios es la ‘Pasión según San Mateo’ de Bach. Y si Dios no existe, entonces la ‘Pasión según San Mateo’ de Bach es Dios.
—Jon Fosse dice que escribir es como rezar. ¿Coincidir?
—Rezar es muy ambiguo, porque hay muchas formas de rezar. Pero escribir y rezar, en cuanto a su fruto, parece en que son un olvido de uno mismo. Es un salir.
«El único argumento de la existencia de Dios es la ‘Pasión según San Mateo’ de Bach»
—¿Y se parece la soledad del escritor a la del monje que hace voto de silencio?
—La mayor soledad del escritor no es la de estar solo, sino la incomunicación. Cuando escribo, nadie me puede garantizar que no estoy haciendo una pelotudez o una genialidad. Ahí estás solo. No sirve consultar a nadie, porque lo consultaás y si te dice lo que vos pensás le das bola y si no, pues no. Es un simulacro. La soledad del escritor es esa inseguridad absoluta en la cual tenés que jugar. Y esa soledad es más grande que cualquier otra. Es una soledad gozosa, pero dolorosa. Mi otra forma de estar solo es viajar.
—Ah sí?
—Me gusta la soledad de sentirme extranjero. Yo entro en un café lejos de casa y siempre pienso: si yo me caigo muerto acá, nadie sabría más nada. La extranjeridad es un lugar que me fascina. Cuando lejos podrás inaugurar cualquier cosa porque no hay expectativas estás sobre vos. Cuando fui a la India me acuerdo que llegué y dije: voy a dejar de fumar. Y déjé de fumar. Cuando volví a mi casa, tres meses después, lo primero que hice al sentarme en mi escritorio fue estirar la mano buscando una pipa. Y me acuerdo que ya no fumaba.
—Usted ha militado siempre en el asombro.
—Es que el principio de la filosofía es el asombro, el no dar por descontado. Si no das por descontado lo que ya sabes, podrás abrirte a lo que todavía no sabías, por así decirlo. Hay un poema que leí hace poco que terminaba diciendo: porque la muerte es obvia y vivir no. Hay que asombrarse de estar vivo también.
