Kitty Crowther (Uccle, Bélgica, 1970), de padre inglés y madre sueca, es uno de los nombres más reconocidos de la literatura infantil, un territorio en auge. Se ha hecho acreedora de numerosos galardonesentre otros, el premio Astrid Lindgren, el más prestigioso del género, … cuya acta del jurado señaló: «Kitty Crowther es una maestra de la línea y también del ambiente. Protege la tradición del libro infantil, transformándola y renovándola».
La autora belga, narradora e ilustradora —sus dibujos son maravillosos— ha venido a Madrid a participar e impartir un taller en el Festival Abrapalabra, de Literatura Infantil y Juvenil, impulsado por La Fábrica y la fundación Montemadrid, que se desarrolla en diversos escenarios, sobre todo en La Casa Encendida. Tras el éxito de la primera edición, Abrapalabra se consolida como un gozoso punto de encuentro entre niños y adultos.
En español, contamos con numerosas obras de Kitty Crowther. Entre otras, recientemente, ‘Farwest’, ‘Yo quiero un perro’ y ‘Ana del lago’ —una de las mejores y más representativas—, publicado por Fulgencio Pimentelsello en el que aparecerá próximamente la serie, en un solo volumen, protagonizada por Poka y Mina, dos de los más queridos personajes de Crowther. También, ‘Madre Medusa’ (Ekare); ‘Cuentos de mamá osa’ (Libros del Zorro Rojo); ‘El gnomo no duerme’ (Corimbo); ‘El niño raíz’ (Loguez) y ‘Poka y Mina. En el cine’ (Los Cuatro azules).
¿Cómo surgió su vocación de escribir para los niños?
—Siempre he amado los libros para niños. Nunca he perdido el contacto con ellos. A los 17 años leí el diario de Beatrix Potter, y me quedé muy fascinada con esta persona tan introvertida. Y también me influyó el vínculo que yo sentía con la naturaleza, siempre me habían interesado los naturalistas de hace tres, cuatro siglos, que podían dibujar, escribir, eran artistas completos y científicos al mismo tiempo. A causa de mi problema de audición, que padezco desde la infancia, los libros eran un lugar hermoso para habitar, de alguna manera un refugio. Me sentí aislado y pronto pensé que me gustaría crear espacios así para otras personas, y creo que cuando más inusual, más particular eres más puedes acercarte a las personas. Y me encanta narrar y dibujar.
Fragmento de ‘Ana del lago’
—En efecto, la naturaleza está muy presente en su producción…
-Si. La naturaleza es para mí una de mis fuentes de inspiración. Siempre he tenido una actitud un poco animista hacia el mundo como los japoneses. Los científicos han descartado que una roca tenga vida, pero tendrían que haber esperado más porque las rocas tienen un latido una vez al año. Tengo un alma un poco chamánica, mi temperamento me lleva a escuchar a la naturaleza ya las cosas.
—¿Nos estamos cargando la naturaleza? ¿Se puede hacer algo?
—Completamente. No soy una activista, sería malísima. Pero si tuviésemos la visión de los animistas hacia las cosas, hacia la naturaleza todo iría bastante mejor. Hay que seguir el camino de la escucha, escuchando a la naturaleza. Todo habla. Por ahí podremos salvarnos.
—¿De qué manera trabaja? ¿Primero escribe la historia? ¿Dibujas las ilustraciones?
—En general, si bien cada libro es diferente y tiene su proceso, suelo empezar por el dibujo, por lo artístico, y voy a la narración, aunque doy saltos. Me gusta aproximarme al proceso creador (nos enseña un cuaderno repleto de bocetos y dibujos) como si hubiera una niña de siete años en el cuerpo de una mujer, y me acerco a cada libro impulsado por la curiosidad, sin saber exactamente a dónde me va a llevar el proceso. Me fascina ir descubriéndolo en el camino y dejarme sorprender. Cuando se trata de personajes que conozco muy bien, como Poka y Mina, me cuesta mucho menos porque son personajes que adoro, con los que me encuentro totalmente cómodo, ya veces me sale el libro de un tirón. En otros casos, las capas de sentido o narrativas pueden convertirse en un laberinto que me ocupa años. Por ejemplo, en ‘Ana del lago’, empleé siete años.
—Precisamente en ‘Ana del lago’ trata asuntos no habituales, insólitos, en la literatura infantil: soledad, tristeza… Ana está deprimida, conoce a unos gigantes y vive una evolución. ¿Le interesa reflejar esas preguntas no frecuentes?
—Como le decía, cuando empiezo a trabajar en una obra, no sé a dónde voy a llegar. De repente pienso en un personaje. Soy un artista que me guía sobre todo por el instinto. Es absurdo pensar que hay temas ‘infantiles’, que serían los que teóricamente les interesan a los niños. Los niños miran a los adultos, los asuntos de la vida adulta les conciernen. Intento canalizar una antigua tradición, del folclore de muchos pueblos, donde las historias eran mucho más oscuras de lo que fue luego lo habitual. Cuando nacen los libros para niños se ha tratado de establecer lo que estos deben leer y lo que no, se han edulcorado muchas las historias, pero en la vieja tradición todo era más duro, más terrible. También pienso que los pequeños eligen que es lo que quieren leer. Hay que dejarles libertad y no es raro que se decanten por ese lado sombrío, aunque los niños tienen su propia percepción. Cuando me hablan del libro de ‘Ana del lago’ me dicen: «Ah, el libro de la chica de los tres gigantes», y, en cambio, un adulto lo ve como el libro sobre la chica depresiva que se quiere suicidar.
«Era una niña demasiado sensata, y me sentía un tanto marginada por mi sortera»
—¿Qué piensa de la pretensión de eliminar de los cuentos esa parte oscura? La literatura infantil tiene una parte de advertencia, por ejemplo los peligros del bosque en Hansel y Gretel…
—Es una pérdida, quitar todos los aspectos más oscuros no está bien, pero tampoco quiero generalizar. Yo lo que pretendo es escribir mis libros para que los niños los disfruten con sus padres.
—En ‘Yo quiero un perro’, el perro Princesito le dice a Millie, la niña protagonista: «Si quieres puedo leerte cuentos por la noche». ¿A usted sus padres le contaban historias, le leían cuentos? ¿Son muy enriquecedores esos momentos compartidos a través de los cuentos, de la lectura?
—Son decisivos. Yo fui afortunada al tener un padre que era un gran contador de historias y que me relataba algunas increíbles. También recuerdo las lecturas de mi abuela que era profesora y tenía una voz muy ronca. Nos sentábamos mi hermano y yo junto a ella, y me acuerdo perfectamente del tacto con su brazo por mi problema de ordena. La voz pasaba también a través del tacto. Mi abuela nos iba señalando palabra a palabra en el libro. Me impactó especialmente la lectura de un cuento de Astrid Lindgren, ‘Los hermanos Corazón de León’, que trata de un niño que está enfermo y es muy frágil y tiene un hermano mayor que es más fuerte. Se produce un devastador incendio, y su hermano mayor lo salva, pero muere. Y después también muere el niño enfermo y hay un paso a un universo mágico del otro lado de las estrellas. Este cuento me hechizó. Quizás de ahí provenga mi tendencia al paraje oscuro.
—Le concedieron precisamente el premio Astrid Lindgren. ¿Esta autora, ‘madre’ de la célebre Pippi Calzaslargas, ha sido para usted un referente?
—Sí, es una de las diosas de la literatura infantil. Está en el olímpico, junto a Beatrix Potter y la finlandesa Tove Jansson. Las tres tenían la máxima sensibilidad, pero no temían a los asuntos más dolorosos.
—Se atribuye a Rilke la afirmación de que «la verdadera patria del hombre es la infancia». ¿Qué le parece? La infancia no siempre es feliz…
—Sea como fuere, la infancia es una etapa determinante. Y destacaría que si uno tiene la suerte de acceder a música, museos, literatura… no se es muy consciente, pero te va formando como persona. En mi caso, mi infancia fue un poco dura, tuve momentos difíciles, aunque, claro, también los tuve alegres. Era una niña demasiado sensata, y me sentía un tanto marginada por mi ordena. Recuerdo la ansía de querer crecer y tener mi propia vida.
