A Han Kang (Gwangju, Corea del Sur, 1970) se le intuye la sensibilidad en los gestos: no es raro que ella diga que escribe con todo el cuerpo, con todos los sentidos. Hace año y medio recibió el Nobel de Literatura: lo celebró con un … té. Entonces en España se la conoció sobre todo por ‘La vegetariana’, la historia de una mujer con vocación de planta, y en menor medida por ‘La clase de griego’, donde una mujer (otra) enmudecía y buscaba la sanación en la lengua de Homero. Con el paso de los meses han ido llegando nuevas traducciones de su obra: ‘Actos humanos’, ‘Imposible decir adiós’ y, ahora, ‘Tinta y sangre’ (Random House, como el resto), una novela de 2011 en la que la protagonista se niega a aceptar la versión oficial de la muerte de su mejor amiga (un suicidio).
Esta novela empieza con un sueño, algo que no es extraño en su literatura.
Bueno, es que yo sueño mucho (sonríe). A veces, los sueños son tan vívidos que siento que me están transmitiendo algo profundamente importante, una suerte de mensaje. Por ejemplo, el sueño que aparece en las dos primeras páginas de ‘Imposible decir adiós’ fue uno que tuve yo, y eso fue lo que me llevó a escribir esa novela. En ‘Tinta y sangre’ hay otro sueño real, al final de la novela. El tío de la protagonista sueña que está muerto y piensa: qué bien se está así. Pero entonces camina por la orilla del agua, ve una hermosa piedra azul y se da cuenta de que para recogerla tendría que volver a la vida. En esa tensión se define el personaje. Bueno, pues ese también sueño es mío. Lo tuve durante una época difícil… Recuerdo que al despertarme por la mañana sentí que ahí había algo importante (hace una pausa). De aquel sueño salió un poema y después dos relatos cortos. Y esta novela.
¿Hay una verdad que solo asoma por la noche?
Los sueños son historias que inventamos, pero que vienen de un lugar más profundo, tal vez de una versión más sabia de nosotros mismos, una versión que permanece oculta por el día. Es como que esa parte se aparece por las noches y me habla: eso son los sueños.
Entonces para escribir basta con echarse a dormir.
Qué maravilloso sería eso (sonríe). Ojalá funcionará tan sencillamente. Para escribir una novela hay que superponer una inmensa cantidad de capas de significado: ahí están los sueños, pero también la vida, las preguntas que me obsesionan en ese momento, las lecturas. Y entonces, moviendo y mezclando tantas cosas, llega un momento en el que pienso: ah, esto puede ser una novela. Si alguien pudiera simplemente lanzarmela en un sueño… Qué fácil sería. Pero eso sí puede suceder con la poesía. Recuerdo que una vez soñé con una librería. Estaba curioseando y abría una antología de poesía, y ahí leía un poema precioso, pero no sabía de quién era. Me desperté sobresaltada y corrí a escribirlo: era mío. De mi sueño.
Lo primero que escribió fue un poema, cuando tenía 9 años. Decía así: «¿Dónde está el amor? / Está dentro de mi pecho que tarde, tarde. // ¿Qué es el amor? / Es el hilo dorado que conecta nuestros corazones». ¿Hasta qué punto le han marcado sus inicios en la poesía como novelista?
Solo publicó un libro de poesía, pero incluso cuando escribo novelas me invade una cierta actitud poética. Hay escenas que escribo con ese aliento, y creo que esos momentos son los que más fuerza tienen, de alguna manera.
Hay algo muy sensorial en su prosa, un esfuerzo por conectar el dolor o el frío o el deseo del personaje con el lector. ¿Cuál es su técnica?
Yo escribo con todo el cuerpo, con todos los sentidos, porque creo que eso es fundamental. Cuando me siento en mi escritorio empiezo a recordar, a ver, a oír, a tocar. Sobre todo a tocar: siento el frío o el calor del que quiero escribir, siento el dolor, los sabores, los olores. E intento infundir todos estos sentidos en la frase, en la palabra, haciendo que fluyan como una corriente eléctrica. No sé cómo ocurre, pero cuando hago ese esfuerzo por sentirlo todo parece que algo de eso se filtra en el lenguaje. Y entonces el lector a veces siente esas sensaciones. No sé cómo sucede, pero sucede: esos momentos me parecen pequeños milagros.
«Los sueños son historias que inventamos, pero que vienen de un lugar más profundo, tal vez de una versión más sabia de nosotros mismos»
La enfermedad es una constante en su obra: pienso en la protagonista de ‘La clase de griego’, que enmudece de pronto, o en el personaje hemofílico de ‘Tinta y sangre’.
La enfermedad me interesa mucho. Durante mi posgrado estudié historia de la medicina, me interesaba mucho. Y había un médico que me hablaba de las diversas dificultades que surgían en el servicio de Urgencias. Él me contó que cuando un paciente no puede respirar y se le conecta a un respirador, eso funciona siempre y cuando él está inconsciente: la máquina le suministra aire, el paciente lo recibe y, a continuación, la máquina vuelve a extraer el aire, expulsándolo. Así es como se mantiene la vida. Pero si el paciente recupera la conciencia, las respiraciones que la máquina da chocan con las del paciente, es como si lucharan entre sí, y esto puede incluso poner en peligro su vida. Esa fue una de las imágenes fundamentales para esta novela.
Hace un año y medio que recibió la llamada de la Academia sueca. ¿Qué le ha dado y qué le ha quitado el Nobel?
Bueno, lo que me ha dado es evidente: me ha permitido tener más lectores, que me traduzcan más, que conozcan mi obra en muchos lugares. Eso es lo más gratificante, y estoy profundamente agradecida. Lo que he perdido, supongo, es mi anonimato en Corea.
¿En qué sentido?
Bueno, ahora soy más cautelosa cuando salgo a caminar. Lo hago muy temprano o por la noche, y en esos momentos no suele pasar nada. Ahora caminar en el extranjero me hace increíblemente feliz: siento la libertad de volver al anonimato.
¿Es importante caminar para escribir?
Antes que nada es un placer, de hecho diría que es el mayor placer de mi vida. Me encanta caminar, observar a la gente. Y bueno, cuando me bloqueo escribiendo salgo a dar un paseo para pensar mejor.
A medida que hemos ido conociendo su obra en España hemos visto una suerte de viaje de los traumas individuales a los colectivos: de la protagonista de ‘La vegetariana’, que decidió dejar de comer para salvarse, a ‘Actos humanos’, donde relata la matanza de Gwangju (200.000 personas fueron asesinadas por el poder político), que también está presente en ‘Imposible decir adiós’.
Escribí ‘La vegetariana’, luego ‘Tinta y sangre’ y después vino ‘La clase de griego’. En las dos primeras la pregunta que tarde en el fondo es si debemos vivir, y en la segunda la respuesta es que sí, que hay que abrazar la vida con todas nuestras fuerzas. ‘La clase de griego’ se pregunta por cómo podemos encontrarnos los unos a los otros, cómo podemos abrir las partes más cálidas de nuestro interior y compartir ese calor. Pero después de eso… Sentí que tenía que investigar lo que sucedió en Gwangju para seguir adelante. Por eso escribí ‘Actos humanos’. Y después vino ‘Imposible decir adiós’, donde la protagonista sueña recurrentemente con un futuro lleno de tumbas y lápidas. Es paradójico, pero en última instancia esta es una búsqueda de la luz.
¿En qué sentido?
Siento como si estuviera acercándome cada vez más a la luz con cada novela. Pero como sigo viva este proceso aún no ha concluido. Es un viaje sin descanso hacia la luz.
Eso me recuerda a Dostoievski: la belleza salvará al mundo. ¿Puede salvarnos a nosotros al menos?
En momentos como este que vivimos siento que la literatura y el arte son más necesarios que nunca. Después de todo, la literatura se basa principalmente en la imaginación sostenida. Se trata de imaginar el sufrimiento ajeno, y no solo imaginarlo, sino sentirlo vívidamente. Y cuanto más vívidamente lo sientes, más doloroso es, pero ese es el camino. Es así como se obtiene la fuerza para situarse en el lado opuesto a la violencia del mundo. Si la literatura nos sigue haciendo sentir las cosas vívidamente, ¿no es por eso por lo que la necesitamos más que nunca? No sé si la belleza nos salvará o no, pero sí puedo decir que la intensidad que nos da la literatura, el poder de sentir el sufrimiento ajeno, eso, creo, puede salvarnos. Es solo una posibilidad, pero es buena.
«Si la literatura nos sigue haciendo sentir las cosas vívidamente, ¿no es por eso por lo que la necesitamos más que nunca?»
De su literatura han dicho que es espiritual, pero no religiosa. ¿Se ve reflejada ahí?
Sí… Cuando escribí este ‘Tinta y sangre’ estaba muy obsesionada con la astrofísica. Estuve más de cuatro años trabajando en esta novela, y durante el proceso leer libros de astrofísica se convirtió en una pasión. Empecé a pensar: cuando sea mucho mayor, cuando realmente no me quede nada por hacer y no tenga fuerzas para escribir, me sentiré perfectamente satisfecho leyendo libros de astrofísica durante el resto de mi vida. Para mí hay algo religioso ahí… Ya sea la religión o la astrofísica, el hilo conductor es la pregunta por el origen: es por eso que existe el sentimiento religioso. Y creo que sería bueno seguir aferrándonos a ese sentimiento, aunque vivamos nuestras vidas terrenales.
Por cierto, hace años que la cultura coreana se ha colado en la conversación global. Sucede con el cine, la música y la literatura. ¿Cómo vive este momento dorado?
Es absolutamente maravilloso. Los coreanos viven la cultura con una pasión tremenda, y eso ha logrado que la música, la literatura, el cine y otras formas artísticas estén llegando a públicos de todo el mundo. Es realmente espléndido, me alegra mucho (deja un silencio). Cuando fui a España hace dos años, me di cuenta durante la sesión de firma de libros de que los lectores me saludaban. Me saludaban y pensé: oh, la cultura coreana se ha hecho bastante conocida.
En su discurso del Nobel dijo que cuando escribe vive dentro de las preguntas de la novela con la que está. ¿En qué pregunta estás viviendo ahora?
Estoy escribiendo una novela, sí, pero sólo sabré cuál es la pregunta cuando termine el libro. Ahora se me ocurre una respuesta, pero sería inexacta. Solo podré contestar a esto bien cuando tenga el libro terminado.
En aquel discurso también contaba que cuando termina una novela ya no es la misma persona que cuando la empezó.
Sí, eso es muy cierto. Llevo más de treinta años escribiendo novelas, me envejeció considerablemente, y si me comparo a cuando empecé siento que me he convertido en una persona mucho mejor. Siento que la escritura me ha convertido en un ser mejor. Cada vez que trabajo en una novela, de alguna manera la escritura me transforma, y no es extraño. El libro que menos tiempo he tardado en escribirme tomó un año y medio, y el que más, ‘Imposible decir adiós’, siete años. Ese tiempo dedicado a pensar constantemente en un libro ya convivir con él te cambia mucho. Es un viaje tan largo que el punto de partida y el destino acaban siendo inevitablemente diferentes. Y, afortunadamente, siento que el cambio es a mejor: estoy agradecida por ello.
¿Y qué no ha cambiado en todos estos años?
Cuando eres joven, no te sumerges realmente en un escritor en particular: simplemente hojeas la estantería y coges un libro, luego otro… En ese momento todas las épocas están mezcladas: las epopeyas griegas antiguas de hace millas de años con una novela coreana reciente. En medio de este desorden surgió para mí una imagen de lo que es un escritor que no ha cambiado desde entonces: alguien que se esfuerza, que agoniza, que vuelve a luchar, que sigue pese a todo intentando escribir, buscando la salvación a través de la literatura. Sí, escritor es aquel que busca la salvación en la escritura.
