«Calles desiertas… La gente se refugia en el Metro. Es un invierno para encerrarse en casa y cultivar un gran amor o escribir un gran libro como esa ‘Nuestra Señora’, que Víctor Hugo escribió en un invierno como este…». Madrid en ese año de … [1945conlaexpectativadelfinaldelaSegundaGuerraMundialylavictoriadelosaliadoseslacapitaldelassombrasynadiecomoCansinosAssens(1882-1964)loharetratadoasí
Uno de los más profundos conocedores de su obra, Andrés Trapiello, lo ha dejado tan claro como el agua clara: «Nadie como Cansinos ha contado los años cuarenta«. Es el Madrid del frío y las restricciones. Una ciudad en sombra por la que deambulan sombras. Y perdido en la niebla del Retiro, el recuerdo de los años pasados, de las gentes conocidas en el pasado, de los que ya no estarán, de los que están lejos, y vete a saber si algún día volverán, y de los escondidos de sí mismos -Cansinos es uno de ellos- en los que el miedo configura la realidad. La interpreta y la define.
La posguerra de los años cuarenta es el tiempo del miedo. En este retrato íntimo, pocas alusiones al mundo literario, muy al contrario de su obra maestra, ‘La novela de un literato’, auténtica y manual decisivo de la historia literaria española de las tres primeras décadas del siglo XX. Aquí es el retrato desolador, condenadamente irónico, con esa ironía de raigambre cervantina que Cansinos exhibe con la discreción de quien recuerda futuros días de gloria, para contar la desolación, el derrumbamiento.
Una melancolía que produce tantos escalofríos como la nieve sucia que cae sobre Madrid. Cansinos es un «paseandero», alguien que recorre Madrid en busca de sombras, de nombres, de apariciones fantasmales, no ya en busca de un tiempo perdido, sino al encuentro de un tiempo derrotadoaniquilado. Como hombre de su tiempo, y su tiempo fue antes de la Guerra Civil, el tiempo de 1945 es el tiempo de la sobrevivencia: «¿A quién se dirige esa imploración que proyectan en los cines con una estampa de un monstruo inclasificable? ¿Salvad la cultura europea del furor destructivo de la horada bolchevique? ¡Nosotros no tenemos tiempo más que para rascarnos los sabañones ¡Y come pipas!».
No hay épica. Sin Quijotes, solo quedan Sanchos. Lo de Cansinos es más que un exilio interior
No hay épica. Sin Quijotes, solo quedan Sanchos. Lo de Cansinos es más que un exilio interior, refugiadojunto a su hermana, y la evocación constante de su novia Josefina, en la casa de Menéndez Pelayo y los solitarios recorridos por un Madrid ni sombra de lo que era.
«¡Qué dolor de esta España imperial!». Pero ama Madrid, porque Madrid, con sus personajes erráticos y vencidosunos por la Guerra, otros por ellos mismos, es la protagonista de las más de quinientas páginas. Un escenario en el que se desenvuelven sombras, terribles, cadavéricas. Queda lo escrito, y Cansinos escribe para él, como advertiría Cesare Pavese: «La literatura es una defensa contra las ofensas de la vida«. Y han sido tantas las ofensas.
Afianza la memoria. La memoria es todo lo que tenemos, lo que da sentido y razón a lo vivido. Los trazos, los perfiles, las historias, las situaciones, las circunstancias, los momentos, las conversaciones -en los cafés, en la calle, en el Retiro, en las escaleras- son retratos demoledoresconmueven y emocionan en su discreción, en su sencilla narración. Y, junto al Metro y el Café, el otro refugio contra el frío y el presente: el cine: «Qué maravilla el cine. Poder ver y oír en la pantalla del Ave María a Jascha Heifetz, el famoso violinista judío, que arranca al violín las fabulosas melodías de su milenario subconsciente racial».
Ráfagas de erotismo, absolutamente elegantes, se cuelan en las páginas
Cansinos sigue con distancia las noticias, sesgadas, que se dan de los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial, de las especulaciones sobre una posible invasión de España por parte de los aliados, de la acogida de nazis y fascistas en la España franquista, huidos de lo que parece una derrota inapelable, de la muerte, fatal, irremisible, de Josefina en 1946, de las ráfagas de erotismo, absolutamente elegante, que se cuelan en las páginas, como la evocación del mundo de ayer, ante un presente inmisericorde y ramplón.
Este Madrid con la dureza de un clima continental, de una Castilla que le permite escribir: «Los hombres de Castilla -le dije una vez a Josefina-, si son sensibles miran al cielo y se vuelven místicos; y llegan a santos. Y si son duros, se hacen guerreros y se van a conquistar otras tierras más bellas y benignas. Y esos son los héroes.»
Cansinos es la presencia constante del insoslayable, e implacable paso del tiempo. Él sí que escribe sobre el mundo de ayer. Ese que no volverá. Una España quedó arrasada con la Guerra Civillo que vino después fue otra cosa: «¡Qué lástima que los espejos no tengan memoria!», porque es plenamente consciente de que: «Vamos llegando a la alto mar de la ausenciasemejante a la del olvido.»
Espléndida edición, a cargo de Rafael Cansinos Galán, en la que las notas a pie de página podrían ser, son, un volumen complementario. Este ‘Diario’ se completa con ‘La rueda del destino y otros poemas’ (Árdora Ediciones, 1999) y con el ‘Apéndice de una Antología de Poemas’ escritos entre los años de 1936 y 1964, con un estudio espléndido de Carlos Eugenio López. Cansinos en estos dos años es un paseante perdido entre los cines, los cafés, las verbenas, las restricciones, el frío, la primavera del Retiro en un Madrid de espectros y este libro es, será, un monumento literario de extraordinario valor no ya para la literatura en español, sino para la propia historia de España. Pocos como él.
