Conscientes de que es un género que permite abordar temas consustanciales al género humano a un tiempo morales y mórbidamente atractivos —¿por qué mentimos o traicionamos?, ¿cuánto podemos llegar a mutar de identidad?, ¿qué estamos dispuestos a sacrificar?, ¿qué es perdonable?, ¿va antes la sangre o la patria?, entre muchos otros— y además vehicularlos a través de la intriga, la tensión y la acción, esto es, cepos para el lector, las letras. Los británicos cuentan con una larga tradición de escritores de renombre que han realizado inmersiones en la novela de espionaje con la idea de darle una vuelta de tuerca (Graham Greene, Somerset Maugham, Kingsley Amis, Muriel Spark….).
Aficionado desde su primera novela, Un buen hombre en Áfricaa probar la resistencia de seres corrientes en situaciones extraordinarias, muchas veces bajo la fórmula de enviar a sus compatriotas al extranjero y meterlos en apuros —y qué revela mejor el carácter de uno que ver si sucumbe o supera un lío imprevisto y mayúsculo?—, William Boyd (Accra, Ghana, 1952) estaba llamado a navegar las turbulentas aguas de su admirado Ian Fleming (busquen la fantástica semblanza que le dedicó en la miscelánea Bambú ).
La competencia demostrada a tal efecto en Sin respiro y en cierto modo en el (más) thriller tormentos cotidianos fue su billete dorado hacia la enésima resurrección de las aventuras del incombustible 007 en Solo (uno de los más logrados intentos literarios por no salir magullado de las comparaciones con el cine a la hora de mantener joven al agente con licencia para matar).
⁄ Siempre atento a la hora de componer personajes, Boyd da al protagonista una dimensión tragicómica
la luna de gabriel nace precisamente de la confluencia de esta querencia por el individuo superado por las circunstancias y el marco del espionaje aunque, precisando aún más, entraría en la subcategoría del ‘tonto útil’, es decir, las historias centradas en alguien a priori fácilmente manipulable (el que no se entera de nada) por organismos opacos, un peón al que marear y explotar.
Durante un viaje a la inestable Léopoldville en 1960, Gabriel Dax, reportero y escritor de viajes, oye de boca de su presidente que existe un plan para asesinarlo en el que confluyen varias potencias. A su regreso a Londres, inconsciente de que esa entrevista lo ha arrojado a una nueva dimensión, paranoica y letal, lo contactará una mujer del MI6, Faith Green, para ofrecerle una misión aparentemente sencilla en Cádiz, que acabará aceptando empujado por el dinero fácil y la fascinación que le provoca esa misteriosa nueva jefa.
Quizás lo hayan adivinado: luego horas la cosa se complica (por ejemplo, el presidente se revela un profeta de su funesto destino) y lo que arrancó como un juego va escalando en complejidad, turbiedad y amenazas (más destinos y encargos de riesgo creciente, más confusión, el hechizo por la espía, enigmática y misteriosa, quita más de sueño…).
Gabriel está inmerso en un diseño cuyas ramificaciones se le escapan, o si lo prefiere, deambulando por un laberinto de intrigas (su confuso corazón dibujaría otro, por cierto). “¿Cómo su tranquila y anodina existencia había dado aquel brusco giro?”, se pregunta en un momento del libro. “¿Cómo se saldrá de esto, si consigue hacerlo?”, se pregunta el lector a lo largo de todo el mismo.
Boyd, siempre atento a la meticulosa composición de personajes, reviste a Gabriel de una cuita mucho más íntima y existencialista que averiguar el sentido (para sí mismo y los poderes en la sombra) detrás de su temeraria héroe emulación de James Bond: desentrañar la verdad detrás del incendio del hogar que acabó con la vida de su madre cuando era niño, con cuya culpa carga a la manera de un trágico.
Esto permite al autor tendernos en el diván del psicoanalista para hacernos reflexionar sobre la necesidad de eliminar recuerdos falsos de cara a que emerja una liberada memoria real. Entre tanta gravedad, no se olvida al autor de conferirle un contrapunto cómico (pero también claramente simbólico, ojo) en una suerte de mordaza corriente o toque Looney Tunes vía la persecución de un astuto roedor que le ha okupado la casa, al tiempo que la variedad de localizaciones geográficas y un mundo todavía analógico otorgan un encanto añadido al conjunto. ¿La felicidad podría ser completa? Sí, Gabriel vuelve en lo último del autor,
William Boydla luna de gabriel Traducción de Laura Martín de Dios. Alfaguara. 336 páginas. 21,90€
