Jürgen Habermas forma ya parte de la historia de la filosofía de la segunda mitad del siglo XX y de inicios del XXI. Nacido en 1929 en una pequeña ciudad cerca de Düsseldorf, acaba de fallecer a los 96 años, habiendo disfrutado de una … vida dilatada e intensa. Alguien a quien la edad no le privó de lucidez, incluso cuando alcanzó la condición de veterano nonagenario. Firme partidario del uso público de la razón, su vida entera fue plasmación de ese afán.
Más de siete décadas de prolífica actividad pública, incluyendo docencia e investigación en las más renombradas instituciones universitarias alemanas y norteamericanas, dejaron una ingeniosa obra que traspasó fronteras y lenguas. En el caso de España, su tesón por encontrar «soluciones prácticas para el impulso de la democracia presente y futura» fue reconocido públicamente en 2003 con nuestro mayor galardón, el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales. En la década de 1960 aprendió que, para la democracia, la esfera pública constituía el elixir de vida. «Hablar, ¿qué si no?» fue a partir de entonces su respuesta a la clásica pregunta de Kant, reformulada luego por Lenin: «¿Qué hacer?»
Su persona y su obra constituyen un capítulo del devenir del pensamiento occidental que no es posible sortear. Cabe estar en contra, pero ignorarlo, no. De la filosofía contemporánea cabe decir que es inexplicable sin él, pero no reducible a él. No lo es porque la filosofía consiste en seguir pensando, en no dejar por cerrada ninguna cuestión, y él nos dejó muchos temas pendientes y cuestiones abiertas. Pero apenas ha habido disputa filosófica de alcance político, moral y jurídico en el último medio siglo que no haya tenido a Habermas como estimulador y, con frecuencia, como inspirador de nuevas formas de abordarla.
Perseguir su biografía intelectual equivale a penetrar en los entresijos de la agenda de los innumerables debates filosófico-políticos que han atravesado la historia reciente de Occidente. La reflexión abstracta siempre fue para él un modo de comprometerse con el mundo, no de evadirlo. Aunque produjo una ingente cantidad de conocimientos para consumo exclusivo en espacios académicos, nunca decayó en el empeño de trasladar sus ideas a sus conciudadanos y tampoco le faltó la habilidad requerida para hacer oír su voz en las Múltiples controversias en las que intervino activamente.
Habermas afirmó que la complejidad del mundo moderno ya no podía explicarse desde un único punto de vistaa. Destronó a la filosofía de su papel de reina madre de las humanidades y se decantó por una exploración del mundo basada en la división del trabajo y la interacción de diferentes disciplinas. Quebrantó fronteras tenidas por inmutables entre académicos y se atrevió a bajar a la arena de las preocupaciones prácticas del mundo de la vida.
La bibliografía sobre su pensamiento no dejó de crecer hasta hacerse materialmente inmanejable, pero quedaba la sensación de que todo estudio sobre él parecía estar destinado a volverse sistemáticamente desactualizado. Siempre resultaba difícil hacer un balance crítico de una persona y su obra mientras el Spiritus rector de tan ingente corpus seguía vivo. Ahora que, por desgracia, ya no se dan esas circunstancias, ya no hay cortapisa para someterlo a una evaluación profunda.
Aunque pueda resultar grandilocuente, es completamente ajustado afirmar que con su fallecimiento se cierra una etapa del pensamiento crítico europeo. No es un punto final, pues deja un legado que otras voces tendrán no sólo que administrar, sino también que seguir enriqueciendo para ser fiel a su convicción de que la Ilustración es siempre un proyecto inconcluso. Su legado no es otro que la tenaz defensa de la democracia socioliberal y del ideal, tan ilustrado como siempre frágil, de un espacio público en el que la fuerza del mejor argumento prevalezca sobre la algarabía y la desinformación.
Juan Carlos Velasco es Profesor de Investigación del Instituto de Filosofía del CSIC. Es autor de ‘Habermas. El uso público de la razón’ (Alianza Editorial)
