La primera obligación que recae sobre uno en los primeros segundos de vida es el nombre. Es, quizás, una de las pocas cargas que no elegimos y que aún así arrastramos hasta el final: hay quien incluso sostiene que esa etiqueta inicial determina todos los … aspectos que luego conformarán nuestra existencia. el «determinismo nominativo» apuesta por esta suerte de conspiración semántica: la teoría sostiene que el nombre de una persona puede influir en su trayectoria profesional, sus intereses o su personalidad.
Esta fascinación no es nueva en la literatura, pero ha mutado de la comedia a la ontología. Mientras que Oscar Wilde jugaba en ‘La importancia de llamarse Ernesto’ con la idea del nombre como una máscara social, un requisito casi estético para ser amado o respetado —donde ser «Ernesto» era una cuestión de apariencia y conveniencia—, la narrativa contemporánea lo trata hoy como una raíz profunda e ineludible. Si para Wilde el nombre era un disfraz que permitía la doble vida, para el pensamiento actual es el molde que define si esa vida llegará a ser siquiera posible. Ya no se trata de parecer honesto por llamarse Ernesto, sino de cómo el sonido de esas letras en el registro civil cincela, silenciosamente, el carácter de quien las porta.
Florence Knapp convierte esta premisa en el esqueleto de su debut, ‘Los nombres’. Cora, atrapada en un matrimonio asfixiante, debe nombrar a su segundo hijo enfrentando tres deseos contrapuestos: el de su marido, ‘Gordon’, que exige perpetuar su linaje y nombre; El de su hija Maia, que anhela llamarlo. ‘Oso’ por su calidez y fortaleza; y el suyo propio, ‘Juliano’, un nombre que evoca al «padre del cielo» y que busca honrar a su esposo sin condenar al niño a ser una fotocopia del padre. Al dirigirse al registro civil, la duda de Cora fractura la realidad: la narrativa se divide en tres vidas posibles donde Bear, Julian y Gordon, siendo la misma persona biológica, recorren destinos irreconciliables dictados por el peso de su nombre.
La importancia de llamarse Florencia
Todo comenzó, curiosamente, con una llamada telefónica y un hombre llamado Albert Small. «Estaba escribiendo un libro de no ficción sobre la psicología del trabajo manual en 2017», recuerda Knapp. «Hablaba con alguien en Estados Unidos sobre la hija de un hombre que había dedicado su vida a fabricar cintas con cientos de millas de piezas minúsculas. Al final de la llamada, me di cuenta de que su nombre era Alberto pequeño (‘Pequeño’). Fue como si el determinismo nominativo golpeara mi puerta». Esa anécdota trivial fue la semilla de la novela, que la crítica ha calificado de «tríptico existencial» y que explora una premisa inquietante: ¿Somos quienes somos por biología o por cómo nos llaman?
Resulta inevitable mencionar cómo su novela subvierte el ‘dilema del doble’. Si en la tradición literaria este recurso suele ser una presencia externa y amenazante, Knapp lo convierte en algo puramente existencial; una bifurcación biográfica donde el ‘otro’ es simplemente uno mismo habitando un destino diferente. Esta inquietud nace de su propia infancia. «De niña pasó mucho tiempo deseando un nombre diferente», confiesa. «En Inglaterra y Australia, ‘Florence’ era una rareza, un nombre que no había sido popular desde 1908. Yo era una niña tímida que solo quería mezclarse, ser una ‘Charlotte’ o una ‘Sarah’». La ironía es que su propio nombre, Florence, no provino de una gran matriarca victoriana, sino de la cultura pop más efímera. «Mi madre vio una animación francesa, ‘Le Manège enchanté’ -que en español sería ‘El tiovivo mágico’- Había un personaje llamado Florence. Mi madre se enamoró de sus zapatillas blancas, y por eso terminé llamándome así».
La estructura de ‘Los nombres’ no es lineal; Funciona como un mecanismo de relojería que se reinicia. La historia pivota sobre un evento histórico real: la Gran Tormenta de 1987 en Inglaterra. Para la crítica, Knapp utiliza este fenómeno meteorológico como una metáfora del caos que precede a la creación de la identidad. «Fue la mayor en 200 años y llegó casi sin aviso previo», explica Knapp, evocando la atmósfera del libro. «Hay una línea al comienzo donde se dice que la madre de Cora aseguraba que ‘los niños siempre estaban atrapados por el viento’. Cora, la protagonista materna, vivía una vida reglamentada bajo las estrictas normas de su esposo. Pero la tormenta desordenó el mundo. Y en ese caos, ella vio la posibilidad de ser una persona diferente».
«Existe la idea de que el cuerpo se renueva en ciclos de siete años. Para mí era significativo creer en que cada siete años somos versiones nuevas de nosotros mismos»
Uno de los logros técnicos que más ha fascinado a los académicos es cómo Knapp mantiene la cohesión del personaje a través de sus avatares. ¿Cómo hacer que tres vidas distintas se sientan como variaciones de una misma alma y no como tres extraños? «Existe la idea de que el cuerpo se renueva en ciclos de siete años. Para mí era significativo creer en que cada siete años somos versiones nuevas de nosotros mismos», dice.
Sin embargo, la divergencia social es visceral. Knapp ilustra esto con una escena esclarecedora en la novela: la visita a una tienda. «Cuando Maia va a una tienda con Bear, la reacción del entorno hacia él es intensa, como en el juego infantil del botón de oro bajo la barbilla. Si comparas eso con Gordon en el mismo escenario, la reacción es mucho más leve. Desde el principio, el mundo trata a esos dos chicos de forma totalmente diferente». Aquí yace la tesis sociológica de la novela: el nombre no solo nos define internamente, sino que dicta cómo el mundo nos recibe. «Es subconsciente, ¿no?», reflexiona Knapp. «Traemos asociaciones a un nombre. Como humanos, somos culpables de hacer juicios instintivos».
A pesar de las diferencias radicales en las trayectorias de Bear (el artista libre pero errático), Julian (el joven sensible) y Gordon (el hombre de negocios aparentemente frío), Knapp teje un hilo conductor: la creatividad. «Para Bear, Gordon y Julián, el enlace es el arte. Incluso Gordon, cuando llega a ser dueño de sí mismo al final del libro, aunque no crea arte, trabaja alrededor de él. Es la forma de decir que, en su raíz, son la misma persona». La novela también actúa como una crítica a la tradición patriarcal. Knapp se muestra tajante respecto al personaje del padre, quien intenta imponer el nombre ‘Gordon’ como un sello de propiedad. «Esa costumbre, el nombrar a tu hijo ‘por tradición’ puede rozar un abuso de poder. Cuando el padre nombra a su hijo como él mismo, siente que tiene la propiedad de ese hijo, el derecho de armarlo y manipularlo».
Resulta poético que una novela sobre la paciencia del tiempo y las vidas no vividas haya sido escrita por una autora que conoció el rechazo editorial durante décadas. «Empecé a escribir novelas en la universidad, en 1999», cuenta con una humildad desarmante. «Tuve muchas novelas a medio terminar y un largo camino hasta mi debut». Ahora que ‘Los nombres’ es un fenómeno global, Knapp mantiene una disociación saludable entre su persona pública y privada. «Mi vida real es, en muchas formas, no remarcable, y lo digo de una manera muy agradable», concluye, mirando hacia una ventana imaginaria que da a su hogar. «Somos mi esposo y yo jugando juegos de mesa y paseando al perro. Mi libro se ha abierto hacia el mundo haciendo algo que no esperaba, pero mi casa es exactamente igual».
