Arrancaba a las dos en punto la mascletà en la plaza del Ayuntamiento y, a esa misma hora, ponía fin a la suya Diego Ventura. Magistral como siempre, pero mejor que nunca. Qué bien le ha sentado el invierno, con una mayor evolución … aún. No ha parido madre un rejoneador más inmenso que el de La Puebla.
Después de un sábado de tres festejos, con el ‘No hay billetes’ de los recortadores y el de Roca Rey, el fin de semana se completó con doblete dominical. Abrumaba el sol a las doce del mediodía, la hora en la que desfilaban a caballo Andy Cartagena, Ventura y Léa Vicens para dar cuenta de una corrida de María Guiomar Cortés de Moura, en la que el lote más notable fue el de Diego. Y el más potenciado bajos unas riendas formidables.
Qué barbaridad el sitio que pisó quitasueños en un par al quieto. Se frotaba la gente los ojos. Allí no cabía ni el aire, y eso que soplaba bravo. Y otro más por los adentros. ¡Y un tercero! Qué portento de torero y de caballo, que eran uno solo. Se fundía el tordo vinoso con los zahones de cuero. Antes, Ventura alzó un monumento al temple a dos pistas, con la colaboración del buen guiomar; Después, se ciñó en las rosas telefónicas y enterró un rejonazo fulminante. No había ni media duda de que aquella grandeza era de dos orejas, pero el palco no se enteró y racaneó con una sola. Con su pan se la coma.
A las dos menos veinte entraba en escena Guadalquivir para clavar el rejón de castigo al quinto. Cuando preparaban la pirotecnia del exterior, Ventura se plantaba a dos pistas con Nómada, con un silencio inverosímil por los adentros frente a la cámara de Arjona. Y otro más, con la velocidad que pedía el toro, aguantando una barbaridad, con otra trinchera interior. El lujo continuó con Lío, el caballo de mayor corazón de todas las cuadras. La mecha creció todavía más cuando quitó la cabezada a Bronce, criado en las marismas, pero con la chulería de los Madriles castizos. En aquel encuentro apenas quedaba nadie sentado en los enloquecidos tendidos -dos tercios de entrada-. Un jardín de rosas coronó la obra, refrendada con un rejón a la primera, pero que no tuvo la muerte necesaria y precisó del uso del verduguillo. Igual daba: eran dos orejas incontestables por el descabello, pues aquello había sido de rabo. Pero, no, el palco se puso otra vez exquisito -¿cuándo va a ver torear así, señor presidente?- y concedió solo una.
A hombros salía Ventura con un marcador que no reflejaba la grandeza de su mañana. Y Sevilla se lo perderá… Lástima. No tiene rival con un caballo.
Hizo una faena de rabo al quinto, pero el descabello y un palco que no supo valorar los méritos de la grandiosa obra frenaron el premio a una oreja.
Como una sombra pasó sus compañeros en medio del huracán Ventura. Y eso que Andy Cartagena se deslumbró en dos quiebros al violín a lomos de Copo de Nieve y atrapó al público con las elevadísimas de Bandolero. Pero dio un mitin en la hora final y perdió el premio. De vacío se marchó. Como Léa en una mañana de lagunas.
Olía a pólvora a la salida del coso. Pirotecnia Valenciana había brindado una mascletà de tremenda sonoridad con el guiño de una bandera de España para recordar la presencia del Rey hace treinta años. Olía a pólvora también en el ruedo: vaya lío había formado Ventura. Y sin necesidad de fuegos artificiales. Con toreo verdadero.
