Si alguien se dispone a llamar a una empresa que ofrezca el servicio de revisión de calderas, es posible que confirmen que la cantidad de asistencias en este último mes ha subido. La mayoría atribuirá este hecho a que estamos en pleno invierno, pero es más que probable que algunos de esos exámenes para comprobar que todo esté bien se deban a oxigeno (Alfaguara), el nuevo libro de Marta Jiménez Serrano. Así se lo han hecho saber muchos lectores a la escritora. Más de uno le ha confesado no sentirse del todo seguro en casa y que respirarían más tranquilos si venía un técnico que supervisara que todo estaba en orden.
A Jiménez Serrano no le han hecho falta más que 160 páginas para explicar a todo el mundo su experiencia más cercana a la muerte. Era noviembre de 2020, todavía quedaban unos pocos meses para que publicara su primera novela, Los nombres propios (Sexto Piso), cuando su caldera tuvo una fuga. El monóxido de carbono les fue adormeciendo, tanto a ella como a su entonces pareja, el escritor Juan Gómez Bárcena, hasta que, finalmente, ella cayó desplomada y se golpeó la cabeza. “Supe qué es estar muriéndose”, admite, primero en su libro, y, luego, por teléfono, a La Vanguardia pues esta es una frase que se repite más a menudo de lo que le gustaría desde entonces.
“El incidente de la caldera no es universal, pero sí lo es la relación con la muerte”, explica la autora, que cree que es precisamente esa universalidad la que ha ayudado a que el libro haya alcanzado la tercera edición en tan solo una semana. Un éxito que le costaba imaginar. “Es más, nunca imaginé que este libro fuera a ver la luz, cuando lo planteaba. Era un tema muy brutal para mí, aunque al final, el verbalizarlo, tanto de forma escrita como oral ahora durante la promoción, ha conseguido que sea sanador. Eso sí, hay que tener en cuenta que, muchas veces, sanar duele”, admite.
Más allá de narrar algo tan complejo como su ‘casi muerte’, Jiménez Serrano se ha enfrentado durante su escritura a otros retos. “El primero de ello es que todo el mundo ya sabía el final. Yo soy la narradora, y estoy viva. Por lo tanto, toda yo soy un spoiler . Tuve qué medir muy bien como mantener la tensión y el interés para que el lector quisiera seguir leyendo. Por eso, el libro tiene un tono íntimo y de secreto. Cuento una experiencia terrible para mí, pero, aunque sea para mal, importante en mi vida porque me ha marcado”.
No tengo recuerdo alguno de lo que ocurrió en el clímax de la historia, ya que estaba inconsciente”
Otro de los desafíos –avanza – es que “no tengo recuerdo alguno de qué ocurrió en el clímax de la historia, ya que estaba inconsciente. ¿Qué sucedió exactamente? ¿Qué dijo Juan? ¿Cómo me recibieron los enfermeros? No tengo idea”. Es por ello que, más allá de contar su propia vivencia y sensaciones, la escritora ha tenido que realizar un ejercicio previo de documentación. “He entrevistado tanto a Juan como al médico personal que me atendió. Y, aún así, hay instantes que cuestan reconstruir, porque no hay nadie que tenga constancia y, también, porque la memoria es tramposa y fragmentaria. Hay cosas que creemos recordar y, tal vez, las ha elaborado nuestro cerebro”.
Si una cosa queda clara y que se repite en más de una ocasión en su texto la autora es que “la llama de la caldera tiene que ser de color azul. La mía supe luego que era amarilla. Un color que, de niños, cuando pintamos el fuego, empleamos, sin realmente saber los peligros que una simple tonalidad puede acarrear”. En todo caso –asegura– “cuando llegas a una nueva vivienda, esperas que todo esté bajo un control y unos mínimos. Pero parece que vivimos en la era de la precariedad. Está a la orden del día”.
Si hay algo que evidencia oxigeno (Alfaguara), el nuevo libro de Marta Jiménez Serrano, en el que narra su intoxicación por monóxido de carbono tras una fuga de la caldera, es la precariedad. No son pocas las veces que la autora hace referencia a la dejadez de su entonces casera ante las responsabilidades de la vivienda. “Cuando firmamos un contrato de alquiler, no hay más que fijarse en las obligaciones de los caseros, que apenas son una o dos líneas, y la de los inquilinos, que muchas veces son infinitas: no tener mascotas, no hacer agujeros, marcharse con poco margen si el propietario necesita el piso…”.
Jiménez Serrano anhela aquellos lejanos años en los que existía el llamado mes de carencia, “que te permitía no pagar el primer mes de alquiler porque se entendía que era el que te estabas mudando y, por tanto, no podías disfrutar todavía de tu casa. ¿Qué ha quedado de estos derechos? ¿Podemos llamar hogar a un lugar en el que no nos dejan ni siquiera colgar un cuadro?
