Si alguien introduce una botella de forma clandestina en un restaurante, raramente pensaremos que acabará apuñalado. Pero, así es, Alban Genevey recibe este excesivo castigo en medio de la muchedumbre de turistas que abarrotan un puerto corso. El atacante es un joven, Alexandre Romani, y conoce la perfección a la víctima desde que eran niños, pues sus padres tienen una segunda residencia en Córcega y vienen a menudo. Esta es la trama, inspirada en un suceso real, que plantea el premio Goncourt Jérôme Ferrari (París 1968) en su nueva novela. la isla (Libros del Asteroide), donde vuelve a reflexionar sobre el turismo de masas, la decadencia y la identidad en Córcega, como ya hizo en El sermón sobre la caída de Roma (2012), con la que ganó el citado premio, y Una imagen (2018). Reflexiona sobre estas cuestiones en una conversación con La Vanguardia que tiene lugar en el Instituto Francés de Barcelona.
Siempre muestra una Córcega violenta. Para quien no la haya visitado, ¿es realmente así?
Es una isla tranquila, en la que puedes ir por la calle sin problema alguno. Es seguro. Ahora, los pocos sucesos que hay, acostumbran a ser violentos, sí.
¿Por qué cree que eso ocurre? ¿Puedes encontrar alguna explicación?
Quien sabe si tendrá que ver el resentimiento ante tanto turismo y explotación. Aunque no creo que de ello solo seamos víctimas nosotros, sino que es una realidad válida para todo el Mediterráneo, especialmente las islas. Los cruceros lo estropean todo. Un barco puede llevar a 500 personas o más. Imagina un lugar pequeño en el que, además de la gente que habita o que está de visita, se añade de un segundo a otro esas 500 personas. O más, porque no es un único crucero. Y no creo que seamos la isla más afectada por el turismo. Las Baleares están peor.
Pero, según explica, eso solo ocurre en verano. En invierno explica que los corsos “están abandonados en medio de un campo de ruinas”.
Sí, esto también es muy característico de las islas y marca una gran diferencia respecto a grandes ciudades como París, Roma o Barcelona, donde tienen visitantes todo el año. En invierno nos morimos. Esto afecta también en los proyectos, porque nos movemos por temporalidades. Y en el humor, claro, nos volvemos esquizofrénicos. La situación lo es. ¿O a alguien le parece fácil gestionar el pasar de una efervescencia incontrolable a un desierto absoluto?
¿Eso justifica el comportamiento y la violencia de Alexandre Romani con Alban Genevey?
Claro que no, pero no se puede negar que en lugares tensionados por razones incontrolables, como en este caso el turismo, viven con presiones y, a veces, llevado al extremo, puede llevar a la violencia o, incluso, a un asesinato por causas ridículas. Se mezcla el frenesí de la situación con la cultura ya violenta de por si de un lugar. Hay algo exasperante en la situación que conlleva el turismo. Una opresión que ahoga. La constante sensación de formar parte del decorado y ser un elemento no interesante ni esencial, incluso molesto. Es difícil vivir así. Pero no, no justifica la reacción, solo me fijo en las cosas que pasan o que llevan a ello.
El turismo de masas te hace sentir parte del decorado. Un elemento no interesante ni esencial, incluso molesto”
Pero todos somos o podemos ser turistas en otra parte. ¿O acaso en el siglo XXI todavía se puede ser viajero?
Me encantaría decir que ahora mismo soy yo un viajero en Barcelona pero, aunque sea para trabajar, no es así. Llamarse a uno mismo viajero es una simple cuestión de ego. Un intento de levantarse la moral. Puedes ser algo parecido a lo que décadas y sglos atrás era ser un viajero si te mezclas con la gente. Esto lo descubrió yo cuando visitó a mis diferentes traductores en otras lenguas. Convivir con ellos me permitiría conocer un mundo local que de otro modo me perdía. Pero es complicado.
¿Qué lo hace complicado?
El propio turismo. Es un concepto que ya de base dificulta el encuentro real con el otro. Es todo demasiado individualista, por norma general. Y encontrar una vía de equilibrio no es que sea difícil, es imposible, me atrevo a decir. Y lo digo porque no hay verdadera ayuda política.
¿Qué papel juega el paisaje en el conflicto?
En Córcega, e imagina que en cualquier isla, tenemos una relación bastante carnal con el paisaje. Ahora, de adulto, veo paisajes que llevo toda mi vida contemplando y sigo anonadado. Me sigo sorprendiendo. Imagina a alguien que los ve desde cero. Pero, también, el paisaje ha cambiado la forma de entenderlo todo. A veces, incluso ahí, llega el machismo.
¿A qué se refiere?
Yo soy de un pueblo a 400 metros de altitud y el mar está a 5 kilómetros. Sin embargo, cuando éramos niños, apenas íbamos a la playa. La agricultura era lo importante, era el terreno con valor y, por eso, históricamente, eran los varones los que los heredaban, mientras que ellas se quedaban con los que estaban frente al mar. Con la llegada del turismo, son ellas y sus descendientes las que han ganado.
¿Qué más cambios ha notado?
Más allá de estos y la llegada de cruceros, que hacen inaccesibles algunas playas. la construcción de grandes centros comerciales en las afueras que se vacían a determinadas horas el centro urbano, especialmente en invierno. Y las tiendas de souvenirs.
Nunca ha ocultado su hostilidad hacia el turismo de masas. ¿Es usted el narrador encubierto?
No, aunque hay cosas que tenemos en común. Pero prefería no serlo, ya que eso me permitía que hubiera humor. La exasperación, pese a todo, puede ser divertida. O intento que lo sea. Es lo único que nos queda.

