Saioa Hernández fue anoche el amigo de paller de esta gioconda de Amilcare Ponchielli que estrena el Liceu, con un muy correcto Daniel Oren en el foso y un montaje sin mácula –ni fuerza escénica– que firma este joven francés llamado Romain Gilbert, cantante y musicólogo, con un máster en gestión cultural por la Sorbona.
Las gentes del pueblo que, como dice el libreto inspirado en un poema de Victor Hugo, bailan y “cantan su lor tombe!”, se esforzaban por transmitir en el Gran Teatre esa idea de una Venecia del siglo XVII, esplendorosa pero atravesada por la oscuridad, primero en una plaza, luego sobre una góndola en un canal y finalmente en un palacio que acabará devastado, al igual que la barca. Un espía de la inquisición veneciana se venga de la indiferencia de una cantante de la calle de la que se ha enamorado. Es Barnaba, un notable pero algo plano Gabriele Viviani que ya en el primer acto presenta a este monstruo despiadado que es en el aria “O monumento!”.
Él maneja los hilos de la historia: quiere mandar a la hoguera a la madre de Gioconda, la Cieca que, para gran placer del público, interpreta a la histórica Violeta Urmana en un emocionante reencuentro con el Liceu. El villano aprovechará que Enzo, el amor de Giocconda (un Michael Fabiano en mejor estado de forma pero aún sin agudos), se reencuentra con Laura (Ksenia Dudnikova), un amor de juventud, para doblar a la protagonista hasta llevarla a una estrepitosa aria del “Suicidio!” Un final a orillas del fango del canal al que el público del teatro de la Rambla llegó derrengado de pasión.
Diez minutos de aplausos rubricaron este título al estilo de la Grand Opéra que llenó el teatro al 85%
La soprano madrileña sostuvo una merecida tanda de aplausos –diez minutos en total– tras el pulso interpretativo que representa su papel, tan exigente ya en lo técnico.
La ópera es a veces un misterio. El Liceu aún se pregunta por qué no vendió todo el aforo en diciembre con un título de repertorio como El elisir de amor a priori ideal para resarcirse económicamente durante la Navidad. Las razones pueden ir buscarse en el calendario: los ensayos de Tristán e Isolda obligaron a cerrar el teatro a partir del 15 de diciembre: ni el público familiar catalán ni los visitantes que celebraron el Fin de Año en Barcelona tuvieron opción.
La auténtica razón podía radicar en la falta de novedad. El público liceísta se está acostumbrando a que el teatro de la Rambla le sorprenda. Se quejará más o menos de las apuestas performativas –Marina Abramovic, el Liceu de les Arts…–, pero el clásico montaje de Mario Gas de este Donizetti carecía de sorpresa. No todos son la carmen de Calixto Bieito.
Suntuoso vestuario de Christian Lacroix y un ballet que es piedra angular de esta ópera
No es una mala noticia. Al contrario. El Liceu va encontrando su línea propositiva, interpela a su público, mantiene una discusión. No puede permitirse el lujo de fiarlo todo a “títulos muy conocidos”. Esta gioconda Tenía números para ser atractivo. Una soprano bárbara; un montaje con suntuoso vestuario de Christian Lacroix; números circenses; incendios en una góndola; cadáveres en los canales de Venecia… y la oportunidad de mostrar un ballet como siempre que, aunque mucha gente no lo sepa, es piedra angular de este Ponchielli, con la Danza de las horas. Lástima la joroba que se les hacía a la bailarinas en el corpiño cada vez que había un cambré… Los mejores diseñadores no son, a menudo, los más idóneos para las necesidades del bailarín.
Entre el público –85% de ocupación– estaban Annamaria Di Giorgio, directora del Institut Italià de Cultura, y Mirko Scaletti, presidente de Casa degli Italiani, pues el Liceu coproduce con el San Carlo de Nápoles.

