Alguien dijo que el arte de Louise Bourgeois trata ante todo de los celos, el sexo y las cosas que hacen que la vida valga la pena y, a veces, la hacen insoportable. “Mi obra es más yo que mi presencia física”, admitió la artista, cuya primera experiencia, confesaría, fue la del abandono. “Nací el día de Navidad; mi madre se disculpó mucho y el médico le dijo: ‘Señora Bourgeois, de verdad que me está arruinando la fiesta”. Describió su nacimiento como una molesta interrupción de las ostras y el champán. “Era un incordio, me abandonaron sin más”.
Pese a todo, tuvo una vida rica, plena, interesante. Y prácticamente hasta el final –murió a los 98 años– trabajó a diario y en sus interminables noches de insomnio, reelaborando y dando forma a sus heridas, sus traumas, sus fantasías, sus contradicciones, sus miedos, sus viejos dolores y su rabia. Tierna pero aún feroz, cuando ya empezaba a intuir el final, subió al piso superior de su vivienda de ladrillos rojos y se puso a dar nueva vida a las prendas de ropa que había ido almacenando durante décadas: los vestidos de su madre inválida y las pequeñas camisetas de sus tres hijos, mantas bajo las que se había refugiado con su marido y servilletas raídas. En una de ellas escribió: “He estado en el infierno y he vuelto. Y permítanme decirles que fue maravilloso”.
Bourgeois hizo un último esfuerzo por convertir aquellas ruinas de los recuerdos que aún conservaban los olores y el contacto con los cuerpos en materia prima de collages y esculturas que la sobrevivirían. Toda su obra, de hecho, es un amasijo de vivencias entrelazadas en muñecas destartaladas y cosidas a mano, espejos, pechos desmembrados, miembros viriles amputados. “No tengo nada contra el pene. Es quien lo lleva”, ironizaba, maliciosa, como cuando, con 71 años, se plantó ante la cámara de Robert Mapplethorpe con un abrigo negro de plumas, la mirada pícara y seductora, y bajo el brazo, como si fuera una barra de pan, un pene erecto de látex al que bautizó. filete (niñita).
Marie-Laure Bernadac, la autora de una biografía monumental que habla de la artista como de una mujer-cuchillo, añade nuevas capas a la historia que Bourgeois fue contando a los periodistas como si se tratara de la más grandiosa y emocional de sus obras. cortar la cáscara de una naranja en forma de niña, dejando la médula de la fruta para simular un pene: “Louise no tiene nada ahí”.
El padre de Louise Bourgeois se mofaba de ella por no tener pene. Su venganza fue cortar y rebanar
Su venganza habría sido empuñar el cuchillo para cortar y rebanar, creando una compleja galería de figuras e instalaciones sexualmente ambiguas en las que una pequeña escultura con forma de abre cartas podría usarse tanto para darse placer como para matar al marido. “Mis cuchillos son como una lengua: te amo, te odio. Si no me amas, estoy lista para atacar”,

