Decía Fellini, hablando de La Dolce Vita (1960), que para desilusión de bastantes, el título de la película “no tenía ninguna intención moralista o denigrante”; su Roma, es decir, esa Roma suya en concreto, sólo tenía un significado: “que, a pesar de todo, la vida tiene una dulzura profunda de la que no se puede renegar” (Conversaciones con Fellinide Giovanni Grazzini). Ni frecuentaba Via Veneto ni le interesaban en principio los nobles ni entendía lo suficiente de orgías como para rodar el penúltimo episodio; y hasta eso encaja en el significado en cuestión, como demuestra el hecho de que, creyéndolo un entendido en la materia, invitara a Pasolini a cenar y este le contestara que “de orgías burguesas” no sabía nada y que, además, no conocía a nadie que hubiera participado en una. Aquella Roma era “una ciudad interior”, un planteamiento distinto al de esa maravilla de tintes documentales que es su romaníes de 1972.
Albert Einstein se sumó a una afirmación literaria verdaderamente antigua cuando, en su carta de pésame a la familia de su difunto amiga Michelle Besso (1955), escribió aquello de que “la distinción entre pasado, presente y futuro no es más que una obstinadamente duradera ilusión”; una ilusión que salta por los aires en la película del 72 y que, desde mi punto de vista, lo hace de forma especial a través de una actriz que vuelve sola a casa, rechaza a un Fellini empeñado en entrevistarla (“no me fío de ti”, le endilga) y se despide de él con un cortante “buenas noches” en el portal de su domicilio real de entonces, lo que Tennessee Williams llamo “los altos” del Palazzo Altieri en sus Memorias. Nadie podía saber que sería la última película del símbolo de la ciudad“loba y vestal” a la vez, como la define el propio director en la secuencia: Anna Magnani, Nannarella de romanísimo apodo, nacida un 7 de marzo –no seremos pocos los que brindemos por ella esta semana– y fallecida un 26 de septiembre.
Magnani fue muchas mujeres romanas durante su larga carrera cinematográfica; entre otras, la novia del antifascista en Roma ciudad abiertade Roberto Rossellini; la verdulera de Abajo la riquezade Gennaro Righelli; la artista frustrada es Bellísimade Luchino Visconti; la prostituta de Mamá Romade Pier Paolo Pasolini y ella misma, como ya se ha dicho. Muchas mujeres o muchas Romas, según se entienda, y todas ellas establecieron una conexión atemporal en su despedida callejera de Fellini con la despedida de los frescos que se difuminan en la escena de la obra del Metro, al contacto con el aire exterior. No es que sean lo mismo, obviamente; tampoco es igual el descreimiento y la ironía de una actriz cansada que esa protesta contra la intromisión de la modernidad que parece haber en los rostros policromados que miran brevemente a los operarios y desaparecen; pero, del mismo modo en que Anita Ekberg y Marcello Mastroianni apelan en La Dolce Vita a la “dulzura profunda” de vivir, Magnani y nuestros antepasados apelan a la de la todas las vidas y todos los tiempos que han sido y serán.
Esto último es importante, porque no se trata de una ensoñación; ni siquiera en el sentido de la ficción que “genera una nueva realidad, la realidad del arte”, en palabras de Visconti (El cine antropomórfico. Revista Cine1943), sino de la propia realidad, a secas. Magnani es Magnani es romaníes; los fugaces rostros, nosotros. Se podría afirmar, sin dejar todavía al realizador lombardo, que no son finales como los de Pietro Germi y Vittorio de Sica en El camino de la esperanzasí Milagro en Milánrespectivamente; no son cosas que “no existen en la realidad social” (Historia de una crisis en ‘Bellissima’); y al entrar en contacto con el carácter de Nannarellamás cercano a la descripción que hace Fellini en romaníesañade un factor de permanencia que multiplica el efecto. Al fin y al cabo, era “la mujer menos convencional” de la Tierra, como recuerda a un hombre tan poco convencional como su gran amigo Williams en sus mencionados. Memoriasque por cierto no deberían faltar en la biblioteca de ningún amante del teatro.
Hace unos años, el hijo de la grandísima actriz declaró esto al diario La Estampade Turín: “Prueba a preguntar a un adolescente quién era Anna Magnani. Te responderá que lo desconoce, y la culpa no es suya, sino de los que permiten que se olvide la época más grande del cine italiano”. Como se ve, la deconstrucción cultural que sufrimos en otros países coincide plenamente con la que sufre nuestra hermana Italia. El sistema es así. Pero cuando la ola pase –y todas las olas pasan–, se volverá a entender la autenticidad del poema que cierra este artículo, gracias a la dramaturga y directora de escena Aitana Galán; lo escribió su también amigo Eduardo de Filippo cuando supo que su puerta se había cerrado, y dice así: “Confundiéndose con la lluvia/ sobre la acera/ caen los ojos que veían/ los ojos de Nannarella/ que seguían la marcha/ lenta, desanimada,/ cada paso perdido de la pobre gente./ El empedrado de Roma/ ha gritado/ y las piedras del mundo/ lo han oído”.
