Fui a Tarragona y para evitar tener que pararme a medio camino, bajar del tren, subir a un autocar y subir de nuevo al tren tomé directamente el autobús. Como en todos los autobuses de línea, el reloj digital sobre el conductor, con pantallita y unos grandes números luminosos, no marcaba la hora. Es uno de los misterios de nuestra época. Si el reloj es tan complicado que no puede actualizarse cada vez que cambia el horario, ¿por qué lo instalan? Muchos de nuestros relojes, sobre todo los de los móviles y de los ordenadores, se conectan solo a la red o al satélite que les dice qué hora es. ¿Por qué en los relojes de los autobuses hay que cambiar la hora a mano? La que marcaba el autobús de Tarragona no era una hora más o menos, como habría sucedido si, simplemente, estuviera desajustado respecto al horario de verano, sino una hora totalmente aleatoria: una hora y cuarenta y tres minutos más tarde de la hora real.
Un reloj en un espacio público no sirve solo para saber la hora. Desde hace décadas todos llevamos, como mínimo, un reloj encima. Los relojes de los espacios públicos tienen sentido de ordenador. A menudo se sitúan en lugares relevantes: la fachada del ayuntamiento, una torre, el edificio principal de una plaza. Años atrás se podían ver en las fachadas de algunas tiendas de postín: unos relojes dorados que daban la hora oficial. La idea era que el ayuntamiento, el banco que tenía la torre o la entidad que lo colocaba en la esquina era tan confiable como aquel reloj que daba la hora colectiva. Nuestros abuelos, al pasar por delante, manipulaban las manecillas y las sintonizaban con aquel tiempo que no era solo de ellos. Algo parecido con los grandes termómetros que, en muchas ciudades, monumentalizaban la temperatura social. Para todos los que pasaban frente a la óptica tal la temperatura era de tantos grados. Algunos establecimientos también tenían básculas públicas, que pesaban a todo el mundo con los mismos calibres.
Todo es coyuntural, no es posible establecer una temperatura ni una hora colectiva.
En nuestro mundo desordenado, el horario del caos no es accidental, claro. Cumple la misma función que los relojes, pero a la inversa. Por ejemplo, los termómetros: el de la farmacia tal marca tanto, el de la farmacia cual tres grados menos. Pero es que en la farmacia tal da el sol y la farmacia cual está en la sombra. Vale: todo es accidental, coyuntural, no es posible establecer una temperatura ni una hora colectiva. Pero, entonces, ¿por qué los diseñadores industriales colocan relojes y termómetros en las cruces de las farmacias, en las carteleras de anuncios y en los autobuses? ¿Y por qué los responsables del mobiliario urbano de pueblos y ciudades, los propietarios de las empresas de transporte y de las farmacias aprueban unos dispositivos que se sabe con antelación que no van a funcionar correctamente? Pues porque sí funciona correctamente. Son la manera que tiene el sistema de decirnos que no hay certezas, que ningún servicio se debe a ninguna norma, regularidad ni exactitud. A ver si os enteráis, chatos.
