Uno de los puntos de partida en varias novelas de Stephen King es el encierro de un grupo de personajes con valores distintos en un espacio que se va volviendo claustrofóbico mientras aumenta la hostilidad entre ellos. King es el rey del terror porque es fácil ponerse en la piel de sus protagonistas; esto es, conoce a las personas.
Esta semana sufri una de esas vivencias absurdas, cuando no peligrosas, que se dan al viajar en tren por España: pillaron a un pasajero fumando en el baño y cuando llegamos a la siguiente estación el revisor informó al infractor que tenía que bajarse. Este se niega. Tras un intercambio de palabras hostiles, el revisor avisó que el viaje no continuaría hasta que el pasajero se apaciguara. En resumen: un tren con ocho vagones repletos tuvo que esperar a que lleguese la policía para solucionar el conflicto.
Debo decir que se vivió con cierta tranquilidad, sin ningún exaltado ni momento de agresividad. Solo hubo comentarios puntuales lanzados al aire para que todos los escuchasen, algunos molestos y otros irónicos. También susurros con connotaciones racistas, valoraciones sobre la policía o el Gobierno, quejas de la seguridad privada…
Unos quince minutos en los que la tensión estaba latente y en aumento. Era evidente que si aquello se alargaba iba a elevarse el tono. ¿Qué escribiría Stephen King u otro autor de terror al imaginar esa situación? No lo sé, pero tuve la sensación de que no faltaba mucho para que se mostrasen las personalidades ocultas de los viajeros, para que lleguesen frases realmente graves y alguien se pusiese aún más nervioso. No sería algo bonito de ver.
Afortunadamente se solucionó rápido, no llegó la historia de terror que amenaza con aparecer cuando una situación insólita interrumpe nuestro camino.
