El escritor y columnista Lorenzo Silva, ganador de premios literarios como el Nadal o el Planeta y conocido especialmente por su destreza en la novela negra, publica estos días ‘Afanes sin provecho’, un sorprendente volumen de relatos escritos a lo largo de estos últimos … cuarenta años. Del primero al último, se hilvana el recorrido de un escritor, del que fue al que es, con el que hoy hablamos de pecados.
—Le perdono un pecado.
—La pereza.
—No se lo ha pensado ni un segundo.
—Nada. Lo tengo muy identificado porque es contra el que llevo luchando toda mi vida.
— ¿Ni siquiera es placer culpable? ¿Hay ahí una lucha?
—Sí, sí, desde luego. Me peleo con él todo el tiempo, porque me impediría ser lo que soy.
—Siendo escritor, y se me ocurren pocas cosas más laboriosas que escribir un libro, no sé cómo es posible compatibilizar eso con la pereza.
—Inventar es muy laborioso, es verdad, y yo lo he hecho unas cuantas veces. Pero también lo es cuando partes de una historia real. Es un trabajo muy, muy laborioso, sí. Justo ahora, que se nos acaba de ir Robe Iniesta, yo creo que él lo contaba muy bien cuando dijo aquello de «no dejar de luchar contra el enemigo que vive conmigo hasta hacerlo claudicar».
—Lo bueno de que su pecado capital sea la pereza es que, al ejercerla, no cometerá el resto de pecados.
—Sí, sí. Sobre todo porque hay que invertir demasiada energía para comerlos. Hacerlo sería vencer a la pereza. Aún así, no estoy exento de ninguno de los otros. Tampoco voy a ir ahora de santurrón. Pero, claramente, el que centra mis días es la pereza.
«Yo tengo libros muy largos, he pecado de logorrea. Pero ahora, pudiendo escribir 800 páginas, prefiero dejarlo en cerca de 300»
— ¿Y cuál sería el pecado que identifica como capital en su oficio?
—La logorrea.
—Cuéntame.
—Hay un pasaje en el Quijote en el que Cervantes pide que se le otorgue el crédito que merece por, pudiendo haber escrito tanto como podría haber escrito, no haberlo hecho. No era tanto por lo que había escrito sino por lo que, pudiendo escribir, se abstuvo.
—Entonces, parte importante de su trabajo es el de cribar. Casi contención.
—Sí, y cada vez más. Yo tengo libros muy largos, he pecado de logorrea. Pero ahora, pudiendo escribir 800 páginas, prefiero dejarlo en cerca de 300. Y eso que el que estoy escribiendo abarca toda una vida y una muy azarosa. Pero prefiero buscar la médula y seguir un poco a Stendhal e ir a los detalles, que es donde está la verdad. Busca esos detalles que contienen la verdad y, el resto, te lo puedes ahorrar.
— ¿Qué es lo importante en una historia?
—A mí, en una historia, me parece que vale mucho el efecto iceberg. Todo aquello que está pero no ves, aquello que el narrador sabe pero no aflora, lo que respalda al relato. Yo parte siempre de la premisa de que el lector es siempre inteligente y, potencialmente, mucho más que yo. Y ese trabajo que tú le deja que haga, lo hace. Y lo hace para bien del libro.
«Yo parte siempre de la premisa de que el lector es siempre inteligente y, potencialmente, mucho más que yo»
—Suena a juego que le plantea a alguien que no conoce y que, al otro lado del folio, acepta el reto.
—Solo que es este un juego en el que lo que me juego es la vida.
—Bueno, al menos el pan.
—Y la vida, y la vida. Llevo 45 años jugando. Él apostató fuerte.
