El payaso siempre fue, de cierto modo, antisistema. Desde el bufón de corte al Arlequín de la Comedia del Arte, desde William Klempt (payaso de la compañía de Shakepeare) hasta Leo Bassi, el payaso fue siempre anti academicista y provocador por la naturaleza. Incluso en el humor más blanco el clown siempre busca la subversión en las neuronas del espectador. Y de eso va Gulael nuevo espectáculo de Oriol Pla que acaba de estrenarse en el Centro Dramático Nacional. Por un lado, la crítica acerada a la sensibilidad moderna, desmesuradamente consumista. Pero por otro, quizás lo más potente del trabajo, la subversión dionisíaca de un ser humano ante un mundo que nos quiere comedidos, profesionales y ordenados.
Oriol Pla es Gula es un Rabelais, un Gargantúa que se mofa de la Academia, un Isidoro Valcárcel Medina que apunta al corazón del profesionalismo. Por eso al principio de la función pide perdón a la RESAD, a los estudiantes “que han estado cuatro años en la escuela y ahora no están en el dramático, y yo sí”, dice con toda la chufla en escena. Porque este payaso, que no es un gran acróbata, ni gran bailarín, ni canta de la hostia, en Gula se lo permite todo y le sale que ni pintado.
