Hay algo conmovedor en todo texto escrito por Clarice Lispector. Hay algo en su escritura que tiene la capacidad de traslucir la presencia de algo críptico, y que acaso tenga que ver con el alto grado de intimidad que se desprende en cuanto escribe, como si se envolviera en un halo del que es difícil, muy difícil, escapar. El lector que se acerca a su obra se encontrará, de entrada, con una prosa riquísima, certera, apabullante y precisa en su belleza. A mí siempre me recuerda a la de Juan Carlos Onettital es la exactitud y el deslumbramiento que produce. Valga como muestra esta frase: “los detalles a los que descendía recordaban a una mosca lavándose”, o esta otra: “abstracto como una uña”.
Si uno quiere analizar con profundidad la escritura de Lispector le costará entender cómo funciona, cómo se articula. Pero una de las claves para comenzar el análisis puede que esté en lo que algunos especialistas en su obra han llamado “la errancia”. Ir de un lado a otro marcó la vida de esta autora desde su infancia y, por consiguiente, marcó profundamente su obra. Los textos de Lispector encuentran un difícil anclaje en el tiempo, incluso en el espacio. Son itinerantes y fluctuantes, se cuadran en un espacio figurado que producen en el lector una cierta desorientación que, sin embargo, le cautivará.
Algo (mucho, en realidad) de eso nos encontramos en ‘La manzana en la oscuridad’la cuarta novela de esta autora, recientemente reeditada en España por siruela dentro de su colección Biblioteca Clarice Lispector. En esta novela nos presenta un relato que comienza con un hombre en fuga (una itinerancia), un hombre que ha cometido un crimen (que, sin embargo, en ningún momento se describe con claridad) y narra el intento de reconstrucción de un yo destituido que deambula.
Lo fundamental en esta autora imprescindible es el lenguaje, pero es cierto que Lispector utiliza las palabras para buscar algo que está más allá del texto.
Martim, el protagonista, busca un reencuentro consigo mismo, con la vida, y traza un modo de “lenguaje” alejado de la tradición del propio lenguaje, uno que no esté contaminado por valores que presente son fuente de desentendimiento y alienación, que impiden una relación directa con el mundo y con los otros seres. Tras la huida, Martim acabará en una hacienda en medio del desierto, un lugar donde habitan muy pocas personas, y deprimido por una larga sequía. La aproximación del protagonista al mundo (lo que incluye a los seres humanos con los que convivirán, pero también animales, plantas y piedras) le llevará, paradójicamente, a descubrir un modo de reconstruirse. El lector descubrirá que la reconstrucción será también un hecho en el resto de los personajes de la obra, especialmente en las dos mujeres, Vitória, una mujer casi anciana, con miedo a vivir, y su obsesiva prima Ermelinda, que tiene pánico a la muerte.
Eje central de su escritura
el ser humano es el eje central de la escritura de Lispector, es su fuente de inspiración, un enigma que intenta desentrañar. En esta novela se perfilan con nitidez, además de este, el resto de temas que constituyen la literatura de Lispector: la búsqueda de un sentido para ser y estar en el mundo, la constante frustración por los límites socialmente establecidos, y principalmente, el conflicto que supone disponer de un lenguaje que es a la vez un modo de apropiación y de alienación del mundo o, lo que puede ser igual, un modo de aproximación y de separación con uno mismo y con los otros.
La obra de Clarice Lispector constituye desde hace años el objeto de numerosos estudios críticos. Todos parecen coincidir en que se trata de una obra que con los años se abrió hacia otras direcciones, no quedándose solo en el campo específico de la literatura. A ese respecto, y como apuntamos someramente al comienzo de esta reseña, lo fundamental en esta autora imprescindible es el lenguaje, pero es cierto que Lispector utiliza las palabras para buscar algo que está más allá del texto y que, gradualmente, se irá expandiendo hacia lo visual. A ese propósito dirá Silviano Santiago: “Clarice inaugura una tradición sin fortuna, desafortunada, femenina y, por rebote, subalterna (…) Es un río que inaugura su propio curso. La literatura es literatura: esta es la fórmula más sencilla y enigmática para captar el significado”.
Los textos de Clarice Lispector se proponen ir más allá de lo narrativo, incluso más allá de lo literario. Buscan lo extraño, lo desconocido, otros lenguajes que sobrepasan lo discursivo. Son constantes sus referencias a otras artes, frecuentemente la música y la pintura, a cuyo través nos remiten a formas de representación alternativas. La propia autora lo expresó de esta forma en una entrevista: “Te voy a contar ahora cómo entré en lo inexpresivo que siempre fue mi búsqueda ciega y secreta. De cómo entré en aquello que existe entre el número uno y el número dos, de cómo vi la línea de misterio y fuego y que esa es una línea subrepticia. Entre dos notas de música existe una nota, entre dos hechos existe un hecho, entre dos granos de arena, por más juntos que estén, existe un intervalo de espacio, existe un sentir que es entre el sentir Entre los intersticios de la materia primordial está la línea de misterio y fuego que es la respiración del mundo y la respiración continua del mundo es aquello que escuchamos y llamamos silencio”.
La manzana en la oscuridad
autora: Clarice Lispector
Editorial: Siruela
Traducción: Elena Losada
Páginas: 320
Precio: 22,95 €
