A unos siete kilómetros del foro y del coliseo Apareció un nuevo tesoro de la Antigua Roma. Es un descampado fangoso en Pietralata, periferia este de Roma, flanqueado por bloques de pisos de los años 70 y un desguace de coches. Pero bajo ese … barro han aparecido tesoros que están desconcertando a los arqueólogos: dos enormes piscinas de piedra de hasta cuatro metros de profundidadun pequeño santuario vinculado al culto de Hércules repleto de estatuillas de bronce aristocráticas con sarcófagos de piedra y -el hallazgo más inquietante- el cráneo de un hombre al que le practicaron una trepanación quirúrgica hace unos 2.300 años.
Las excavaciones, iniciadas en 2022 por la Superintendencia Especial de Roma en una zona destinada a construcción urbanística, han sacado a la luz un yacimiento de una hectárea que estuvo habitado entre los siglos V aC y III dC «Las periferias modernas se revelan depositarias de memorias profundas aún por explorar», explica Daniela Porro, directora de la Superintendencia. Y tiene razon: este lugar aparentemente insignificante está reescribiendo lo que sabemos sobre la vida religiosa y cotidiana de la antigua Roma.
Dos piscinas gigantes
Lo primero que intriga son las dos piscinas monumentales. La mayor mide 28 metros de largo por 10 de ancho y tiene 2,10 metros de profundidad. La segunda alcanza los 21 metros de largo y cuatro de hondo. Están construidas con bloques de piedra volcánica perfectamente talladas, tienen rampas de acceso pavimentadas y estaban alimentadas por canales desde un arroyo cercano que desembocaba en el río Aniene. «Nos preguntamos para qué servían, pero no tenemos una idea totalmente clara», admite Fabrizio Santi, arqueólogo jefe de la excavación. No eran piscinas para bañarse -los romanos tenían termas para eso-. Tampoco depósitos de agua normales, porque las rampas y nichos laterales sugiere algo más ceremonial.
En el fondo de una de ellas apareció una jarra de vino intacta, el tipo de recipiente usado en libaciones rituales. La piscina sur tiene un detalle fascinante: incrustado en uno de sus muros hay un ‘dolium’, una enorme vasija de cerámica de más de un metro de diámetro que normalmente se usaba para almacenar aceite o vino. Pero aquí está empotrada en la pared, con su abertura hacia fuera, creando una especie de cámara interna. Su función sigue siendo un misterio. Los arqueólogos creen que estas piscinas tenían un propósito sagrado.probablemente vinculado al culto de Hércules, héroe semidivino convertido en dios del camino, la fuerza y la protección. Una pista clave: a pocos metros han encontrado un ‘sacellum’ (pequeño santuario) del siglo II aC dedicado precisamente a él.
El santuario de Hércules
Se explica la presencia de Hércules porque el yacimiento está muy cerca de la Vía Tiburtina, donde había un importante templo de Hércules.
El ‘sacellum’ mide apenas 4,5 por 5,5 metros, pero está repleto de hallazgos extraordinarios. En su centro había un altar de toba enlucido en blanco. En la pared del fondo, una base de piedra que sostenía una estatua de culto, probablemente de Hércules. Pero lo más emocionante estaba bajo el suelo. El templo se construyó sobre un depósito votivo anterior lleno de exvotos: cabezas, pies, piernas y brazos de terracota que los fieles arrojaban pidiendo curaciones para sus dolencias. «Si te dolía el pie, ofrecías un pie de terracota»explica el arqueólogo Santi. También aparecieron estatuillas femeninas, dos pequeños bueyes de terracota y -el hallazgo estrella- seis estatuillas de bronce de unos 10 centímetros de altura. Al menos tres representan a Hércules desnudo, empuñando su característico garrote y con una piel de león.
Se explica la presencia de Hércules porque el yacimiento está muy cerca de la Vía Tiburtina, la antigua calzada que conducía a Tívoli (la antigua Tibur), donde había un importante templo de Hércules. Los pastores conducían por esa ruta sus rebaños de ovejas, y Hércules era el dios protector del pastoreo. El culto tenía sentido en esta zona rural.
Aristocracia, muerte y cirugía antigua
Junto al santuario se observaron dos tumbas monumentales excavadas en la roca volcánica, del siglo IV-III aC. La tumba A tiene un ingreso espectacular: un portal de piedra con jambas y dintel, sellado por dentro con una enorme losa. Dentro, un gran sarcófago de peperino (piedra volcánica) que aún no se ha abierto, tres urnas funerarias y ajuar: copas de cerámica con barniz negro, una jarra, un espejo de bronce.
La tumba B guarda el hallazgo más inquietante. En una de las urnas apareció parte del cráneo de un hombre adulto. Los arqueólogos identificaron inmediatamente las marcas: una trepanación quirúrgica. Le habían perforado el cráneo con algún tipo de instrumento médico, probablemente para aliviar la presión intracraneal o tratar una lesión. Hace 2.300 años.
«Estas tumbas pertenecían a una familia aristocrática poderosa que dominaba esta zona», explica el arqueólogo Fabrizio Santi. La fachada monumental del complejo funerario, de la que solo quedan algunos bloques –otros fueron reutilizados en la época romana posterior-, confirma el estatus elevado de sus ocupantes.
Otra Roma
Cuando las excavaciones terminen en los próximos meses, se diseñará un plan para preservar y valorizar el yacimiento. Las tumbas y el santuario se conservarán. Las piscinas se cubrirán tras su estudio, pero no se construirán sobre ellas.
Este descubrimiento en un barrio anodino de las afueras de Roma revela algo fundamental: la antigua Roma no era solo el centro monumental que visitan los turistas. Era una «ciudad difusa» que se extendía por kilómetros, con santuarios rurales, familias aristocráticas en sus villas, redes de canales y caminos, y prácticas religiosas que mezclaban lo griego (Hércules/Heracles) con lo profundamente romano. Bajo el barro de Pietralata late todavía el corazón de aquella civilización. Solo hace falta excavadora.
