Óscar Beltrán de Otálora tiene en su haber una sólida trayectoria en el periodismo. En la actualidad es responsable de nuevas narrativas en ‘El Correo’. En 2022 debutó en la novela con ‘Tierra de furtivos’ (Destino), que obtuvo el merecido beneficio de la crítica y el público … . Ahora, regresa con ‘Déjame en las sombras’ (Espasa), que presenta este miércoles 25 a las siete de la tarde en la librería El Faro (c/ Gaztambide, 4, Madrid), en muy buena compañía: Luis Mateo Díez —Premio Cervantes 2023—, y Adolfo García Ortega.
— ¿Qué le ha impulsado a escribir ‘Déjame en las sombras’?
—Quería escribir sobre un antihéroe en los tiempos más complejos posibles. Además, me encanta la historia reciente que permanece escondida entre las páginas principales de los libros. De esa mezcla surge ‘Déjame en las sombras’. Es la historia de un derrotado de la Guerra Civil, un guerrillero heroico, que espió para los aliados en la Segunda Guerra Mundial, convertido en ladrón de joyas en la posguerra. Le encargan regresar a España para robar el dinero de los terroristas de la OEA, la Organización del Ejército Secreto. Esta última parte está basada en hechos reales, ya que este grupo terrorista francés opuestos a la independencia de Argelia se ocultaba en España en los años 60, bajo la protección del franquismo.
—En su anterior novela, ‘Tierra de furtivos’, ¿le fue de ayuda su experiencia en cubrir información sobre terrorismo?
-Si. Desde 1993 escribió sobre ETA en ‘El Correo’. En ‘Tierra de furtivos’ contaba la historia del posterrorismo, de los grupúsculos radicales que rechazaban el final de la violencia tras la disolución de la banda. Como periodista había escrito sobre algunos de ellos y conoció sus entresijos. La novela transcurre además en una atmósfera muy específica, en la que aparecen las plantaciones ilegales de marihuana, que se han extendido por toda España, y de las que también había escrito como periodista.
— ¿Cómo ha sido el proceso de documentación para ‘Déjame en las sombras’?
—Muy extenso. Deseaba construir al personaje principal y situarlo en lugares importantes de la Guerra Civil como el fuerte Carchuna, donde una operación de comando llevada a cabo por los guerrilleros de la República liberó a 300 prisioneros asturianos que construyeron un campo de aviación para los alemanes. Pero también la presencia de la OEA en España me ha supuesto un enorme trabajo de documentación. Consultó los Archivos Nacionales franceses, pero también devoró libros con testimonios de miembros de ese grupo. En su día, además, conoció a descendientes de algunos miembros de la OEA que fueron encarcelados en Francia.
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Presentación de su nuevo libro
—La actividad de la OEA en España es poco conocida…
—Ha pasado al olvido. Sin embargo, España fue la retaguardia desde la que se planearon algunos de los intentos de asesinato del general Charles de Gaulle llevados a cabo por la OEA en Francia. Algunos de sus principales dirigentes, en su mayoría procedentes de Orán, vivieron durante años en la costa mediterránea. Franco les apoyó hasta que la situación se hizo insoportable ya algunos les ayudó a huir a Sudamérica. En España se quedaron algunos que terminaron de formas muy diversas. Algunos de ellos, en la creación de los primeros grupos que llevaron a cabo la ‘guerra sucia’ contra ETA y colaboraron con los GAL. Como anécdota, Rockola, el local en el que nace La Movida madrileña, era propiedad de un turbio personaje de la OEA, ‘El gitano’.
—En su novela aparecen varios escenarios, ¿desacaría alguno?
—Por distintas circunstancias el conocido Marsella y Niza. A esta segunda ciudad viajé como periodista en 2016, tras el atentado en el que un miembro del ISIS mató a 86 personas al atropellarlas con su camión en el Paseo de los Ingleses, mientras se celebraba la fiesta del 14 de julio. Son lugares en los que se junta lo peor y lo mejor del Mediterráneo. Como sucede con Alicante, uno de los principales escenarios de la novela porque hasta allí llegaron en 1961 millas de ‘pies negros’, los ciudadanos franceses nacidos en Argelia y que huían de la independencia. Me he centrado en ese Alicante de los años 60 en los que nació el turismo que ahora conocemos todos. Y en ese desarrollo tuvieron un papel destacado muchos ‘pieds noirs’ que traían a la España franquista una modernidad desconocida para la época.
«Una de las amenazas al periodismo procede de quienes lo quieren convertir en propaganda»
—Y logra que participe de varios géneros, el ‘noir’, ‘thriller’, novela histórica, novela de espías…
—El objetivo es que el lector disfrute con las peripecias de un héroe sin saber qué va a ser de él. El ‘noir’ y el ‘thriller’, son géneros en los que hay verdaderos maestros en hacer disfrutar al lector del suspense, la emoción y el enigma. Y la novela histórica también me parece apasionante, por la posibilidad de introducirnos en un ambiente que ha desaparecido y hacerlo de una manera que resulta pedagógica, que le revela algo que quizás desconocía. Entre las frases de Luis Mateo Díez que me apasionan hay una que dice: «Estas cosas que nunca se cuentan son las que más se recuerdan, y por algo será». Creo que recuperar una historia de la que no se habla pero que sigue resonando de fondo es acceder a algo muy poderoso.
—Es lector de ‘noir’, de novela de espionaje… ¿Tiene algunos autores de referencia? ¿Le Carré…?
—John Le Carré fue un maestro. Introduce la complejidad del ser humano en la novela de espías y la elevó a unas cotas que no han sido alcanzadas. En ‘Déjame en las sombras’ también quería homenajear a Trevanian, un norteamericano que escribía con ese pseudónimo y que creó obras tan excepcionales como ‘Shibumi’, una de los ‘thrillers’ más hipnóticos del siglo pasado.
—En Juan Lecuona ha creado un gran personaje. ¿Cómo lo definiría? ¿Tiene su propio código ético? ¿Es sobre todo un superviviente?
—Es un antihéroe al que le han encargado una misión suicida y sabe que apenas tiene posibilidades de salir de la vida. Ha sido ladrón, espía y guerrillero, y en ese pasado ha descubierto que la valentía y la cobardía van de la mano. Por eso sabe utilizar la doblez humana, la mentira y la falsedad. Es lo que le ha enseñado la derrota. Se tiene que enfrentar a los miembros de la OEA, unos terroristas que se creen unos héroes y que no aceptan que ya han sido derrotados por la Historia. Ese enfrentamiento entre los vencidos por la Historia me parecía fascinante para construir la novela.
—También resulta muy sugerente Ricardo Sicre, un hombre con muchas facetas… ¿Inspirado en una figura real?
—Totalmente. Sicre fue uno de los vencidos de la República que tras una odisea increíble en la Segunda Guerra Mundial terminó trabajando para los norteamericanos como espía en el Mediterráneo. Al finalizar la contienda, desde Estados Unidos se le concedió la franquicia de la Coca Cola y el JB en España. En los 50 y los 60 se convirtió en un personaje imprescindible de la alta sociedad de la época. En su yate de Mónaco, el Ramaje, recibió a Grace Kelly, a Rainiero, a Dalí, etc… Además, era amigo de Ava Gardner, Hemingway y otros personajes imprescindibles. Es alguien a quien me hubiera gustado conocer, pero como no he tenido esa suerte lo he introducido en la novela para conocerle mejor.
—Aunque con un protagonista, su novela no tiene poco de coral. ¿Aparte de Lecuona y Sicre, destacaría algún personaje?
—Betty Lussier, la que fue la mujer de Sicre, es increíble. Era piloto de aviones, pero como no le dejaban volar en caza para luchar contra los nazis acabó siendo una espía que se especializó en buscar agentes dobles entre los alemanes. Allí conoció a Sicre. Pero también disfrutado con Meriem Beichou, aunque es una figura ficticia, representa a las mujeres argelinas que querían ser europeas y que tenían que construir su propio mundo.
— ¿Qué aporta el periodismo a la novela, a la ficción?
—El periodismo enseña muchas cosas. Entre otras, a manejar documentación, a entender el contexto de los hechos, a enfrentarse a la pluralidad de voces ante un acontecimiento. Creo que las herramientas del periodismo consiguen que una labor de ficción resulte mucho más verosímil.
— ¿Cómo ve la situación del periodismo hoy?
—Soy optimista. Creo que el periodismo clásico, el que consiste en ver lo que ha sucedido y contarlo con honestidad tiene futuro. El valor de los hechos es sagrado y los periodistas sabemos respetarlo. Una de las amenazas procede de quienes quieren convertir el periodismo en propaganda.
