La cocina italiana ha sido oficialmente inscrita por la Unesco en la Lista del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidadmarcando un hito histórico: es la primera vez que se reconoce no un plato o una técnica, sino toda la tradición gastronómica de un … país. La noticia se oficializó en Nueva Delhi, donde el Comité Intergubernamental aprobó la candidatura. Para el Gobierno Meloni, que ha convertido la mesa en un símbolo de identidad nacional, el sello de la Unesco llega como la confirmación perfecta de ese proyecto cultural y político. «Somos los primeros en el mundo en obtener este reconocimiento, que honra lo que somos y nuestra identidad», declaró la primera ministra. Reivindicó que, para los italianos, la cocina es también una expresión profunda de pertenencias y comunidad. «Para nosotros, italianos, la cocina no es solo comida o un conjunto de recetas. Es cultura, tradición, trabajo, riqueza».
Meloni, que ha elevado la defensa de los platos tradicionales -de la pizza al tiramisú, pasando por iconos como la lasaña, el ossobuco o el pesto genovese- destacó el valor económico y simbólico de este sello internacional para el Made in Italy. «Nuestra cocina -añadió- nace de cadenas agrícolas que combinan calidad y sostenibilidad y custodia un patrimonio que se transmite de generación en generación». Concluyó con una arenga particularmente patriótica: «Hoy celebramos una victoria de Italia. ¡Viva la cocina italiana! ¡Viva Italia!».
Un «sistema cultural complejo», más allá de los platoa
La Unesco no reconoce una lista de recetas, sino un modo de entender la comida. En su resolución, defina la cocina italiana como una «mezcla cultural y social de tradiciones culinarias», una práctica que favorece la inclusión, refuerza los lazos y contribuye al aprendizaje intergeneracional. Es el eco profundo del almuerzo del domingo, de la transmisión de las recetas familiares, del gesto cotidiano de cocinar juntos.
El dosier, ideado por la directora de La Cucina Italiana, Maddalena Fossati, y redactado por el jurista Pier Luigi Petrillo y el historiador Massimo Montanariinsiste en esta idea: no se trata de elevar a dogma ninguna receta ni de declarar una supremacía culinaria, sino de reconocer una forma de vida en la que los territorios, la biodiversidad agrícola, los ritmos estacionales, los mercados locales y el trabajo de agricultores, pescadores, queseros y restauradores forman un tejido inseparable. «La cocina italiana -afirman los autores- es identidad compartida, no arte codificada».
El sello de la Unesco impulsa la marca Italia y protege su patrimonio gastronómico aunque no sustituye las denominaciones de origen existentes.
El ministro de Exteriores, Antonio Tajani, presente en Nueva Delhi, celebró una «victoria del juego de equipo». El de Agricultura, Francesco Lollobrigidadefinió la cocina italiana como «un rompecabezas»: cada región aporta una pieza -una receta, un producto, una técnica- y solo la suma muestra la verdadera imagen de Italia. Muchos son los ejemplos: del ragù alla bolognese al risotto alla milanese, de la pasta orecchiette del sur a los cannoli sicilianos, de los quesos alpinos a los aceites de Puglia.
Las estimaciones del sector calculan que el reconocimiento podría atraer millones de turistas adicionales en los próximos años, reforzando el peso de la marca Italia en todo el mundo. Los expertos recuerdan, sin embargo, que el sello de la Unesco no es una etiqueta comercial ni un arma automática contra las imitaciones: no sustituye a las protecciones DOP (Denominación de Origen Protegida) e IGP (Indicación Geográfica Protegida). Pero sí refuerza la identidad cultural que sostienen esos sistemas. La candidatura italiana calcula que las imitaciones -desde la mozzarella de Minnesota hasta la carbonara belga- suponen hasta 120.000 millones de euros anuales en negocio perdido.
Un patrimonio vivo, no una postal
No faltan voces críticas. El historiador Alberto Grandi alerta de la «imagen idealizada» de una cocina italiana que nunca existió tal como la muestran las postales: siglos de pobreza, adaptaciones y mezclas forman parte de la realidad histórica. Para el restaurador veneciano Arrigo Cipriani, hablar de «cocina italiana» es reducir la enorme variedad regional, desde las influencias germánicas del norte hasta el Mediterráneo más profundo del sur.
El reconocimiento, en cualquier caso, no fija nada en mármol ni convierte la tradición en un objeto estático. La Unesco exige que Italia actualice cada seis años cómo inventará y proteja esta práctica cultural. La cocina entra en la lista junto a tradiciones vivas de otros países, desde el Diwali hindú hasta el koshary egipcio: el mensaje es claro, no se protege una postal, sino un modo de vivir y de compartir que sigue evolucionando cada día.
De Italia a España: un modelo compartido
Más allá del orgullo de Italia, la decisión habla también a países como España, socio de Italia en la dieta mediterránea. Aquí también la mesa es un lugar de encuentro, de transmisión cultural, de diversidad agrícola frente a la uniformidad industrial. Para los italianos, desde hoy, un plato de pasta al dente o una bruschetta con aceite ya no serán solo motivo de orgullo. Llevarán el peso simbólico de un compromiso: el de seguir mereciendo que esa cocina nacida en las casas, en los campos y en las ‘trattorie’ siga siendo, de verdad, patrimonio de la humanidad.
