Tantas y constantes explicaciones sobre lo que degustarán y tantas instrucciones para explicarles cómo comer los dieciocho platillos que les servirán, evitan que Héctor no cierre la venta de una escultura etrusca de mármol del siglo III aC a un importante productor de cine venido expresamente de Nueva York a Barcelona. Demasiado asqueados han quedado con tantas interrupciones…
La historia es ficticia. Pero tiene una base real. Como el resto de relatos que conforman Anticuarios modernos (editorial Elba), de Artur Ramón (Barcelona, 1967). La adversidad de Héctor es una excusa para arremeter ferozmente contra “la exageración con que hemos ensalzado a los cocineros”, que hoy día asume un protagonismo “casi obsceno”. Es un detalle que le sirve para -junto a toda una retahíla de apuntes en otros cuentos- explicar el oficio y hacer todas las aclaraciones posibles para que se deje de considerar a los anticuarios gente oscura, casi tenebrosa.
Es Anticuarios modernos Hay ficción, sí, pero también una primera parte de ensayo donde quiere dejar las cosas claras.
¿De dónde proviene esta percepción oscura del anticuario?
De la literatura romántica y de la victoriana. Especialmente quien marca esta imagen es la literatura anglosajona, como Dickens o Walter Scott.Pero también más allá, con Balzac, los hermanos Goncourt…Descrito al anticuario como un personaje normalmente viejo y opaco, que regenta una tienda polvorienta y se dedica a engañar a la gente. Yo quiero reivindicar que esta profesión ha cambiado mucho con los años y que no somos así.
Los grandes cocineros
“Me molesta la retórica de la gastronomía de hoy día, porque es pura impostura”
Per se, la palabra ya tiene una connotación mala…
Desde un punto de vista mediático se usa siempre que sucede algo malos, es decir, cuando hay expolios, robos, etcétera. En cambio, cuando se hacen bien las cosas –descubrir piezas, llevarlas a los museos, hacer exposiciones–, nunca se habla. Reivindico un equilibrio. Es verdad que hay cosas oscuras, como en todas las profesiones, pero explicamos también todo lo que es luminoso, por favor.
¿Escribir? Anticuarios modernos ¿Ha sido un ejercicio de reivindicación o de rebeldía?
Las dos cosas. El libro nace con la voluntad de explicar mi mundo, jugando con la frontera entre la ficción y la realidad. Teniendo en cuenta que la realidad no la puedo explicar por secreto profesional, pero pasándola por el filtro de la narración, las historias que explícitas tienen una base real.
¿Pero cómo puede discernir el lector lo real de lo ficcionado?
Son historias que he vivido o que las he conocido de muy cerca. Tienen una base real. Ahora bien, hay momentos que juego con la imaginación. Me sirve para hacer crítica, por ejemplo, a ciertos personajes de mi profesión que se creen que son más de lo que son y que tienen una soberbia o un ego tremendos.
¿Y hay envidias dentro del colectivo?
Siempre las hay. Pero en Barcelona, desde hace unos veinte años, hay una nueva generación de anticuarios jóvenes que cerramos filas con los de la vieja escuela. Y se ha creado un ecosistema impresionante de muy buen rollo. En la generación anterior, en la de mi padre –yo la he vivido– se mataban. Ahora hacemos lobby y nos ayudamos incluso con las compras.
¿Qué piensa de los copistas o de los falsificadores como Beltracchi?
Mientras el arte tenga un valor de cambio potente, habrá gente que querrá sacar provecho de manera ilícita. Son los personajes más egocentristas del mundo, porque van diciendo que tienen copias en todos los museos, y lo que dicen lo tenemos que rebajar a más de la mitad.
Trato con compañeros
“Siempre hay envidias en la profesión, pero en Barcelona nos ayudamos y hemos hecho lobby”
¿Tragarse una falsificación es la mayor desazón del anticuario?
Hay tres cuestiones que siempre preocupan: el origen –que no sean obras robadas o expoliadas, por ejemplo, durante la Segunda Guerra Mundial–, las falsificaciones y el contrabando, es decir, aquellas obras que no pasan los permisos de exportación.
Es el cazador recrimina a los que dicen que un Miró lo puede pintar un niño.
Son gente que no entiende, porque es un tema más abstracto o más conceptual.
Pero quizás hay que entenderlos. Son gente que cuando entran en la Fundación Miró se encuentran expuestos un cuadro enorme pintado de blanco ya un lado un punto azul muy pequeño sin muchas explicaciones…
Tienes que ir al arte con los ojos limpios, totalmente limpios, sin prejuicios, y ser muy receptivo, mirar, mirar, mirar y después leer, intelectualizar la mirada. Estudia Miró, cómo empieza en Montroig, dentro de un realismo un poco naif, cómo evoluciona, cómo construye un lenguaje de signos propio, cómo se va depurando, cómo quiere destruir la pintura y llega hasta aquí.
Dice usted que ser coleccionista es ir contra los vientos.
Porque nos han vendido una especie de apología de las experiencias, de las emociones, de los viajes. Hay en paralelo una desmaterialización de la cultura, es decir, que parece que todo eso de coleccionar forma parte del pasado. Hay un desprestigio del pasado. El coleccionismo requiere unos tiempos, una concentración, una profundización y una pasión que no casa con la sociedad de hoy, hiperbólica, rápida, epidérmica, en la que las imágenes pasan a doscientos por hora.
Es La pantera etrusca arremete contra “la retórica gastronómica” de hoy día.
Hace mucho tiempo que se están promocionando mucho los sentidos y las emociones por encima del conocimiento, de la cultura y de las cosas tangibles. Porque con las emociones no tienes que hacer muchos esfuerzos para vivirlas. Y aquí está este tema de la gastronomía que, a veces y en ciertos aspectos, creo que es una pura impostura, sobre todo porque me molesta la retórica que gastan hoy día.
¿Por qué?
Que en un restaurante cada cinco minutos te vengan a interrumpir absurdamente para explicarte qué estás comiendo y cómo te lo tienes que comer… me parece que nos hemos pasado de lo que es razonable. Es La pantera etruscaun arqueólogo está ante una venta importantísima y no la puede cerrar porque ha escogido mal el lugar para lleva a ese señor y cliente y les interrumpen constantemente.Entendiendo que la gastronomía es importante y que puede ser algo excelso, discutiríamos si es arte o no es arte, pero me molesta esta retórica porque creo que es como una rama del arte contemporáneo que no me interesa nada. Además, estamos situando arriba del todo de la pirámide social a los cocineros y los futbolistas, en vez de poetas, los artistas, los filósofos, los científicos, el conocimiento. Eso dice mucho de nuestra sociedad.
“Barcelona, esa ciudad del este de Manhattan donde se confunde el arte con la cocina”, llega a decir usted.
Barcelona hace tiempo que vive este fenómeno de la gastronomía. Entiendo que tiene una potencia económica importante porque es una industria. Pero no puede ser que cuando el Govern de la Generalitat se va a Japón muestre Barcelona a través de la cocina. Básicamente, porque la cocina forma parte de la cultura, no lo niego, pero no es toda la cultura. ¿Qué pasa con los músicos? ¿Qué pasa con los científicos? He llegado a escuchar que algunos de los cocineros están al nivel de Picasso… ¿Pero hemos perdido el juicio?
Aborda también usted las supersticiones de los anticuarios.
Es casi ancestral. Yo tengo unas cuantas: me levanto dando tres golpecitos con el pie derecho cada día. Hay un lugar que tengo que es talismàtico… cuando nació mis hijos o ante una venta importante he ido allí: hay una puertecita detrás del Palau de la Música que tiene dos agujeros, como una huella, y meto dos dedos y eso me da… También miro mucho las matrículas: cuando voy en moto y paro ante un coche, miro la matrícula, y si suma 21 es un buen día.
¿Qué consejos daría para ir a pujar en una subasta?
Nunca te dejes llevar por el ambiente y el momento. Tienes que ir con un precio ya determinado. No puedes ir y pensar: bueno, ya veremos qué precio. ¿Por qué? Porque te puedes arruinar. Y otra cosa: es muy importante ser discreto. Pujamos como si pidiéramos un taxi. No, no hace falta. Tienes que pasar desapercibido y tener una relación visual con el subastador y él ya verá cada vez que pujas.
¿Los Encants del Rastro?
Los dos son mercados interesantes, donde muere todo aquello que decimos que no interesa. Son como los cementerios de la memoria, por lo tanto tienen ese punto nostálgico. El Rastro tiene un poco más de solera. ¡Además, en el Rastro compro más fácilmente porque no me conocen!

