La casa de Amparo Llanos (Madrid, 1965) es una biblioteca enorme. Un templo a la literatura situado en pleno centro de Madrid, junto a la Puerta de Alcalá. No hay una pared sin libros, y muchos otros están desperdigados por las mesas del salón. … o en el pequeño escritorio del siglo XVIII en el que ha traducido, a mano, las cartas de Jane Austen que publica la editorial Renacimiento con motivo del 250 aniversario de su nacimiento. «No sé cuántos tengo, la verdad. Muchos. Alguna vez empezó a contarlos, pero me pierdo y se me olvida», reconoce la cofundadora de la banda Dover, junto a su hermana Cristina, allá por 1992.
Hay casi cuatro estantes dedicados a la autora británica, que ella sitúa en el podio de los escritores más importantes de la historia: «Para mí, los tres genios de la literatura universal son Shakespeare, Cervantes y ella. Sin ninguna duda. No en ese orden, porque no hay primer y segundo puesto. Son una trinidad, a pesar de que Austen haya sido tratado con indiferencia durante casi dos siglos por una sociedad patriarcal que no soportaba que hubiera una mujer entre estos dos autores», asegura Llanos.
En la mesa donde posa para el fotógrafo de ABC vemos la edición original de ‘Cartas a una joven dama’, publicada por Jane West en 1806. Muy cerca, una columna entera dedicada a Virginia Wolf y otras estanterías –«organizadas en mi cabeza»– con cientos de obras de filosofía, psicología, historia, música y crítica literaria. «Aquí está mi biblioteca feminista», anuncia orgullosa. La habitación parece un antiguo vestidor, pero ella la tiene invadida por cientos de libros llenos de pósits y acompañados de retratos de Isadora Duncan, Charlotte Brontë, Simone de Beauvoir, Marguerite Duras, Claude Cahun, Emilia Pardo Bazán, la pintora italiana del siglo XVI Lavinia Fontana y hasta la actriz Kirsten Dunst.
Arrinconada en una esquina, una televisión minúscula que no ha encendido en quince años, asegura, y de la que quiere deshacerse para poner otra estantería con libros. Quizás los ejemplares de ‘Afectuosamente tuya, Jane Austen’ que tiene apilados en una silla junto a la entrada. Lo comenta entre risas, como si le diera pudor. Tampoco hay rastro de guitarras ni discos: «Tengo muchísimos, pero en bolsas guardadas en el armario. No tengo paredes para todo». Ni siquiera se ven los de su banda, la única de la escena independiente española que, a mediados de los 90, impulsada por el tsunami de Nirvana, consiguió éxito comercial con más de dos millones de discos vendidos y giras por toda Europa y América.
—¿Qué fue lo primero que leyó de Jane Austen?
—’Sentido y sensibilidad’ (1811) cuando tenía 32 o 33 años. Mis padres no eran de literatura anglosajona, más bien de española, francesa, rusa, estadounidense o alemana. Pero luego leí sus novelas de un tirón y las he releído mil veces. Recuerdo pensar que no le sobraba ni faltaba una frase, era increíble. Me parecía todo perfecto. Lo que me fascinaba de ella era que sabía describir la condición humana como nadie. Sus personajes eran de verdad, estaban llenos de vida.
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Edición y traducción:
Amparo Llanos -
Editorial:
Renacimiento -
Páginas:
224 -
Precio:
17€
—Pues estuvo denostada hasta hace no mucho, como si fuera literatura cursi, romántica…
—Es increíble que calara esa mentira. Y sigue pasando. Desde que salió ‘Afectuosamente tuya, Jane Austen’algunos hombres me han dicho que le han comprado el libro a su mujer, como si fuera literatura de tercera solo para mujeres. ¿Para mujeres? ¡Es literatura universal! Un crítico inglés de principios del siglo XX establecía el nivel de inteligencia de una persona preguntándole si le gustaba Jane Austen o no. Yo lo hago continuamente, pero con Jane Austen y los Beatles (risas). Si alguien me dice que los Beatles son malísimos… ¡Uf! Este no, no, no. Sé que es un poco ‘snob’, pero no lo puedo evitar.
—De ahí que la ponga a la altura de Cervantes y Shakespeare.
—Sí, lo tengo clarísimo. Cuando leo ‘Don Quijote’ y las tragedias de Shakespeare, siento lo mismo que con Austen. Son los tres escritores más perfectos a la hora de dibujar con palabras la condición humana. Sus personajes son únicos y, a la vez, se conectan con todo eso que nos hace humanos, lo que tenemos en común. Eso es muy difícil de conseguir para mí y creo que ellos tres son los que mejor lo hacen.
— ¿Cuál es su novela favorita de Austen?
—’Emma’, quizás porque es el más largo y acumula más frases geniales. Cualquiera de sus novelas te hace más inteligente, porque dice cosas inteligentes todo el rato. Con ‘Emma’ esa sensación es continua, pero no hay una novela que no me guste. ‘Mansfield Park’ me encanta y ‘Orgullo y prejuicio’ es «corta y chispeante», como ella decía. Los mundos que crean son deliciosos, pero ‘Emma’ nunca quiero que se acabe, quiero quedarme a vivir para siempre en Hartfield, el pueblo de la protagonista.
— ¿Le costó mucho esta primera experiencia como traductora?
—Sudé tinta china, pero lo disfruté. De hecho, cuando llevaba traducidas la mitad de las cartas, volvió a traducirlas con lo que había aprendido. En realidad, así es como empecé en Dover. Cuando se me ocurrió un riff de guitarra, pensé: «Esto me encanta, pero lo toco mal». Entonces empezaba a machacarme para aprenderlo, me pegaba unas palizas de cuidado, ya la hora de grabar el disco, lo llevaba perfecto al estudio. Pues con Austen, igual, he puesto toda mi energía, incluso leyendo un montón de ensayos sobre traducción.
—Cuando se formó Dover, ¿soñaba con ganarse la vida con la música o la literatura era su prioridad?
—Cris y yo no soñábamos con vivir de la música, solo con hacer canciones. Grabar un disco nos parecía la bomba. Además, si cantabas en inglés como nosotras, era impensable ganarse la vida con ello.
—Viendo esta cantidad de libros, parece que soñaba con publicar una novela y no un álbum.
—Tampoco estaba en mi cabeza, la verdad. Sería incapaz de escribir una novela, lo tengo claro. He leído a los más grandes, empezando por Jane Austen, que para mí forma parte de esa trinidad de autores universales, y no tengo el talento necesario. Sin embargo, como siempre me gustó la literatura animada, me he a traducir, porque el trabajo importante lo hizo ella. No es que sea fácil, pero solo necesito un buen manejo del lenguaje y respeto por quien traduce, no talento. Por eso me atreví.
—Como lectora voraz, quizás se pone el listón muy alto para escribir ficción…
—No tengo madera de novelista, de verdad. Tampoco de poeta, a pesar de haber escrito letras de canciones. Eso no tiene nada que ver con la poesía, es algo completamente distinto que tiene mucho más que ver con la música. No sé si cuando me haga más mayor consideraré que tengo algo que decir, por ejemplo, en un ensayo.
—Su hermana, Cristina, también es una gran lectora. ¿Quién les inculcó esa pasión?
—De niña, mi rutina diaria era jugar un rato, hacer los deberes, ducharnos, cenar y leer. No fallaba un día. Mi madre siempre se preocupó de comprarnos buenos libros. En la adolescencia, empecé a leer religiosamente todo lo que ella leía. Me decía: «¿Por qué pruebas con ‘La familia de León Roch’ (1878), de Benito Pérez Galdós? Creo que ‘La madre naturaleza’ (1887), de Emilia Pardo Bazán, te va a gustar». Y de ahí a Mercè Rodoreda, Flaubert, Dostoievski… La quería mucho, confiaba en su criterio y lo leía todo con devoción. Nos encantaba esa relación tan íntima que teníamos a través de la literatura. Cris, que es la pequeña de cinco hermanos y yo la mayor, nos llevamos diez años, siempre dice que fui yo quién le contagió esa pasión cuando empezamos a pasar tanto tiempo juntas en las giras de Dover.
—Si no me equivoco, Cristina está escribiendo ahora.
-Si. Ha escrito una especie de diario, no te puedo contar más. Estás buscando editorial.
—¿No echa de menos Dover?
—Cris y yo pensamos que ya dijimos todo lo que teníamos que decir, por eso no nos volvimos a juntar. Miramos hacia adelante y Dover ya no está allí. Siento orgullo de no volver por dinero, porque nos lo han ofrecido muchas veces. Cuando empezamos a hacer conciertos en el Bernabéu, nos ofrecieron un pastón para que actuáramos en 2027, en el 30 aniversario de ‘El diablo vino a mí’ (Subterfugio, 1997), pero ni lo contemplamos. Cris soltó un: «¡Ooooh, qué majos!» (pone voz dulce y sincera), pero ni preguntó la cantidad. Les dije que daba igual el dinero que pusieran encima de la mesa, no iba a pasar. Hace dos años, igual, otro dineral. Aunque nos acusaron de vendidas, jamás nos movieron el dinero. Eso sí, el que nos correspondía, lo queríamos, aunque no fuera lo que nos movía a componer y dar conciertos.
— ¿Tanto ganaron como para estar tranquilas una década después de la disolución?
—Sí, nos ganamos muy bien la vida. Tuvimos una suerte increíble, porque pudimos exigir buenos contratos y trabajamos mucho en España y en el extranjero, algo que no le pasó a todos los grupos. Y eso que con las características de Dover, siendo mujeres y cantando en inglés, parecía impensable poder vivir de la música, pero lo conseguimos.
