Puedes cerrar un espacio creyendo que lo protege, pero quizás no cuentas con que el mal puede venir también de dentro. Esa es una de las hipótesis con que Laia Vilaseca (Barcelona, 1981) trabajó en su última novela, L’udol de l’aigua (Rosa dels Vents, en castellano, El aullido del agua en Suma de Letras).
El espacio es la reserva del delta del Llobregat, especialmente el entorno de la Ricarda, en el libro La Ferrera, donde una mañana se encuentra el cadáver de una chica, hija de los masoveros y la mejor amiga de la hija de uno de los propietarios, Mateu Domènech, que cree que el asesinato es un aviso para que venda los terrenos para la ampliación del aeropuerto. A partir de aquí, Vilaseca intercala varios subtramas trágicos, siempre con mujeres como víctimas en el mismo espacio y en tiempos diferentes, en paralelo con la principal. “Han pasado 30 años, se dice que hemos avanzado mucho, pero quizás no tanto, hay un sistema que sistemáticamente inflige dolor y afecta a la vida de las mujeres”, asegura la escritora.
Vilaseca, hija de El Prat, tenía claro el espacio desde el principio: “Tenía que hacer algo sobre el lugar donde nací, y con la ampliación del aeropuerto vi que era importante hablar de esto. La reserva es una burbuja, pero, como mmuchos vecinos, no la conocía y no me hacía idea de la magnitud de este espacio, sobre todo de la zona privada, y después de visitarla lo vi claro”. “¿Dónde está el mal, dentro, fuera o en los dos sitios?”, se preguntó. Es una cuestión de límites, y no estrictamente geográficas: “Un día salieron tres hombres con corbata y dijeron que se haría la ampliación. Es la tercera vez que la gente de El Prat pasa por este anuncio, y no puede ser. Aquí hay una línea que recomendamos entre todos, es un espacio protegido. ¿Cómo pueden decir que se puede sobrepasar esa línea y no se escandalice a nadie? Le están diciendo a la población que depende de quién seas y en nombre de qué lo hagas hay líneas que no hay que respetar, y pensé que es lo mismo que a menudo pasa con líneas psicológicas o físicas, como el cuerpo de una mujer. La ampliación para mí simboliza el cemento y el avance de este cáncer que es el capitalismo feroz, y va muy ligado al patriarcado, de modo que yo en la reserva del delta veía un reducto de lucha feminista y anticapitalista”.
Así, “en la reserva hay generaciones de mujeres que han visto vulnerados de manera sistemática sus límites, de manera psicológica o física, y quería trabajarlo con una novela de entretenimiento, porque no deja de ser una novela negra”. Para ella, significa que no es solo un asesinato que hay que resolver: “Eso es solo un pretexto, hay ciertas convenciones que me van muy bien, pero la sustancia la puedes encontrar tanto en una novela negra o sin género, o en un ensayo. Desde un microcosmos, intento explicar una preocupación social, y pongo la lupa”.
“Hay un sistema que sistemáticamente inflige dolor y afecta a la vida de las mujeres”, asegura la escritora
Entre estas convenciones está el investigador, aquí sobre todo el detective Levy, que recupera de dos obras anteriores, pero su papel no es tan central –“sobre todo, no molesta, y eso a veces en un hombre ya es mucho”, dice–, y la resolución de los crímenes acaba siendo coral, como un juego cooperativo, aquí secundario por la policía, una podcastera de sucesos, un mago caído en desgracia, e incluso… ¡una loba! “Añade un punto fantástico o de fábula, que es como muchas veces hemos tenido contacto con estos animales fantásticos. Mujeres que corren con los lobos (el clásico de Clarisa Pinkola Estés) y tenía la figura del lobo muy presente. Los lobos y las mujeres nos parecemos mucho, funcionamos de manera muy cooperativa y somos un problema para algunos hombres que quieren aniquilarnos. Además, dentro de la trama establece una especie de círculo de justicia”, explica la autora, que también toca temas como la lealtad, el destino al que por familia estamos enfocados o la adicción a las drogas: “En El Prat vivía muy cerca de Sant Cosme y soy hija de los años ochenta. Delante de casa había un edificio a medio acabar con gente enganchada gritando cada noche. Las drogas muchas veces son una explicación para tonterías que hace la gente, pero es algo muy complicado de gestionar, además de que a menudo se criminaliza la gente que tiene adicciones”.
A lo largo de la trama, da voz a muchos personajes con sombras que podrían ser el asesino, porque “hay mucha gente que tendría motivaciones para hacer ciertas cosas, pero unos escogen hacerlas y otros no”, dice, pero además, tiene claro que “todos cometemos errores, pero lo que es importante es lo que uno hace después. Todos nos equivocaremos en la vida y está bien que lo entendamos, que lo aceptamos, que sepamos pedir perdón y nos responsabilicemos. Aquí hay gente que no asumimos su responsabilidad, que piensa que con dinero e influencia se puede tapar todo, y eso de hecho lo vemos en la realidad de cada día”.

