Las afirmaciones de la licenciada en Museología Amalia Frontini y del traductor de jeroglíficos Víctor Cardoso sobre el supuesto “enigma” del sarcófago atribuido a Hor Wadj, exhibido en el Museo Nacional de Bellas Artesabrió una polémica que encontró una respuesta rápida en el ámbito académico.
Diego M. Santos, coordinador de la licenciatura y el profesorado en Historia y docente del Departamento de Humanidades y Arte de la Universidad Pedagógica Nacional (UNIPE)y Marcelo Campagno, doctor en Historia por la Universidad de Buenos Aires y especialista en Estados primarios y Egiptologíaenvió una carta al museo en la que calificaron la interpretación de Frontini como “completamente incorrecta, antojadiza y desinformada”.
Frontini y Cardoso habían planteado dudas sobre la jerarquía del difunto y deslizado la posibilidad de que se tratea de “un monarca egipcio que perteneció a la predinastía y vivió en el año 3300 aC”.
Hasta ahora, el consenso sostenía que el cuerpo podía corresponder a un soldado, un agricultor o un miembro de sectores medios con recursos suficientes para costear una momificación sencilla y un ataud decorado. El eje de la hipótesis alternativa era la presencia del llamado “portabarba”, atributo que –según sostuvieron– solo podía utilizar los faraones y el dios Osiris. También mencionaban la posición de los brazos cruzados como indicio de realeza.
Sin rigor científico
“La opinión publicada no tiene el menor rigor y desconoce lo que se sabe sobre este tipo de ataques. Muchos de los argumentos están equivocados”, afirma Santos a Clarín. Y precisa: “La mayoría de los ataúdes masculinos de este período tienen barba postiza (‘portabarba’). Se conservan numerosos ejemplos. De ninguna manera eso permite identificar al difunto con un monarca. Lo mismo ocurre con los brazos cruzados.: es la posición más habitual en las momias de este período, algo bien documentado en la bibliografía y confirmado por Múltiples estudios tomográficos”.
Diego M. Santos, coordinador de la licenciatura y el profesorado en Historia y docente del Departamento de Humanidades y Arte de la Universidad Pedagógica Nacional (UNIPE). Foto: redes sociales.En el informe remitido a las autoridades del Museo Nacional de Bellas Artes –en el marco de la muestra Ciencia y fantasía. Egiptofilia y Egiptología en la Argentina– Santos y Campagno describen el ataque como una pieza compuesta por listones de madera, recubierta de resina negra y con decoración amarilla en gran parte perdida. Se trata del llamado “estilo amarillo sobre negro ptolemaico”, característico del tránsito entre el último siglo de gobierno indígena y el primero de dominación ptolemaica.
El retrato osiriano del difunto, con piel roja, el disco solar sobre el pecho y los detalles en blanco y negro en los ojos responden a convenciones iconográficas conocidas. “Todas las características del ataque impiden suponer una fecha previa al siglo IV aC”sostiene Santos. “El registro arqueológico de los primeros reyes y líderes estatales no tiene nada que ver con esto”.
Otro punto clave es la lectura del nombre. “El nombre del difunto, Herwodj –Heruwedjaw en la transcripción convencional–, se escribe de una forma totalmente diferente de la propuesta ‘Hor Wadj’. Son palabras distintas, con grafías distintas. El ‘wadj’ sugirió simplemente no existe en el ataúd”, subraya el investigador del Conicet.
El sarcófago que se exhibe en el Museo de Bellas Artes. Foto: Emmanuel Fernández.Agrega que los supuestos reyes con los que se lo comparó “ni siquiera existen como tales”: “Los nombres propuestos son lecturas recortadas de fuentes muy posteriores.sin explicación filológica”.
En el documento firmado junto a Campagno –quien dicta la materia que tuvo Abraham Rosenwasser en la Facultad de Filosofía y Letras– también refutan la idea de que el portabarba sea exclusivo de faraones. “De ninguna manera es una característica exclusiva de ataques reales en este período”.
Respecto de los brazos cruzados, remarcan que existen momias reales con otras posiciones –como la de Amenhotep I– y que, en el período tardío, la postura cruzada sobre el pecho es frecuente. “El difunto es identificado con Osiris y Osiris es representado como monarca. Esa iconografía no convierte al individuo en rey”, aclaran.
El ataúd de Herwodj, conservado en el Museo de La Plata, fue adquirido en Egipto por Dardo Rocha en 1888. Según Santos, Rocha –junto a Francisco P. Moreno– consideró que el museo debía contar con material arqueológico egipcio. Compró dos momias con sus ataúdes y otras piezas.
El segundo ataúd, el de Tadimentet, también expuesto en el Museo de La Plata, fue datado mediante carbono 14 en 2007 en el Laboratorio de Tritio y Radiocarbono del museo. El resultado arrojó una fecha calibrada en 379 aC, coherente con la cronología estilística.
“Ataúdes con estas características fueron descubiertos en tumbas colectivas asociadas a élites subalternas locales. Es posible que ambos procedan de un mismo sitio, quizás en las necrópolis cercanas a Menfis.aunque Rocha no registró la procedencia”, explica Santos.
Egiptomanía del siglo XIX
La antropóloga e historiadora de la ciencia Irina Podgorny aporta contexto sobre la llegada de estas piezas al país. Recuerda que la egiptomanía del siglo XIX, reavivada tras la expedición napoleónica, impulsó un intenso tráfico de momias y antigüedades.
“Dardo Rocha, como sus biografías relatan, fue un viajero y un coleccionista. De más está decir que poseía los recursos necesarios para hacerlo y, gracias a ellos, adquirir los objetos de las modas de su época. Modas que, como hoy, lejos de ser locales, se rigen por lógicas que trascienden las fronteras. y la voluntad de quien, sin saber muy bien por qué, acumula porcelana china, antigüedades o momias supuestamente egipcias”.
En el caso de estas últimas –explica– se trata de un interés reavivado por la expedición napoleónica de 1798-1801, una obsesión que fue creciendo a lo largo del siglo XIX y desencadenó “un tráfico que, en el valle del Nilo, generó nuevas profesiones –saqueador, falsificador, comerciante o productor de cadáveres– y llevó a las momias a usos y geografías que les eran ajenas. Muchas fueron pulverizadas para emplearlas como fertilizante o como fuente de supuestos remedios de raigambre ancestral. Otros se exhibían en espacios públicos y privados y se desenrollaban para escrutar su interior, como acto social, científico y/o comercial”.
“El Museo Público de Buenos Aires, que se alimentaba de donaciones, recibiría algunos objetos egipcios. Muchas donaciones remiten a las rutas de viaje y al comercio internacional de la época –resume Podgorny, ganadora del Premio Bernardo Houssay–. El doctor José María Uriarte, futuro director del Asilo de Alienados, se preocupó por testimoniar un itinerario con recuerdos materiales –y minerales– de Tenerife, el Vesubio, Pompeya e Itálica, emulando el Grand Tour dieciochesco”.
Podgorny agrega: “Las historias de los museos muchas veces dejan de lado este aspecto contingente en la formación de sus colecciones, que en parte explica la llegada de objetos que ni el donante ni el receptor comprenden del todoya que proceden de una red social, local e internacional, de intercambio y compra-venta de piezas de historia natural, rarezas, monetarios y ‘reliquias’ históricas determinadas por el mercado”.
‘Una estatua ejipcíaca’
La investigadora ilustra ese movimiento con un ejemplo: “El Museo de Buenos Aires recibiría ‘una estatua ejipcíaca’ donada en 1843 por Tomás Gowland (1803-1883), comerciante inglés que había llegado a Buenos Aires en 1812 y que, a fines de la década de 1820, se asoció con George Washington Slacum, cónsul de los Estados Unidos. Como cuenta Maxine Hanon, era el dueño de la famosa ‘Casa del Martillo’, una firma de subastas que perduró hasta 1870.
La antropóloga e historiadora de la ciencia Irina Podgorny Foto: gentileza.Gowland fue el rematador obligado de los británicos de Buenos Aires: ricos y pobres, diplomáticos, reverendos, hoteleros o comerciantes le confiaban la venta de sus muebles cuando decidieron mudarse o abandonar la ciudad. De notaria actuación pública, fue diputado de la provincia. Quizás la estatua egipcia procediera de uno de esos remates, de un regalo o de un viaje.. Como sea, hoy la invocamos como uno de esos fragmentos de la egiptomanía que llegaba al Río de la Plata”.
Frente a la polémica, Santos insiste en la necesidad de rigor. “La única forma de abordar estos ataques es estudiarlos en contexto: compararlos con otros ejemplares similares, con cementerios excavados en los siglos XX y XXI y con el material papirológico y epigráfico disponible. Conocemos mucho sobre Herwodj y Tadimentet, y seguramente conoceremos más en el futuro”.
Mientras tanto, la muestra del Museo Nacional de Bellas Artes confirma que el antiguo Egipto sigue despertando fascinación. En cuatro meses recibió cerca de 200.000 visitantes. “Cada generación ha tenido su propio ‘antiguo Egipto’. Las razones cambian, pero el interés persiste. Argentina no es la excepción”, concluye Santos.
