Hubo un tiempo en que las mañanas de radio y las noches de televisión servían para enterarse de lo que pasaba. Hoy sirven para escuchar opiniones sobre lo que supuestamente pasa. La España de las mil tertulias no se entiende sin los tertulianos, ese animal … mitológico. Están ahí cuando desayunamos, nos acompañan en el trayecto al trabajo y nos desvelan antes de dormir. Nos asaltan a todas horas. Son especialistas de la frase rotunda que han reducido la noticia a mera gasolina para alimentar sus opiniones. ¿Cómo hemos llegado a esta situación?
antonio villarreal (Córdoba, 1981) ha pasado un año haciendo lo que nadie en su sano juicio querría: escuchar tertulias sin descanso y perseguir a sus protagonistas para entender cómo trabajan. El resultado es ‘Tertulianos. Un viaje a la industria de la opinión en España’ (Península), una radiografía de un oficio que muchos querrían no admitir. Prefieren que los llamen analistas, comentaristas, expertos… «Ningún niño quiere ser tertuliano», escribe Villarreal. Nadie sueña con sentarse a una mesa a opinar rodeado de otros contertulios.
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Autor
antonio villarreal -
Editorial
Península, 2026 -
Número de páginas
248 -
Precio
19,90€ -
libro electrónico
9,49€
Y, sin embargo, ahí están. Cientos de ellos. En lo que el propio autor define como un «ejercicio demencial», una semana se puso a contar cuántos tertulianos aparecieron en las principales cadenas de radio y televisión: le salieron 314 voces distintas. ¿Qué es exactamente un tertuliano? No es del todo un periodista –aunque muchos lo sean–, ni un experto –aunque de todos tengan opinión–, ni un político –aunque les fascine orbitar a su alrededor–. Es un poco de todo eso. Alguien capaz de hablar de casi cualquier asunto durante cinco minutos con seguridad, tono convincente y frases redondas. «Ser tertuliano», resume Villarreal, «significa no tener que decir nunca lo siento, o me equivoqué».
Villarreal describe en su libro el trabajo invisible del tertuliano, lo que el espectador nunca percibe. Mientras el presentador entrevista a otro invitado o entra la publicidad, los contertulios se inclinan sobre el móvil, buscan datos a toda velocidad, se envían mensajes, subrayan cifras. «Son dos o tres minutos vitales», explica en conversación con este diario. El espectador no ve esa carrera contrarreloj, pero sí el resultado: alguien que habla del Ebitda de Iberdrola o de una directiva europea con una seguridad que parece enciclopédica. «Hay algo de ‘actuación’. Yo no lo critico; Me parece impresionante. Es muy difícil de hacer y es lo que reclama el ecosistema mediático: que siempre haya una voz confiable, alguien que parezca saber de verdad».
Opinadores pata negra
De esos más de trescientos nombres que circulan por radios y televisiones, Villarreal acota medio centenario: el núcleo duro, los tertulianos pata negra. La Champions League del tertulianismo. Saltan de un plato a otro. Carmelo Encinas, Pablo Montesinos, Fernando Berlín, Rubén Amón, Esther Palomera, Miguel Lago, Antonio Maestre, Iñako Díaz-Guerra, Juanma Romero, Marta García Aller, Sarah Pérez Santaolalla… No están ahí por casualidad. Se les exige una dedicación total. «No es un trabajo a tiempo parcial», dice el autor. Los grandes tertulianos viven sumergidos en lo que definen como un «éter informativo»: siempre enganchados al móvil, siempre opinando, incapaces de desconectar.
La tertulia política nació en la radio, coincidiendo con la llegada de la democracia. Fue en la Ser. Se suele decir que se le ocurrió a Fernando Ónega, aunque José Luis Gutiérrez se la atribuye a sí mismo. La cosa es que intentaron trasladar a las ondas aquellas comidas entre periodistas y políticos que bautizaron como Crónica. El programa se llamó ‘La trastienda’, se emitía después de ‘Hora 25’ –separando información de conversación– y la idea no era tanto opinar como contar aquello que no cabía en el informativo. Un día tocaron la vida privada de Alfonso Guerra y «ardió Roma». La Ser cerró el programa y vetó durante años el formato, dejando un terreno abonado que Luis del Olmo –«el padre de la tertulia en su formato actual»– llevó de la madrugada a la mañana.
«Ser tertuliano», resume Villarreal, «significa no tener que decir nunca lo siento, o me equivoqué»
Las primeras mesas de opinión las integraban profesores universitarios, abogados prestigiosos, escritores o actores. Gente con autoridad social y buena oratoria. Pero el modelo evolucionó. Los periodistas eran más rápidos, más dúctiles, sabían moverse mejor en el barro. «Es curioso que un formato inventado por un medio de izquierdas acabara regalándose durante años a los medios de derechas», señala Villarreal, «que lo usaron para zurrar al Gobierno de Felipe González». En 1988, ‘El País’ publicó un editorial donde criticaba esas «tertulias de charlatanes» de las radios conservadoras, «en las que meten algún inquieto de la izquierda para justificarse y potenciar los ataques al sistema democrático».
En tiempos de José Pablo, da hasta ternura leerlo. El manoseo de la programación de TVE demuestra que la política ha entendido la influencia de las tertulias sobre el clima de opinión. Al principio reaccionó con torpeza –cerrando programas incómodos–; después, con sutileza: cambiando moderadores, imponiendo tertulianos, filtrando argumentarios. Hoy, ministros y asesores siguen al minuto lo que se dice en los platos. Se hacen sesiones informativas con tertulianos. La tertulia se ha convertido en termómetro y, a veces, en acelerador de la acción política.
Iglesias y Tamames
Villarreal dedica un capítulo a la tertulia que Antonio Herrero montó en las mañanas de la Cope en los noventa. «Los socialistas lo consideraron responsables de la derrota de 1996. La derecha, de no haber ganado por más». Era implacable con todos, especialmente con quien gobernaba, y Aznar maniobró para acabar con su programa. De ahí a la colonización de la parrilla de TVE y las cadenas autonómicas solo había un paso. En otros países, como el Reino Unido de la BBC, estos formatos siguen resultando impensables.
Una de las muchas vueltas de tuerca de la tertulia es que ya no solo comenta la política, también la fabricación. Ahí está Pablo Iglesias. Podemos, aquel partido que a punto estuvo de fagocitar al PSOE, nació en las tertulias. En esas mesas –primero jugando a la contra en Intereconomía, luego en Cuatro y después todo a la vez y en todas partes– profesionalizó la bronca. «Había habido tertulias broncas antes», escribe Villarreal, «pero la bronca se quedó en el plató». Con Iglesias, núm. La tertulia dejó de ser un espacio para convencer al adversario y pasó a servir para fidelizar a los propios. Nacía la política de trincheras. Eso que hoy llamamos polarización.
En esta historia de la tertulia ocupa un lugar singular Ramón Tamames. Economista brillante, excomunista, azote del felipismo, fue uno de los tertulianos mejor pagados de la edad de oro de la tertulia. Herrero le pagaba un millón de pesetas al mes. Hoy nadie gana tanto por ir solo dos tertulias a la semana. El formato se ha abaratado: 150 euros brutos por intervención es la tarifa habitual. «Un periodista que aparece una vez por semana en una tertulia se acaba embolsando entre 500 y 700 euros limpios al mes que puede sumar a su nómina. Nada mal por unos minutos de trabajo que, además, se integran con suma facilidad en la vida diaria del periodista». A las cadenas les sale barato. Y al público le gusta.
Los efectos colaterales son evidentes. El periodismo se ha tertulianizado. «La unidad mínima de información ya no es la noticia, sino una opinión cualquiera», advierte Villarreal. «La gente cree que está informada, pero solo ha escuchado opiniones». Es, dice, «como masticar un chicle de menta y pensar que te has lavado los dientes». Los opinadores se citan entre sí, se retroalimentan, construyen una realidad circular. «Al día siguiente el contador siempre empieza de cero. Se autorregenera».
«Un periodista que aparece una vez por semana en una tertulia se acaba embolsando entre 500 y 700 euros limpios al mes»
El tertuliano está en continua evolución. «Echó los dientes en las tertulias de Luis del Olmo, tuvo una adolescencia iracunda y mordaz en las de Herrero, se volvió solemne en las de Gabilondo, perdió la cabeza en las tertulias de locos –literales o embriagados– de Sardá, fue sardónico en las de Julia Otero y sarcástico en las de Alsina, calculador en las de Herrera, construido en las de Llamas y cruel en las de Jiménez. Losantos», resume el Villarreal. «A lo largo de estos cuarenta años, los hijos fueron matando al padre».
El giro último lo marca internet, la modelo Sarah Santaolalla. Se trata de ser tertuliano las 24 horas. «Tienen una confrontación en una tertulia, luego graban un vídeo respondiendo y lo cuelgan en sus redes. Se han convertido en creadores de contenidos de sí mismos y de sus peleas con otros tertulianos. Ya son una realidad infinita». El tertuliano es ahora un animal con hambre de casito.
