En hebreo o en árabe su nombre alude a los profetas. Y, efectivamente, a finales del siglo XIX los nabís trataron de producir en París un arte nuevo. Tras el camino abierto por los impresionistas en la década de 1870, se entregaron a una experimentación inédita. Cinco jóvenes estudiantes de la Académie Julian, Paul Serusier, Pierre Bonnard, Édouard Vuillard, Maurice Denis y Paul-Élie Ranson, a los que pronto les llegarían refuerzos, quedaron deslumbrados por el arte colorista y decorativo de Gauguin, que simplificaba los colores y las formas para expresar la idea pura, el sueño, una visión de la naturaleza, y no la realidad. Un arte simbolista en el que la pintura es la traducción de una visión interior y no el límite de la naturaleza. También les fascinaron las estampas japonesas, como las de Hokusai, que desembarcaron en el París de la época.
El resultado sería un arte que otorgó preeminencia a los colores intensos, las formas depuradas y una concepción bidimensional del espacio. Una pintura que quería suprimir la frontera entre las bellas artes y las artes aplicadas y embellecer el mundo estando al alcance de todos. Ahora La Pedrera lo explora a través de dos centenares de obras en una gran muestra organizada con el apoyo del Musée d’Orsay, comisariada por la historiadora del arte Isabelle Cahn y titulada Los Nabís: de Bonnard a Vuillard que se podrá ver hasta el 28 de junio y que es la primera que Barcelona dedica íntegramente a este movimiento.
Un movimiento con una gran diversidad de personalidades y pluralidad de estilos pero que sin embargo compartía tanto la fascinación por el simbolismo como la voluntad de alejarse del naturalismo. Un camino que comienza con una obra mítica que se encuentra colgada ahora en los muros de La Pedrera: El Talismán, de 1888, pintado por Serusier bajo las indicaciones de Gauguin, quien ante el paisaje del río Aven le insta a simplificar los trazos del agua y la ribera del río convirtiéndolos en poéticas manchas de colores vivos. Los compañeros de Serusier en la Académie Julian quedaron asombrados y bautizaron el pequeño lienzo con un título que lo convertía en guía protectora, espiritual y también teórica, del arte que querían experimentar.

Pese a todo, en el grupo, al que se agregarían creadores como Félix Vallotton, József Rippl-Rónai y Aristide Maillol, y que celebraría encendidas y divertidas cenas mensuales –en la muestra está el retrato hecho por Serusier de Paul Ranson convertido casi en un sacerdote ataviado con un supuesto traje nabí con un báculo en la mano y leyendo un misterioso texto, muestra de su humor travieso– tuvo siempre dos corrientes diferenciadas.
Por un lado, los ávidos de principios y teorías, con una mirada hacia el interior, como Serusier y Ranson, seducidos por el esoterismo y la teosofía, o como Denis y Verkade –que acabó en un monasterio benedictino– atraídos por la espiritualidad católica en un momento de fin de siglo de agosto del neoespiritualismo. Por otro, los interesados en retratar el mundo moderno, como Bonnard, Vuillard y Vallotton. En la muestra, dividida temáticamente, se puede ver su mirada vibrante al París del momento, también a los parques y jardines, el teatro, en el que se involucraron, la vida doméstica y la publicidad y la decoración. Pero también pinturas simbolistas que muestran mujeres idealizadas, brujas y bosques sagrados.
En 1900, los nabís celebraban en abril su última exposición y desaparecerían como grupo. Sin embargo, haciendo bueno su nombre profético, habían ayudado a la revolución de la pintura en el tránsito desde el aún clásico impresionismo hacia los mundos del fauvismo y la abstracción.

