Aullaba el viento de la sierra como un lobo solitario, con los colmillos de escarcha, pero en la Candelaria el aire se caldeaba como un horno antiguo. Tanto que, en el mismísimo Valdemorillo —donde otra nos cubríamos con mantas y tres camisetas térmicas—, una voz … estalló: «¡Bajen la calefacción!», frase jamás oída por estos gelidos lares. Anunciaba la empresa Pueblos del Toreo por San Blas el cartel más hermoso del primer tramo de la temporada. Un cartel de auténtica torería, de esos que huelen a tabaco negro, a clavel reventón ya muleta planchada: Uceda Leal, el eterno clásico de Madrid; Pablo Aguado, la naturalidad del arte, y Juan Ortega, capaz de parar el tiempo sin necesidad de varita ni chistera.
Era una cita obligada para los aficionados de paladar fino y la cubierta se llenó hasta los topes, sin importar la climatología, la odisea de aparcar ni los atascos de ida y vuelta. En la plaza serrana se anunciaba el toreo a las cinco en punto y, una vez dentro, se zanjaban las prisas y la impaciencia. Los tendidos sabían que llegaba una terna que no venía a despachar seis toros, sino a torear despacio, a torear al propio reloj. Sin embargo, se toparon con una corrida de Torrealta que ya hubiera querido la mitad del motor de la calefacción. Puede que acusaran el temporal gaditano, pero el caso es que el conjunto, de tan bonitas hechuras, careció no solo de poder, sino también de casta.
Hasta que apareció el castaño quinto, con más vida que ninguno, para que Ortega mantuviera su idilio. Qué bien le sienta febrero al trianero, que prendió la caldera también en el ruedo, tan frío hasta entonces, pese a los toreros detalles. Porque ni una gota de vulgaridad hubo. Colocó la cara Petenero en el capote, arrebatado a la verónica y por chicuelinas. Qué expresión tuvo toda la obra, cuánta torería. Sabedor de que este quinto iba a cumplir el refrán de que «no lo hay malo», brindó al público. Versos pedía la apertura de ayudados por alto después del prosaico invierno. Todo lo hizo por el sendero puro, con un embroque descomunal, pero de tanto querer ralentizar la embestida y rematarla donde muere la cadera, operaron los enganchones. La pureza, en esto del toro, suele estar reñida con la limpieza… Hubo derechazos y naturales inmensos, trincheras de calma y muletazos rodilla en tierra para esculpir. Y ni que la espada se cayera fue óbice para pasear dos orejas a la emoción del arte. Saboreó la vuelta al ruedo, que hervía ahora tanto como los caldeados tendidos.
También pasó el anillo Uceda Leal después de metro en el canasto al jabonero cuarto, que se movía a saltos. Con sapiencia, dibujó naturales que parecían imposibles en terrenos del 4, entre las rayas. Una bellísima media había dejado al ‘abreplaza’, Saltavallas, que hubiera quedado el último en cualquier olimpiada. Clásico y magistral el comienzo, con tacto inmaculado. Pero la gente terminaría impacientándose por el flojo material, tan protestón y rebrincado. Tampoco anduvo sobrado de fortaleza el segundo, en el que Ortega hizo todo un favor del toro, muy centrado y con preciosos momentos.
Aplaudieron al cárdeno tercero de salida, pero más se rompieron las palmas con las verónicas de Aguado, más pausado aún en el quite, con un tercer lance de insultante naturalidad. Qué maravilla. Y qué aroma traía el prólogo de una faena a media altura, que era lo que demandaba el torrealta. Exquisita la clase aguadista, por encima de su blandito lote.
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La Candelaria.
Domingo, 8 de febrero de 2026. Última de feria. No hay billetes. Toros de Torrealta, de parejas y bonitas hechuras, mermados de casta y fuerza en general, salvo el más bravito y humillador 5º. -
Uceda Leal,
de azul noche y oro: dos pinchazos y estocada trasera (silencio); estocada corta atravesada (petición y vuelta al ruedo). -
Juan Ortega,
de gris perla y oro: pinchazo y estocada delantera caída con derrame (silencio); estocada caída (dos orejas). Venta a hombros. -
Pablo Aguado,
de catafalco y oro: pinchazo hondo y varios descabellos (silencio); pinchazo, media y descabellos (silencio).
