Ese montón de espejos rotos es, según la propia calificación de Gonzalo Celorio (México, 1948), un amplio volumen de “páginas memoriosas”. El paratexto que lo abre, idéntico al que precedió a Mentidero de la memoria (2022), está tomado del poema Cambridge (Elogio de la sombra, 1969) de Jorge Luis Borges: “Somos nuestra memoria, / somos ese quimérico museo de formas inconstantes, / ese montón de espejos rotos”. Y, en efecto, el libro, en el que convergen y se taracean préstamos explícitos de la novela. tres lindas cubanas y los ensayos de literatura hispanoamericana que Celorio Agavilló en Cañones subversivos relata las memorias del actual director de la Academia Mexicana de la Lengua y Premio Cervantes 2025. Aunque Celorio se confiesa una y otra vez como un docente vocacional, las páginas del presente libro abarcan mucho más que sus experiencias como profesor de literatura, que incluso se manifiestan escasamente.
Con un tono de notable elegancia nos habla de sus numerosas tareas de gestión universitaria —siempre la UNAM— y cultural, de historia literaria, de sus aprendizajes, sus maestros, sus amigos y sus compañeros, sus trabajos y sus ideas (un no parar) y del homenaje a algunos escritores: Alfonso Reyes, Julio Cortázar, García Márquez (al que había dedicado un memorable epígrafe en Mentidero de la memoria ) y de modo especial, Carlos Fuentes.
La escritura de Ese montón de espejos rotos nace en 2020, momento en el que escribió el ensayo El invierno tan temidoque abre estas memorias, y se cierra en 2023, cuando Celorio cuenta setenta y cinco años. Se le había diagnosticado un cáncer, cuyo carcinoma le fue extirpado, dejándole con una voz que se agotaba fácilmente, de ahí el libro de memorias, que “intenta decir por escrito lo que mi precaria voz ha tenido que callar”, lo que le hace imposible no recordar el Poema de los dones de Borges, escrito cuando este acababa de perder de modo total e irreversible la vista, al tiempo que era nombrado director de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires.
/ A causa de un cáncer se le extirpó un carcinoma, lo que le dejó la voz debilitada; por eso el libro “intenta decir por escrito lo que mi voz ha tenido que llamar”
De modo general, la cronología se respeta, aunque las calas que ofrecen algunos relatos secundarios son de notable interés para perfilar la personalidad de Celorio. Los años iniciales de formación hasta ser admitido en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, que le abre el mundo, las amistades femeninas y la diversidad, tienen como motivo conductor el inocente noviazgo con Yolanda Morayta, hija de “un odontólogo preminente, que procedía del exilio español republicano”. Con Yolanda contrajo matrimonio cuando era estudiante de tercero en la UNAM, y se separó en octubre del setenta y seis, tras siete años de vida conyugal: “Yo me divorcié de Yolanda muchos años después de que nos separamos”. El relato de estos años contiene datos relevantes con respecto a sus aprendizajes. Así, puede escribir que su maestro fue el exilio republicano español, enfatizando la figura de Adolfo Sánchez Vázquez, su ferviente lectura de Alfonso Reyes y su obsesión por Primavera temprana de la literatura europea de Dámaso Alonso, a quien conoció posteriormente en 1979. También tienen relieve sus recuerdos de Juan José Arreola (“A Arreola le debo la certidumbre de mi vocación literaria”), de las clases de Sergio Fernández alrededor de La Regenta o la lectura cómplice de Cien años de soledad, Rayuela y El reino de este mundo.
La madurez le alcanza como vecino del barrio de Mixcoac (su rememoración contiene alguna de las páginas más atractivas del libro), donde fue convirtiendo su casa en una biblioteca, a la par que, con cuarenta años, pasa a coordinar el órgano de Difusión cultural de la UNAM (nueve años, 1989-98), fecundo prólogo de su elección como Director de la Facultad de Filosofía y Letras, etapa breve (1898-2000), que conoce la ocupación de sus instalaciones por el movimiento estudiantil: “Conservo en la memoria un montón de espejos rotos de aquellos años en que fui director de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM”, afirmación que deja al lector cierta insatisfacción, porque la cuestión es compleja y sus antecedentes probablemente deben buscarse en octubre de 1968 y la represión de la plaza de las Tres Culturas, mencionada con el solo sintagma “de infausta memoria”. Después vendría el cargo de director general del Fondo de Cultura Económica (2000-02), su incorporación a la Cátedra Alfonso Reyes del Instituto Tecnológico de Monterrey, que presidía Carlos Fuentes y se dirigía Silvia Garza, con la que contrajo matrimonio en junio de 2016, para poco después ser elegido director de la Academia Mexicana de la Lengua. Un currículum áureo.
De los numerosos relatos secundarios, es magnífica la recapitulación sobre su lectura de Corazón, diario de un niño: “sólo he llorado sobre las páginas de Corazón, cuando cursaba cuarto de primaria”. Desde mi subjetividad siento una emoción encendida, pues también lloré en mi infancia leyendo “la tristísima historia del niño que emprende un largo y penoso viaje de los Apeninos a los Andes para encontrarse con su madre agonizante”, según el atinado resumen de Gonzalo Celorio, en un libro de muy alta significación personal y documental.
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Gonzalo Celorio. Ese montón de espejos rotos. Tusquets. 504 páginas. 22,70€.
(La editorial recupera en febrero dos títulos del autor: ‘Amor propio’ y ‘Y retiemble en sus centros la tierra’)
