Cuando algo es noticia ya es demasiado tarde, pero hay personas que adivinan las cosas antes de que sucedan. En distintas épocas, los escritores han identificado los signos del futuro antes de que la sociedad o la ley los puedan nombrar. Los escritores trabajan describiendo síntomas, intuyen algo significativo en ellos, ya veces, años más tarde, la realidad les da la razón. La ficción, si tiene algún valor más allá del presente, es porque imagina lo que está por llegar en base a observaciones pequeñas, parciales, que aún no se pueden contrastar.
Estas semanas se han liberado más archivos del caso Epstein: en miles de documentos, se retrata la red de influencias que encubría los crímenes de Epstein y sus socios. Pero es sorprendente el foco que ponemos en lo escandaloso –lo terrible, lo excéntrico de los hechos– cuando las dinámicas de fondo no son tan surreales, sino muy habituales: el abuso de poder y la manipulación de menores. La conversación, creo yo, debería enfocarse en eso, que es más inquietante y menos obvio: dar un paso atrás y preguntarnos por los detalles, las rarezas que todos percibimos a nuestro alrededor y que desembocan en hechos que, luego, tildamos de increíbles.
Analizar los crímenes cuando ya son públicos es el modo inconsciente que tenemos de perder la perspectiva
Cuando las víctimas están desprotegidas por edad, género, o clase, ¿qué ambientes y sociedades hacen posible que esto suceda, pase desapercibido y se perpetúe? La nuestra. Analizar los crímenes cuando ya son públicos, calificarlos y adjetivarlos con aspavientos, es el modo inconsciente que tenemos de perder la perspectiva completa: no detenernos a pensar qué parte tenemos nosotros, adultos plenos, en su prevención; qué estructuras sociales y jerárquicas los sustentan; cómo, cuando se trata de hijos, alumnos y menores en general, la negligencia es tan criminal como lo que llamamos crimen.
Ver el caso Epstein como algo tremebundo, escalofriante y de otro planeta coloca estos hechos en la esfera de lo ajeno. Y no nos son ajenos: aunque los detalles más perversos y la extraordinaria impunidad puedan parecer, sí, cosas de ultrarricos, las conductas de base no lo son, y por eso muchas mujeres y muchos jóvenes nos hemos sentido interpelados. Suceden en los colegios, en las familias vecinas, en las vacaciones a pleno sol. A veces, quienes actúan así son progenitores, cuidadores, figuras con la responsabilidad de proteger o educar esos mismos cuerpos, y vidas, que violentan. Pero esto es menos digno de noticia.
Por suerte, la literatura se hace cargo de todo lo que pasa desapercibido –o se desatiende a propósito– por no encajar en la imagen que las sociedades tienen de sí mismas y de sus integrantes más ilustres. Nos perturban las sospechas incómodas, los personajes de una maldad que no es palmaria o previsible. Pero hay escritores –como Franz Kafka, como Henry James, como Flannery O’Connor– que retratan con detalle esta crueldad encubierta socialmente, mientras el resto hablamos de monstruos excepcionales.
