En el Vittoriano de Roma, el complejo monumental más simbólico de la unidad italiana, permanece abierta, desde octubre de 2025 hasta el 25 de agosto, la exposición ‘MEDIF – Mostra degli Esuli Dalmati, Istriani e Fiumani’. La muestra recuerda el Éxodo Giuliano-Dalmata: … el drama de las ‘foibe’ -las fosas donde los partisanos yugoslavos arrojaron a miles de italianos entre 1943 y 1947- y la salida forzada entre 250.000 y 350.000 italianos de las antiguas tierras venecianas del Adriático, obligados a huir de la persecución de las milicias comunistas de la Yugoslavia de Tito.
Durante décadas, este fue un tema tabú, una nota al pie en los libros de historia dominados por la izquierda. Hoy, bajo el Gobierno de Giorgia Meloni, adquiere una centralidad institucional inédita. Es la batalla cultural hecha museo: integrar este dolor en el panteón cívico del Estado y reordenar la jerarquía de memorias nacionales. Promovida por instituciones del Estado, la exposición utiliza testimonios y documentos para dar dignidad y visibilidad a «una página de historia italiana a menudo olvidada, transformando un dolor en orgullo identitario» y preparando el terreno para un futuro Museo del Recuerdo Nacional.
Para el Gobierno, no se trata de reabrir heridas, sino de reintegrar un episodio histórico en el relacion comunsubrayando el sufrimiento de las víctimas y la necesidad de transmitir esa experiencia a las nuevas generaciones.
Esta exposición no es casual. Forma parte de una estrategia planificada que Giorgia Meloni, primera mujer en presidir el Gobierno italiano, ha desplegado desde su llegada al Palazzo Chigi en octubre de 2022: conquistar la hegemonía cultural que, según su diagnóstico, la izquierda italiana se ejerció durante décadas sobre instituciones, museos, medios y universidades. Liderada por ella, la derecha italiana ha hecho suya la máxima del filósofo marxista, Antonio Gramsci, uno de los fundadores del Partido Comunista Italiano: la hegemonía cultural precede a la política.
Si quieres gobernar un país, gana las elecciones; si quieres cambiar la historia, ganar la cultura. Una estrategia que, a diferencia del populismo más estridente de Viktor Orbán en Hungría o Marine Le Pen en Francia, apuesta por la infiltración institucional antes que por el enfrentamiento abierto con el ‘ establishment’ cultural.
En una entrevista a ABC en 2022, ya anticipó que la batalla cultural no sería un apéndice del programa económico o social, sino uno de los ejes del futuro Gobierno.
En una entrevista concedida a ABC en septiembre de 2022, en plena campaña electoral, Meloni ya nos definió su posición clara en esa batalla cultural ante la izquierda: «Todo el mundo sabe que no somos una amenaza para la democracia -afirmaba-, pero ciertamente lo somos para el sistema de poder de la izquierda italiana, que lleva años en el gobierno sin ganar las elecciones». Y añadía una referencia específica a la dimensión cultural y mediática de ese sistema: una «red de medios, comentaristas y amigos políticos» que, a su juicio, había monopolizado durante años la legitimidad pública.
Sus palabras anticipaban una clave esencial: la batalla cultural no sería un apéndice del programa económico o social, sino uno de los ejes del futuro Gobierno.
Ya desde el Ejecutivo, esa intuición encontró una formulación más explícita en boca del primer titular del ministerio de Cultura, Gennaro Sangiuliano, quien en una entrevista con ABC nos describió la cultura como «un sector en el que la izquierda ha ejercitado una innegable hegemonía». Según Sangiuliano, el resultado había sido «una demolición de culturas y modelos ligados a la tradición, a la familia, a la vida, al sentido religioso, a la identidad ya las raíces, a los méritos y capacidades personales», junto a la pérdida de «toda credibilidad en cuanto a la supuesta superioridad moral».
Ese diagnóstico explica por qué el Gobierno Meloni no se ha limitado a gestionar presupuestos culturales, sino que ha intervenido en institucionesnombramientos y agendas simbólicas.
De Tolkien al Futurismo, amplía el canon
El Vittoriano no es un caso aislado. En los últimos años, el Ministerio de Cultura ha apostado por exposiciones-evento con gran capacidad de atracción y alto contenido simbólico. Uno de los episodios más comentados fue la magna exposición ‘Tolkien. Hombre. Profesor. Autor’. Para parte del mundo cultural, el autor es sobre toda la literatura popular; Para Meloni, un imaginario con resonancias morales y políticas. Respaldar con dinero público una muestra sobre Tolkien fue leída por muchos como una declaración: ampliar el canon institucional hacia referencias que la derecha reivindica como propias. La primera ministra ha citado a Tolkien en varias ocasiones como ejemplo de cómo «los pequeños» pueden influir en el destino, una identificación que su entorno explota como relación: el ciudadano actual frente a grandes estructuras de poder.
El segundo frente es el Futurismo. El gobierno ha mostrado interés en reivindicar a Marinetti y la vanguardia italiana de principios del siglo XX. El objetivo, según defensores de esta línea, es separar el valor artístico del Futurismo de su posterior proximidad a sectores del fascismo y celebrarlo como una contribución de Italia a la modernidad. La paradoja no es menor: el gobierno reconcilia bajo un mismo proyecto cultural a Tolkien, el católico antimodernista, ya Marinetti, el vanguardista que celebraba la velocidad y la ruptura. Lo que los une no es la coherencia estética, sino su condición de referentes culturales ajenos al canon progresista.
Estas iniciativas cumplen una doble función: atraer público y reordenar el canon simbólico, mostrando que existen narrativas culturales fuera del marco progresista tradicional.
La Bienal y la RAI, la disputa por la normalidad
En esa misma línea se inscribe el nombramiento de Pietrangelo Buttafuoco como presidente de la Bienal de Venecia, una de las instituciones culturales más influyentes del mundo. Periodista y escritor, Buttafuoco es conocido por su visión crítica del progreso dominante y por una defensa explícita de la identidad cultural europea y mediterránea. Colocar a una figura así al frente de un escaparate global del arte contemporáneo no es una decisión neutra. Es un gesto político-cultural que apunta a romper la identificación automática entre cultura de prestigio y una sola sensibilidad ideológica.
Otro frente clave es la radiotelevisión pública. Los cambios en la RAI han sido interpretados como parte de una pugna por definir qué voces ocupan el centro del debate y qué marcos interpretativos se presentan como normales. No se trata solo de control informativo, sino de una disputa más amplia sobre valores, lenguaje y jerarquías culturales. La oposición y sectores del mundo cultural denuncian una «lottizzazione» (reparto partidista) de posiciones; el Gobierno replica que corrige un desequilibrio heredado.
Educación y redes sociales
En la escuela, la batalla es menos visible pero más profunda. El énfasis en el latín, la historia nacional y un canon formativo claro responde a la convicción de que la educación debe transmitir una herencia cultural compartida, no limitarse a competencias técnicas. De nuevo, la cultura aparece como infraestructura de la nación.
Pero la batalla también se libra en territorio digital. Meloni, con más de 3 millones de seguidores en Instagram y presencia activa en TikTok, ha convertido las redes sociales en un campo de normalización cultural: sus referencias a la italianidad, la familia y la tradición alcanzan directamente a la Generación Z, sin pasar por los filtros de medios tradicionales o instituciones culturales.
El cambio cultural que promueve la líder de Hermanos de Italia se percibe después de más de tres años en el poder. El mayor éxito de Meloni no es que todos los artistas se hayan vuelto conservadores, sino que en determinados ámbitos el miedo a declararse conservador parece haberse reducido. Hoy se inauguran exposiciones sobre autores de derecha, se ruedan ficciones sobre héroes nacionales controvertidos u olvidados (como Gabriele D’Annunzio o las víctimas asociadas al recuerdo de las ‘Foibe’) y la Bienal de Venecia, templo del arte contemporáneo global, ensaya también explorar la identidad italiana sin complejos. En la industria editorial, casas tradicionales de izquierda publican ahora ensayos conservadores sin el estigma de antaño; en el cine, productoras exploran narrativas patrióticas que hace cinco años habrían sido comercialmente tóxicas.
Giorgia Meloni ha demostrado una voluntad y una estrategia inéditas en el centroderecha italiano. La pregunta sobre si está creando una verdadera hegemonía cultural ‘gramsciana’ o simplemente ocupando posiciones de poder sigue abierta, pero su huella es ya innegable.Lo que sí parece claro es que ha logrado desplazar el perímetro de lo culturalmente aceptable: hoy se puede ser conservador en Italia sin pedir perdón, algo impensable en la era de la «conventio ad exclusiondum» (el cordón sanitario antifascista) que marginó a la derecha durante décadas. Si eso es o no hegemonía cultural, dependerá de si esta normalización sobrevive al eventual fin de su Gobierno.
