Hace unos meses, mientras estaba de vacaciones en Italia, Álvaro Barrios me escribió de la nada. Para mí ya era de mañana. Para él, en Barranquilla, eran las dos de la madrugada y me dijo que estaba trabajando. No me sorprendió tanto la hora como la claridad con la que hablaba. Saltaba entre recuerdos de sus años en Venecia, frases en italiano, lecturas, imágenes. Como si todo —pasado y presente, sueño y vigilia— estaría ocurriendo al mismo tiempo.
Hablamos, entre otras cosas, de tres obras suyas que acaba de incorporar el Museo Guggenheim de Nueva York —Sueños con Marcel Duchamp, Retrato del artista como médium y Dos vasos con agua magnetizada— que se suman a otras que son parte de las colecciones del MoMA, del Museum of Contemporary Art de Chicago, del Reina Sofía y del Pérez Art Museum de Miami. En medio de la charla surgió una pregunta: ¿qué significaba que eran esas obras —las más íntimas, las más marcadas por lo onírico y lo espiritual— las que entraran a esos museos?
Detalle de NFT del artista Álvaro Barrios Foto:archivo particular
Días después, de regreso en Barranquilla, nos encontramos en su apartamento en la noche, como tenía que ser. Porque la noche es su tiempo. Su mundo. Álvaro no trabaja con el día encima. Tiene el horario invertido. Crea cuando el mundo se calla. Su estudio estaba en penumbra, iluminado solo por la lámpara de su escritorio. Afuera llovía a cántaros. Adentro, el tiempo estaba suspendido. Éramos él y yo. Y los cuadros. Y el silencio.
Hablamos de sus sueños. De las tumbas conectadas de Duchamp y Peggy Guggenheim. De las tiras cómicas que leía de niño. De las frases que llegan cuando el mundo se apaga. De cómo, sin buscarlo, empezó a recibir imágenes, palabras, dibujos.
Álvaro no siempre dice “sueño” directamente. A veces habla de lo dictado, de lo nocturno, de lo que aparece mientras duerme. Pero todo está conectado con eso. Su obra se inspira en los sueños, los habita. Los recorre. Y a veces, los reescriben.
Hablamos también de su madre. De la espiritualidad sencilla con la que ella vivía. Me dijo que rezaba el rosario todos los días, sin falta. Que durante mucho tiempo no lo comprendió del todo. “¿Por qué repetir tanto?”, se preguntaba. Pero después lo entendió. Entendió que ese rezo, más que palabras, era un mantra. Una forma de pedir luz. Y que funcionaba. “Yo le pedía que rezara por mí”, me dijo. Y lo decía con una certeza que no necesitaba explicación. Esa espiritualidad silenciosa —sin predicar, sin imponer— fue una de las primeras formas de fe que conoció. Y quizás también una forma de entrenamiento para todo lo que vendría después.
Me dijo que todo comenzó como una forma de escucha. Que un día escribió, sin saber cómo, y ahí supo que ya no había marchado atrás.
Esto no fue una entrevista. Fue una sesión. Y este es su registro.
¿Cómo empezó a manifestarse esa dimensión más espiritual en su proceso creativo?
No sabía que iba a ser medio. Al principio no entendía. Un día estaba escribiendo en una libreta y de pronto la mano se movió sola. Fue un movimiento involuntario, como si algo tomara el control. Lo que apareció allí no venía de mí. Después de que me di cuenta de que eso no iba a detenerse, que había algo que me usaba para decir. Con el tiempo entendí que mi proceso creativo no venía solo de mí, y que esa dimensión requería respeto, silencio y guía. Hoy, incluso, algunas decisiones importantes las consulta con mi Espíritu-guía.
¿Qué ocurre cuando llega la noche y todo queda en silencio?
Es cuando empieza lo de adentro a hablar. La madrugada tiene una vibración distinta. Trabajo cuando el mundo se apaga porque solo entonces el interior empieza a expresarse. Apago los teléfonos. A veces ni música pongo. Me encierro. Espero. Y cuando llega algo, me limito a recibirlo.
¿Qué soñó con Duchamp y Peggy Guggenheim?
Soñé que las tumbas de Marcel Duchamp en Rouen y Peggy Guggenheim en Venecia estaban conectadas bajo tierra. En el sueño, Max Ernst decía: “Después de todo, para los muertos cualquier distancia es poca”. Ese texto, tal cual, es parte de la obra. Me llegó así, completo. Yo solo lo escribí.
¿Qué significa que precisamente esas obras tan íntimas hayan sido adquiridas por el Guggenheim?
Me tranquiliza. Porque no eran obras hechas para mostrar. Fueron parte de una búsqueda interior, habitaciones del silencio. Son piezas muy personales. Y que hayan sido esas las que el Guggenheim me eligió hizo sentir que alguien lo entendió. No fue en vano.
¿Qué obras fueron adquiridas por el Guggenheim?
Las tres obras son: Sueños con Marcel Duchamp, Retrato del artista como médium y Dos vasos con agua magnetizada. Todas tienen algo en común: fueron hechas de noche, en sesiones de escucha, con imágenes o textos que llegaron sin buscarlos.
¿Qué otras instituciones han adquirido su obra?
El MoMA fue el primero, hace más de veinte años. Luego el Museum of Contemporary Art de Chicago, el Pérez Art Museum de Miami y el Museo Reina Sofía en Madrid, con El mar de Cristóbal Colón. Son instituciones que entendieron no solo lo visual, sino también lo conceptual.
¿Qué papel tuvieron las tiras cómicas en su formación?
Desde niño me fascinaban, sobre todo las que no tenían palabras. Era como leer silencios. Eso marcó mi obra desde el inicio. Aprendí a leer imágenes antes que a leer letras. Y sigo haciendo.
¿Qué sintió al leer aquella frase de Paul Éluard?
Leí una frase de Paul Éluard —poeta surrealista francés— que decía: “Otros mundos existen, pero existen dentro de este”. Eso me abrió una puerta. Me hizo entender que lo invisible también hace parte de lo real. Y que el arte puede hacer que eso se manifieste.
¿Qué hace cuando no llega nada?
Espero. Sin fuerza. Yo vacío. Hay días, incluso semanas, en que no recibo nada. Pero yo siempre pido por la luz. Y funciona. Siempre lo he dicho: pido por la luz, y vuelve.
¿Cómo son esos lugares que aparecen en sus sueños?
Son cementerios, veredas, apartamentos vacíos, casas que se repiten. Tengo un apartamento soñado al que regreso cada tanto. Entro, revisa si todo está en su lugar. No lo decidi. Simplemente, vuelve a aparecer allí. A veces años después.
¿Qué relación encuentra entre los sueños, la poesía y el surrealismo?
La poesía es arbitraria, como son arbitrarios los sueños. En el sueño se despliega una lógica distinta completamente de la vigilia. Por eso, los surrealistas apelaron al sueño: porque les permitía encontrarse con una realidad paralela. Una que no obedece a la razón, sino a otra clase de verdad. Más cercano a la poesía.
¿Qué pasa cuando sueña y qué pasa cuando no?
Cuando sueño, siento que descansé. Si no sueño, siento que me desvelé. Es como si no hubiera entrado a ese mundo profundo. Como si no hubiera cumplido mi ciclo interior. El sueño es descanso, pero también es otra dimensión. Otra vigilancia.
¿Y esos sueños se convierten en obra?
Sí, muchas veces. Algunos sueños son casi dictados. O me traen frases. O veo una imagen que luego dibujo. A veces no entiendo al principio, pero al poco tiempo se revela. Los sueños no son inspiración. Son participación en otro plano.
¿Cree que lo que aparece en sus sueños existe en algún lado?
Si. Creo que hay un plano paralelo al que solo accedemos en sueños. Y a veces también a través del arte. Porque el arte y el sueño son como dos formas de visitar lo invisible.
¿Tiene miedo de perder esa conexión interior?
Si. Miedo a que se me apague la luz. Porque no siento que esto venga de mí. Yo no soy el origen. Me considero humano. Demasiado humano. Pero tengo una conexión que agradezco. Y todos los días pido que no se me vaya.
¿Cómo define su relación con el arte hoy?
Es algo que se infundió en mí. Como si se hubiera formado sin que yo lo supiera. Es como un embarazo espiritual. El arte no llegó porque yo lo busqué. Se instaló. Y me ha habitado desde entonces.
¿Qué le diría hoy al joven Álvaro Barrios?
Le diría que me enseñe. Porque en ese tiempo yo me atrevía a cosas que ahora pienso dos veces. Dormía en terrazas, hacía autostop, me lanzaba. Le diría: enséñame cómo se tiene valor para hacer eso que tú hacías. Porque uno enseña sin saberlo. Y menos mal que no sabe.
Ahora que llega a los 80, ¿qué sueños siguen empujándolo a crear? ¿Qué horizonte lo seduce hoy, después de una vida entera dedicada al arte?
Si yo hubiera llegado a vivir solamente hasta los veinte años, igual se podría aplicar el concepto de “una vida entera dedicada al arte”. De hecho, entre los cuatro y los veinte hice arte ininterrumpidamente, pero algunas veces sin saber qué era eso, y otras creyendo que poseía el arte por completo. Ocasionalmente, cinco años nos parecen mil. Y en otros momentos, ochenta nos parecen una semana. Cuando estoy feliz, la vida para mí es eterna, pero en un día de tristeza es solo un espabilar, un soplo. De modo que, con excepción de mi artrosis en la rodilla izquierda, me dio lo mismo llegar a los ochenta que a los diecinueve. En cuanto a los sueños, los actuales son réplicas de los anteriores. Son como “sueños recurrentes”, pero mejorados. Se van perfeccionando, cada vez más independientes de la vida diaria. Quizás porque la vida es como una nave que despega y va siempre cada vez más lejos, hasta perderse de vista.
Me cuenta que la espiritualidad de su madre era de esas que no hacen ruido. Que rezaba sin imponer, sin predicar. Que al principio no lo entendía, pero con los años descubrió que ese rezo cotidiano —ese rosario repetido cada día— era una forma de pedir luz. Que funcionaba. ¿Qué aprendió de esa espiritualidad silenciosa que vivió tan de cerca?
Aprend a respetar todas las formas de espiritualidad. Que todo sirve si es honesto. Que hay que pedir. Y que pedir funciona. Ella no predicaba, no impía. Rezaba. Y con eso bastaba.
¿Qué significa para usted tener un Espíritu-guía?
Es una forma de acompañamiento profundo. Una presencia que no se impone, pero que orienta. No es un personaje ni una voz que dicte sentencias. Es una guía interior. Algo que me da certeza en momentos clave. Y que nunca me ha fallado.
¿Qué lugar tiene el arte en medio de todo esto que no se ve?
El arte no es funcional. No sirve para nada físico. Tampoco es su esencia ni su meta. Es un hecho intelectual y espiritual. Sirve para crecer por dentro. Para que quien lo hace y quien lo recibe sean mejores. Cualquier otra cosa —éxito, fama, poder— es ajena al hecho artístico en sí.
Ha dicho que el arte no debe dejarse arrastrar por las modas ni por el mercado, como una barca en medio de una tormenta. ¿Cómo logró mantenerse fiel a esa dirección interior durante tantos años?
Uno tiene que seguir el ritmo de las olas. Si la ola subes, subes. Si baja, bajas. Pero no puedes dejar que lo superficial dañe lo espiritual. Hay que tener un ancla. Pero que crece. Que profundo.
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