Mientras en la FIL de Guadalajara, que ha terminado hace unas semanas (con Barcelona como ciudad invitada), los autores se empujaban en la sala VIP del aeropuerto con el ‘boarding pass’ en la mano -clase business, que paga papá Estado-, en una esquina noble … y silenciosos de barcelona, una librería cumple cien años. Pocos se molestan en celebrarlo.
La Herder -Alibri, si se prefiere el nombre nuevo- cumple un siglo. Cien años de libros, de estantes repletas que resisten, de ediciones en latín, griego, alemán, catalán y castellano. Cien años de lectores callados, de profesores con bufanda y pipa, de estudiantes universitarios que se encontraban aquí -en esta librería alemana enclavada en tierra catalana- los textos que explican de donde venimos. Y por qué no deberíamos andar tan sobrados.
Porque allí siguen estando. En una enorme sala (paraíso terrestre para esta mujer que besó a Virgilio), se apilan las obras completas de Platón, Aristóteles, Cicerón, Catulo, Ovidio. Las ediciones de Gredos, las bilingües de Akal, las asombrosas de Blackie Books, las serenas versiones de Alianza. Tragedias, elegías, tratados, epopeyas. La ‘Eneida’ en cuatro tomos, con su hexámetro limpio, esperando a que el héroe acuda puntual a leer en voz baja, para Nausicaa, aquellos versos perfectos: «Nox atra cava circumvolat umbra». Cualquier cosa puede ocurrir en una librería así.
Hace apenas tres años -2022-, esta librería mítica estuvo a punto de cerrar. Apenas nadie salió a defenderla. Solo unos pocos sabían lo que se perdió. Y entonces -milagro editorial- apareció Librescouna empresa con acento inglés y alma lectora, compró lo que otros habrían dejado morir en paz. Librería alemana, salvada por ingleses, abandonada por sus propios. Barcelona cosmopolita, sí, pero no en el sentido romántico del término. Más bien una melancolía de ciudad que fue, y que ahora no sabe si sigue siéndolo.
Mientras tanto, en Guadalajara, se brindó por «el futuro del libro», pero nadie mencionó que sin Herder y su fondo clásicosin esa biblioteca callada de calle Balmes, media literatura española no existiría. Y, aun así -contra todo- ahí sigue. Con sus cien años. Con su madera crujiente y sus libros ordenados por lenguas muertas que hablan mejor que muchos vivos.
