“Morir no es un dolor, es recuperar lo que uno es”, afirma en una entrevista el francochileno Alejandro Jodorowsky, artista clave del movimiento ‘underground’ del siglo XX admirado por figuras como David Lynch y John Lennon.
Cuando queda un mes exacto para que cumpla los 97 años, el creador de películas de culto como El Topo (1970) y La Montaña Sagrada (1973) publica Arte pecado Finen la editorial Taschen. Dos volúmenes que, en 1.072 páginasintenta abarcar los momentos memorables de una carrera singular e inclasificable, en una edición limitada de 1.000 ejemplares.
“Esta obra es mágica”sentencia Jodorowsky, en una entrevista realizada por videoconferencia desde su domicilio en París, junto a su mujer, la pintora Pascale Montandon-Jodorowsky.
El autor de la influyente novela gráfica. El Incal (1980-1988) propone con Arte pecado Fin un recorrido que comienza en su Chile natal hasta instalarse en París en la década de 1950 con el propósito de unirse al movimiento surrealista de André Breton.
“Con este libro lo que hice es conquistar la realidad“, prosigue, enigmático, el autor nacido en 1929 en Tocopilla (norte de Chile), quien bebió del psicoanálisis de Freud y de su discípulo Jung así como del chamanismo, con el que entró en contacto durante su estancia en México.
Un misticismo que lo llevó, tras volverse a instalar en París, en practicante del tarot de Marsella ya dar nacimiento a la psicomagiatécnica terapéutica que propone sanar traumas mediante la realización de actos simbólicos, heredados de su pasado en el teatro de vanguardia como el que llevó a cabo con el colectivo artístico Pánico, junto a Fernando Arrabal y Roland Topor.
“En tres años más, voy a tener un siglo, No me veo como si tuviese un siglo, pero lo tengo casi.. Estoy cambiando todo lo que me define y todo lo que yo busco para el encuentro de la verdad”, medita Jodorowsky.
“¿Qué es conocer la verdad? –se cuestiona–. Es conocer el universo, pero conocerlo no es conocer el nombre de siete cometas o del sol (…) Y en ese proceso estoy”. Para el artista, es posible morir satisfecho a cualquier edad: “Morir no es un dolor, morir es recuperar lo que uno es (…) El misterio es morir, pero no desaparecer, porque no desaparecemos”.
Porque, para Jodorowsky, los humanos “somos materia que se está abriendo, una flor que se está abriendo”.
El creador, quien se define como un ciudadano del mundo, fue una referencia para varias generaciones de artistasentre ellos los cineastas Lynch y Ridley Scott –en sus escenarios oníricos para el primero, y futuristas, para el segundo– y la banda Daft Punk, en su estética robótica–espiritual.
“Lynch me levantó muy alto y eso es un error porque no soy tan alto, soy una hormiga”, matiza, sobre los elogios que el célebre realizador estadounidense del hombre elefante hizo Jodorowsky.
A John Lennon lo embaucó primero con El Topo y luego con La Montaña Sagradaesta última financiada en parte por el antiguo Beatleenamorado del ambiente psicodélico y subversivo de la cinta.
La huella de Jodorowsky también ha sido enorme en la ciencia ficción por su trabajo en la (fallida) adaptación cinematográfica de la novela Duna. La labor de preproducción del francochileno, recopilada en un libro, influyó, entre otros, a George Lucas en Guerra de las Galaxias.
“Vivimos en un mundo de verdades a la que somos ciegossordos y desnudos”, reflexiona.
Jodorowsky, hijo de unos inmigrantes judíos ucranianos, también dio una vuelta por su infancia en Tocopilla.
“Al cumplir los 4 años, adquirí la conciencia. Pude cantar y hablar como si fuera un adulto. Fue un fenómeno raro. Quizás un golpe de mi padre en la cabeza me hizo sabio. Algo pasó que me desperté como una flor que se abre”, evoca.
