Bienvenidos a Nollop, una isla frente a las costas de Carolina del Sur que alcanzó su independencia en 1870. Quienes viven dentro de sus pequeñas fronteras abominan de la tecnología moderna y aman el lenguaje: «Somos un pueblo de palabras».
Lo de «Nollop» … le viene de Nevin Nollop, el autor nacional por excelencia, que labró su fama al crear la frase pangrama «Jovencillo emponzoñado de whisky, ¡qué figurota exhibes!». (Antes de continuar: un pangrama es –y cito– «una oración que utiliza cada letra del alfabeto de un idioma al menos una vez, idealmente con el menor número de repeticiones»).
«Amaos los unos a los otros, centraos en aumentar nuestro glorioso perímetro lingüístico». Fue el último consejo de Nollop, a quien el paso del tiempo ha elevado a la categoría de tesoro patriótico. No tiene nada de extraño, por lo tanto, que en el centro de Nollopton se alce un cenotafio en su memoria. El mausoleo consta de una escultura del mesías sobre la que se eleva una serie de baldosas que reproducen su legado inmortal. Frase de la que, de repente, se despeña una de las baldosas. La letra Z.
El Consejo Superior considera que detrás de la caída del azulejo hay señales ocultas: ¡Nollop nos está hablando desde el más allá! ¡Su espíritu quiere que la letra Z sea completamente excluida! Quienes no acaten la norma se enfrentarán a diversas sanciones y «aquellos que se nieguen a marcharse ante la orden del Consejo serán sancionados con la muerte». Lo han leído bien. «Con la muerte».
Se caen la Q, la J, la D. Los inspectores postales escanean las cartas de los vecinos, detectan las letras ilegales. El Consejo Insular advierte: Nos enfrentamos a una «crisis excepcional» que requiere «resoluciones extraconstitucionales». Algunos nollopianos alzan su voz. «Abusos», protestante. «Violación de la Constitución».
En un proceso imparable, las letras siguen «falleciendo». La K, la F. Tantas, que no habrá más remedio que hablar por aproximacion: «hapitantes», «exrito», «informamos». Las «noticias» son «trágigas».
El lector se quedó sin respiración a medida que se interna en esta distopía claustrofóbica –y menos mal que llena de humor– publicada en 2001 por el dramaturgo Mark Dunn (Memphis, 1956). Una novela que ha sido traducida por un verdadero héroe: José Antonio Poderoso Miranda, cuya labor es de sobresaliente ‘cum laude’. Porque aquí no es que falte una vocal: la E, como en ‘La disparition’, de Georges Perec; o la A, como en ‘Odiseo’, la versión del ‘Ulises’ de Joyce realizada por Marcelo Zabaloy. Lo que empieza a faltar en ‘Ella Minnow Pea’ es… todo el alfabeto. Página tras página.
¿El resultado? Una historia endiablada en la que las letras del abecedario van esfumándose progresivamente, pero que no trata solo de cómo las letras del abecedario van esfumándose progresivamente. Trata de la censura. Del cerco a las libertades. Y –si el lenguaje nos define a todos y cada uno de nosotros, que yo creo que sí– trata, también, del asalto a la propia identidad.
