En ‘El arte de rechazar manuscritos’, Constantino Bértolo reflexiona en un entretenido ensayo sobre el proceso y las dificultades para lograr que una editorial pública un libro a un escritor desconocido
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En un cálculo aproximado, porque probablemente son muchos más (sin contar los autoeditados), en España se publican 90.000 libros al año. De estos, 60.000 se editan en papel y el resto en otros soportes. La cifra hace referencia solo a los que cuentan con ISBN (International Standard Book Number), la identificación que señala de manera única a cada libro o producto de una editorial publicada en el mundo.
Si es de los que ahora piensa que con estas cifras es fácil publicar un libro en una editorial, sepa que se equivoca. A no ser que usted sea ya un autor o autora conocido. Para que se haga una idea, hay editoriales que reciben más de 300.000 textos al año. 300.000 escritores o para ser exactos, aspirantes a serlo, buscando una oportunidad.
A partir de estas cifras y desde su experiencia como editor literario durante más de una década en Debate y después de ‘Caballo de Troya’, en Penguin Random House, el también crítico literario y autor Constantino Bértolo (Navia de Suarna, 1946) reflexiona en ‘El arte de rechazar manuscritos’ (Debate) sobre las dificultades para lograr que un escritor desconocido deje de serlo. Bueno, o que al menos consiga que una editorial le publique un libro puesto que una cosa es lograrlo y otra casi tan difícil es conseguir que se venda.
Bértolo tira de ironía sin renunciar al rigor para adentrarse en un mundo que “casi” no existe, como él mismo apunta en el arranque. “Casi” porque acecha la Inteligencia Artificial y porque la autoedición hace que algunos textos aparecen y con suerte circulan gracias a plataformas digitales. Y también “casi” porque el sueño de cualquier escritor es que se publica en papel, puesto que el prestigio de la edición tradicional sigue estando ahí.
“Mi reino por una editorial” es la frase que expresa el anhelo de la mayoría de los que quieren dar el salto de escritor a autor. Bértolo recuerda que aunque ambos conceptos a veces se usan indistintamente, no son lo mismo. ¿Qué acción se requiere para convertir a un escritor en un autor? En este ensayo se acude a una de las acepciones del diccionario de María Moliner: “Conocimiento o dominio de cierta materia que tiene alguien, por el cual su opinión es tenida en cuenta por otros”. Vamos, obtener el reconocimiento público.
Bértolo ironiza con que alguien dijo alguna vez que en España para ser editor se necesita ser catalán y rico. “Personalmente matizaría diciendo que eso es algo siempre conveniente, pero no absolutamente necesario”. En Barcelona tienen la sede las dos más grandes, se habla incluso de duopolio, Planeta y Penguin, con sus múltiples sellos. Y muchas otras, de un tamaño mucho menor aunque reconocidas por su prestigio como Anagrama, Libros del Asteroide o Acantilado. Pero, más allá de las marcas, quien acaba decidiendo qué manuscritos acabarán formando parte de un catálogo es el editor, sea propietario o contratado.
En el ensayo, el autor recuerda que desde los tiempos del noble romano Tito Pomponio Ático, el primer editor de nombre conocido (y que no era catalán pero sí era rico), lo que se necesitaba para promocionar los libros de Cicerón era dinero. Entonces era para pergaminos o pagar a los copistas. ¿Y qué necesita ahora una editorial? Pues lo mismo, que la cuenta de resultados sea positiva.
“El verdadero editor es el capital”, subraya Bértolo en un baño de realismo que rompe con cierta imagen romántica de esta industria. Encontrar el equilibrio entre el alma literaria y la económica, la combinación que todo editor debe tener para poder sobrevivir, es la clave.
En la tarea de decidir qué se publica, un proceso en el que una lectura en diagonal de un manuscrito (un buen editor no necesita mucho más) sirve para rechazarlo o aceptarlo, cuenta también el público potencial. Existe el mayoritario, el que busca las lecturas convencionales. Está también el residual, más minoritario pero muy fiel. Y finalmente, Bértolo menciona una tercera tipología, el emergente, aquel lector dispuesto a arriesgar con textos “difíciles”. Hay editoriales especializadas en algunos de estos ‘nichos de mercado’ y las hay con sellos diferentes para atreverse con todos.
Si no se apellida Uclés, Cercas o Vallejo, tiene un manuscrito, ha llegado hasta el final de este texto y aun así quiere enviarlo a una editorial, sepa que en el libro se apuntan una serie de consejos para intentar que no se lo rechacen a la primera. ¡Suerte!
