De la memoria personal se puede hacer una crónica generacional. De ello da buena muestra Daniel Vázquez Sallés (Barcelona, 1966) con su nuevo libro Los felices ochenta (Folch&Folch), donde ofrece una visión de aquellos años desde su mirada de baby boomer nepo, como él mismo se define. lo de boomer es por la generación en la que nació y lo de nepo bebe es por ser hijo de famosísimos como lo fueron su padre, el escritor Manuel Vázquez Montalbán, del que reconoce que le costó “bastante tiempo” salir de su sombra, y la historiadora Anna Sallés.
Más de uno podría decir que, con una obra como esta, el autor vive preso de los recuerdos, pero él mismo lo desmiente durante una conversación con La Vanguardia en la librería +Bernat, donde acude a menudo para deleitarse tanto con sus libros como con sus menús. “Lo que quería era desmitificar el período porque estaba cansado de que todo el mundo la idealice. Tuvo momentos álgidos, por supuesto, pero otros que fueron un desastre”.
Con la muerte de Franco, España deja de ser un país casposo para convertirse en un paleto cosmopolita”
Vázquez Sallés es consciente de que los ochenta se han contado de mil y una formas distintas. Pero, su intención –asegura – era hacerlo “distinto”, es decir, “no desde la nostalgia, o no exclusivamente, sino desde la voz de alguien que ha pasado por ciertas vicios y horrores en la vida”, como la adicción al alcohol, de la que ha logrado deshacerse, y la pérdida de un hijo. Esta cruda perspectiva le permite revisitar el pasado con una mirada despiadada y sin concesiones y con la que invita al lector al asiento de copiloto, siempre y cuando esté dispuesto a “contemplar el pasado sin armaduras”.
Sus páginas empiezan con la muerte de Franco, un instante del que se acuerda a la perfección. “A las cinco de la madrugada, mi madre se acercó a mi cama y me despertó para decirme, en voz baja, casi como un susurro delictivo, que Franco había muerto. Mi padre escuchaba la última parte con la emoción contenida”. Para el autor, empezar por este capítulo tenía “todo el sentido del mundo”, pues “no se entienden los ochenta sin esa muerte. Es a partir de aquí que España deja de ser un país casposo, pero tarda en mejorar ese estatus, pues el siguiente paso fue ser un paleto cosmopolita, o un intento de ello”.
Con la muerte de Lennon comenzó el fin de la inocencia”
La década –prosigue Vázquez Sallés – “empezó movida con una muerte violenta”. No se refiere a la del dictador, que murió plácidamente años antes, sino a la del Beatle John Lennon, que cayó ante todos tras los disparos de David Chapman. “Fue una metáfora, una especie de premonición de lo que estaba por llegar. Empezaba el fin de la inocencia”.
Por supuesto, sus aproximaciones también son culturales y, a veces –reconoce – “controvertidas o que invitan al debate”. Relativiza, por ejemplo, el peso de la Movida Madrileña y “la necesidad de la capital de buscar su lugar” y critica a referentes de la burguesía catalana, “con jóvenes que se declaraban de izquierdas porque tocaba pero a los que más tarde se les vio el plumero”.
No falta pues tampoco su visión política, pues fue el momento de Felipe González al que “los años no le han sentado bien”. Recuerda también la decepción del Partido Comunista cuando quedó sólo con cuatro diputados y la victoria del PSOE en el 82, que vivió en la casa del cantautor Raimon. Eso sí, considera que existe una asignatura pendiente, la de llevar a juicio a los franquistas. “Los argentinos fueron más firmes en este sentido, siento cierta envidia. Lo nuestro se centró en el pactismo y con ello se arrastraron muchas cosas”. Pero no percibió muchas de las carencias hasta que, con dieciocho, se instaló en Londres, “un país con siglos de democracia”.
