Se abre el telón en el Royal Opera House y unas olas sacuden el escenario. Se oyen campanas que evocan a un funeral y una voz. «Las palabras, las palabras inglesas, están naturalmente llenas de ecos, recuerdos y asociaciones. Han estado circulando en los labios … de la gente, en nuestras casas, en las calles, en los campos, durante tantos siglos. Y esa es una de las principales dificultades para escribir hoy en día. Están cargadas de otros significados, de otros recuerdos, y han contraído tantos matrimonios célebres en el pasado. La espléndida palabra ‘encarnadina’, por ejemplo, ¿quién puede usarla sin recordar los innumerables yeguas?». Es la voz de Virginia Woolf, que rompe un silencio sepulcral junto al movimiento de una bailarina: Natalia Osipova. Se trata de ‘Woolf Works’, el ballet de Wayne McGregor creado especialmente para el Royal Ballet, que se emite el 9 de febrero en cines de toda España bajo la distribución de Versión Digital.
Si poner voz a las palabras es difícil, darles movimiento lo es aún más. Es un riesgo y al mismo tiempo una necesidad. O al menos, eso es lo que significa para McGregor, su coreógrafo, este proyecto. Con él, no pretendo hacer una adaptación literal de una novela concreta ni una biografía lineal, sino más bien una especie de retrato artístico y sensorial del mundo de Woolf, construida a partir de tres de sus obras más importantes: ‘Mrs Dalloway’, ‘Orlando’ y ‘Las olas’. «El ballet es famoso por contar historias. Teníamos que hacerlo», asegura Kevin O’Hare, director del Royal Ballet, a ABC.
En lugar de adaptar literalmente los argumentos, intenta capturar cómo Woolf veía el mundo: la memoria, el paso del tiempo, la identidad, la mente humana, la muerte y la forma en que vivimos nuestras experiencias interiores o la conciencia a través de la música de Max Richter. «Su materia de trabajo es una especie de investigación pura sobre la naturaleza del lenguaje, la personalidad, la voz y la cuestión misma del ser. Parece que nos preguntamos constantemente: «¿Cómo podemos vivir?». Eso fue lo que me atrajo de forma obsesiva a su escritura cuando tenía poco más de veinte años y por eso me entusiasmé tanto cuando Wayne McGregor, en el Royal Ballet, me invitó a colaborar de nuevo en su nuevo ballet», dice el compositor en respuesta a ABC.
La idea de crear esta obra fue una petición expresa de Kevin O’Hare, director del Royal Ballet, al coreógrafo. Al principio, el proyecto quería contar la experiencia de un funeral, pero sin hacer un recorrido vital a un personaje desde el nacimiento hasta la muerte. Ahí toparon con ‘Las olas’ y ‘Mrs Dalloway’. «Es un asalto total y una colisión de los sentidos. Para mí es más interesante coreografiar y diseñar la pieza con el espíritu de la escritura de Woolf, en un flujo de conciencia que se despliega, que hacer una traducción literal de las narrativas de las novelas», asegura McGregor.
Electricidad y La Folia
Para este proyecto, la música era esencial para adentrarse mejor en las palabras de Woolf y al mismo tiempo en su mundo. «Está claro que las tres novelas son universos distintos, cada uno de los cuales necesita su propia gramática musical coherente, y sin embargo el ballet debía mantenerse unido, tener una huella musical global que encarnara la voz de la autora en sus múltiples facetas. Encontrar una manera de reconciliar estas exigencias fue la cuestión fundamental», indica Richter. Trabajando mano a mano durante todo el proceso, y mientras McGregor iba coreografiando, Richter componía.
Por eso, el primer acto ‘I now, I then’, inspirado en ‘Mrs Dalloway’, se adentra en el territorio de la memoria y del tiempo vivido. No sigue el argumento de la novela de forma literal, sino que reproduce su estructura emocional: el presente como un espacio frágil, constantemente invadido por recuerdos, deseos pasados y decisiones que marcaron una vida. La coreografía plantea una coexistencia de tiempos: lo que somos ahora y lo que fuimos entonces. Los personajes aparecen como figuras que se cruzan, se rozan o se observan desde la distancia, como si el pasado no dejaráa nunca de acompañarles. «La música de esta pieza surge de la nada. Tiene un fragmento muy simple y pequeño que va creciendo con el tiempo. Y simplemente se convierte en una línea continua de corcheas, muy asimétrica, y luego otras músicas, a diferentes velocidades, la rodean. Es casi como ajustar el enfoque. Es como encontrarte con algo sin saber exactamente dónde lo has oído antes. Creo que ese es realmente uno de los aspectos mágicos de la novela para mí: esta idea de encontrarme con las cosas a través del tiempo», asegura Richter.
Harris Bell y Leticia Días en ‘Woolf Works’
El segundo acto es un estallido de energía, cambio y transformación. Basado en ‘Orlando’, ‘Becomings’ abandona cualquier atisbo de narración tradicional para convertirse en una celebración de la identidad como algo fluido y mutable. Aquí no hay un solo cuerpo ni una sola voz: todo está en permanente metamorfosis. El movimiento es rápido, fragmentado, a veces agresivo; los bailarines entran y salen del foco, se superponen, compiten, desaparecen. Musicalmente, Richter estructura la partitura como una serie de variaciones —inspiradas en ‘La Folia’— que dialogan con la idea de transformación constante. El tercer acto es el más abstracto. Inspirado en ‘Las olas’, se construye como un viaje interior, casi onírico, donde el tiempo deja de avanzar de forma lineal y todo se organiza en torno a ciclos, repeticiones y resonancias. La obra se abre con el sonido del mar y con la lectura de la última carta de Virginia Woolf, lo que sitúa al espectador en un espacio de reconocimiento y gravedad.
Apostar por un ballet contemporáneo completo no es algo frecuente en una compañía con un repertorio clásico tan conocido como el del Royal Ballet. El riesgo de apostar por una propuesta así era tan peligroso como atractivo. «Cuando hacemos ‘El lago de los cisnes’ o ‘Giselle’ quiero que esos ballets se vean, hasta cierto punto, como fueron concebidos originalmente. No quiero que los clásicos sean aburridos, pero cuando hacemos algo nuevo, creo que tenemos que ser todo lo audaces que podamos y empujar realmente los límites. La gente dice: «Virginia Woolf es escritora, no hay palabras, ¿cómo va a resonar eso?». Mucha gente encuentra su obra difícil de leer porque es densa, complicada, quizás demasiado intelectual. Y sin embargo, el hecho de que Wayne haya creado esta pieza la hace muy accesible», explica O’hare, director del Royal Ballet. «Recientemente vino Stanley Tucci a ver la función. Y dijo que era una de las mejores cosas que había visto nunca. Hablaba de la música, la decoración, el pensamiento detrás de todo, la coreografía, los bailarines… estaba absolutamente inmerso y no podía creérselo. Hay que creer en ello y ser valiente», añade.
Indagar en las palabras de Virginia Woolf es adentrarse en un mundo de luces, sombras y certezas: hay matices, pensamientos que se entrecruzan, emociones que emergen y se disuelven en un instante. En ‘Woolf Works’, este universo literario se traduce al movimiento mediante contrastes coreográficos que reflejan esas mismas tensiones: gestos delicados que emergen como destellos de claridad, desplazamientos abruptos que sugieren incertidumbre o confusión, y momentos de sincronía entre los bailarines que transmiten la certeza de una emoción compartida. Richter traduce la fluidez del pensamiento y la memoria al sonido mediante capas de instrumentos que se superponen, repeticiones que funcionan como eco de recuerdos y silencios que acentúan la fragilidad de ciertos momentos. Así, la música se convierte en un puente entre la escritura de Woolf y el movimiento. «Qué ser humano creativo tan brillante fue Virginia Woolf. Ha sido extraordinario tener la oportunidad de sumergirme en las cuestiones que la atormentaban, en las preguntas con las que luchó y en la calidad visionaria de las respuestas que descubrió».
