Dos hermanos, un hombre y una mujer, viajan en coche tras enterrar a quien fue el mayor de los tres. Les acompaña un gato, el del fallecido, que se escapa y al que persiguen, como si fuera el conejo de Alicia, además de un futuro lleno de incertezas. Procesar una pérdida no es fácil, y menos si se trata de alguien tan cercano. Puede parecer una obviedad, pero Fernanda García Lao (Mendoza, Argentina, 1966) retrata estos momentos en su nueva novela, Estacion Saturno (Candaya) con el arte que la caracteriza y con altas dosis de extrañamiento. Este último es el sentimiento que quiere despertar en los lectores ya que está convencido de que “están preparados para leer otras cosas menos conservadoras”, asegura reclinada en el sillón de su casa en Barcelona.
García Lao reside en la capital catalana desde 2022, con el miedo de la pandemia todavía en las entrañas, aunque el inicio de esta le pilló en Argentina. “Por en medio me mudé a Praga, porque ahí estaban mis dos hijas. En todo este proceso yo estaba escribiendo esta novela y creo que se nota todo este movimiento, no solo por el viaje en coche de los hermanos, sino por todo lo que les ocurre después”, explica.
Los lectores están preparados para leer otras cosas menos conservadoras”
Si es que la viaje por carretera novelística recala en un hotel, el Tianqui, de lo más singular. Lo regentan diversas mujeres asiáticas que parecen réplicas de unas de otras. “Hay algo en el doble que me fascina”, admite la autora, que en novelas anteriores ya ha puesto en primera línea a gemelos y siameses. “Imagino que me recuerdan a la vida contemporánea de este siglo XXI repleta de avatares, con nombres inventados en apps y redes y con fotos que no corresponden a la realidad. Hay dos versiones de cada persona, la que somos y la que mostramos”.
Pero, más allá del personal y de los huéspedes, todas las parejas, si hay algo que llama la atención a los hermanos es la arquitectura imposible del edificio y lo que a su alrededor ocurre: avistamientos de ovnis, prostitución forzada, masturbaciones en comunidad… por no hablar de que el tiempo y las reglas espaciales no parecen cumplirse.
¿Y el título, a qué se debe? “Saturno fue una estación ferroviaria, deshabilitada en 1977 por orden del ministerio de obras y servicios públicos de la dictadura. En ese lugar sucede otra muerte antes de que se inicie el relato: la del padre de los protagonistas, que se empujó a las vías justo cuando pasaba el tren, un día antes de que el lugar se clausurara. Ellos no pueden evitar pensar que, de haberlo hecho unas horas más tarde, él seguiría vivo”.
Desde el cierre de la estación, los vecinos empezaron un documental encuentros con esferas danzantes y huellas que amanecían sin dueño y que, de un modo u otro, se incorporan en la trama. ¿Fantasmas? ¿Extraterrestres? “Seguramente lo segundo. O eso aseguraban quienes vivían allí. Me gusta pensar que fueron ellos”, sonríe. Y eso se debe a que ella misma, durante mucho tiempo, quién sabe si también hoy, se sintió uno de ellos. “A los diez años, mi mundo cambió al dejar Argentina para mudarme a Madrid. Más allá de lo que conlleva cambiar de escuela, de amigos y de lo cotidiano, lo que verdaderamente me perturbó fue el cielo, pues no era el mismo ya que no reconocía las mismas estrellas. A partir de ese momento, entendí que era una extranjera y empecé a mirar el mundo como tal”.
A los diez años, mi mundo cambió al dejar Argentina para mudarme a Madrid. El cielo no era el mismo”
Una sensación similar experimentó al regresar a Argentina, “pues tampoco reconocía el lugar y yo llegué sin saber vocear y hablando con la z. No era ni de un lado ni de otro. Pero esa condición permanente de extranjera me ha permitido ver siempre todo con mayor claridad”, admite la escritora, que asegura tratar de ver siempre el lado positivo de las cosas, incluso en los momentos más oscuros. Del caos extrae siempre una trama y de lo menos visible, a menudo, una obra de arte. No hay más que ver en su casa el pequeño museo que ha improvisado en su pasillo, repleto de cuadros y donde resalta el busto de un maniquí rescatado de la basura, reconvertido en una verdadera escultura. Un decorado muy teatral, lo que denota que ella viene de allí.
“Siempre pensé que iba a dedicarme en exclusiva al teatro. Hice algunas obras pero pronto vi que era un mundo más inestable de lo que percibía. Me muevo bien en la inestabilidad, pero hay que poder encontrar un mínimo equilibrio y este lo he alcanzado, pero en la literatura. Espero que dure por muchos años”, concluye.

